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Un cura en las Islas

 

Graciela Mantiñan-5/11/2018

Este artículo estudia la configuración narrativa de las Islas en 33 años de vida malvinera [1] de José Luis Migone (1863-1937), un sacerdote  salesiano uruguayo que  estuvo a cargo de  la iglesia católica de las Islas desde 1905 hasta su muerte[2] .

En su Introducción fechada en 1935 en Puerto Stanley, el autor -que habla de sí mismo en tercera persona- adelanta los temas principales. La  experiencia misional, “los años más felices de su vida”, 15, información sobre la historia y la fisonomía insulares  e ideas  sobre la soberanía  de nuestro país. Allí enfatiza que  ha recogido los datos en el campo de trabajo, limitándose a exponer  “lo que ha visto y oído”,17-18.

Creemos interesante la  condición de testimonio forjado in situ en una época poco conocida, durante la que sin embargo,  comienza  a construirse una  lectura  argentina de las Islas.

 Leer a Migone desde el prólogo.

En 1936, el joven  Juan Carlos Moreno  visitó a un Migone   anciano y  muy  enfermo, que había llegado por primera vez a las Islas  en 1889.Casi diez años después al  prologar 33 años de vida malvinera, presenta  al sacerdote recordando su trabajo en   la Patagonia donde  practicó la defensa de los más débiles. Y ofrece consignas de lectura del libro: la intención de demostrar los derechos soberanos argentinos y describir la fisonomía insular,  así como  la obra apostólica llevada a cabo por la misión salesiana.

¿Quién era Moreno?: un partícipe activo en  las iniciativas que durante la década del 30 reinstalaron el tema Malvinas en la esfera pública[3]. Entre ellas estaba  la  difusión de investigaciones sobre las Islas  que inició  Alfredo Palacios promoviendo la traducción de  Les Iles Malouines (1910) de Paul Groussac y  escribiendo su propio libro, Las Islas Malvinas, 1934.

En su libro, Nuestras Malvinas. La Antártida, publicado casi diez años antes que el de Migone, Moreno  le dedica un capítulo  (“El misionero”). Allí aparece desde el hecho menor de que él ya había tenido contactos epistolares  previos con Migone,  hasta la ayuda que este le brindó para una  investigación  que era el   encubierto objetivo  de su viaje.

Hace  referencia a otros estudiosos de temas  brevemente referidos  por el sacerdote .Y brinda  un corpus informativo- ampliado y actualizado sobre  Malvinas- que  de algún modo  ya había sido anticipada por 33 años de vida malvinera.

Creemos que el  libro de Moreno  contribuye a completar   la imagen del Migone narrador, cuya obra  articula una  forma de “leer” las Islas-tanto por  los contenidos que elige  como  por  la estructuración de los mismos- que se reiterará  en sus predecesores.

Para nuestro  propósito también fue muy útil Malvinas: lo que no cuentan los ingleses que Hipólito Solari Irigoyen publicó medio siglo después de  que apareciera el libro de Migone.

 

El sacerdote  Migone desde  el narrador Migone.

El narrador afirma  que escribe este libro al cumplirse cincuenta años de su primer arribo  a las Islas y confiesa  que  el texto se ha nutrido  con capítulos de  su diario personal.

Se focaliza  en  su condición de cristiano, colocando  el amor a la patria lejos  del “nacionalismo rabioso y patrioterismo bullanguero”, 21, a la par que sincera una visión  negativa de  la política de su país.

Reivindica a  los charrúas   y evoca  al Tabaré de Zorrilla de San Martín, sin obviar críticas a los funcionarios uruguayos.  Quedará para especialistas  analizar  si  el origen de estas ideas – que hacen recordar   al “buen salvaje” –está  en  su formación religiosa o tributan a  otras corrientes filosóficas[4]

Migone dice que  en las Islas inició un largo  sendero de conocimiento del litigio argentino-inglés, aceptando que aún antes sus simpatías estaban con nuestro país. Relata que  “precisamente por ese tiempo se agitaba en Buenos Aires  la cuestión de las  Malvinas y la protesta argentina  había llegado a su período álgido”, 22.

Recuerda  que  personas amigas de Buenos Aires le solicitaron sus ideas al respecto juzgándolo imparcial y confiesa que hasta ese momento sólo había leído a autores ingleses, porque suponía que tenían “cola de paja”.

¿A qué época se refiere?: suponemos que  es la década del 30[5], por referencias de su relato y por la importancia que asigna a  los juicios del jurista norteamericano Julio Goebel, autor de   The Struggle for the Falklands Islands  editado por la Universidad de Yale en 1927.

De hecho, el planteo de Goebel, que paradojalmente conoce a través de Hobson, el  gobernador inglés de las Islas entre 1927 y 1935, organiza su  diferenciación entre posesión, toma de posesión y derecho a retener la cosa poseída,  con que defiende los derechos argentinos sobre Malvinas, 27.

Cree   que entre los cien volúmenes en inglés escritos  sobre las Islas, resulta  especialmente valioso The Falklands Islands de  la señora V.F.Boyson   publicado en Inglaterra  en 1924, que según Migone es  “Una pequeña enciclopedia malvinera”. No obvia  las críticas que la autora formula a sus compatriotas en el libro.

Sin embargo advierte  que el tema Malvinas no está agotado y que, irresuelta, la  cuestión de  la debatida soberanía debe ser conocida íntegramente.

Así en realidad, el narrador establece la funcionalidad de su libro. Pero  también una  contradicción que recorre  sus contenidos entre  la  ilegitimidad de origen de la colonia inglesa y  sus características que la hacen un “modelo al mundo civilizado”,15.

A veces irónico o burlón, pero siempre ascético, su discurso  usará  rigor estadístico[6], fuentes bibliográficas diversas[7] , citará testimonios recibidos y se ofrecerá a sí  mismo como  testigo presencial.

 

Central: la labor  religiosa

En su relato ocupan un lugar importante la labor de los salesianos  que lo antecedieron,  la suya  y la  de las hermanas Hijas de María Auxiliadora. Ellas  llegaron a las Islas por su iniciativa y fundaron un colegio para niñas que funcionó desde 1907 hasta su expulsión en 1943 durante la segunda guerra mundial  [8].

Migone reconoce enfáticamente la labor de las hermanas, cuya superiora  María Ussher era  argentina, miembro de una familia católica de origen irlandés.  Comparar su muy referencial  discurso con el de Moreno cuando en su propio libro se refiere a las monjas, revela cómo coexisten configuraciones contradictorias de las Islas

Porque  Moreno, un autor  que  desacraliza la visión tradicional de la literatura argentina sobre Malvinas, se deja ganar por la retórica poética argentina. Dice que ellas habían  hecho abandono  del mundo  y elegido vivir “en una isla desierta”, “asidas a un trozo de tierra inclemente perdido en las brumas de los mares del sur” (1955.88-89).

El relato de Migone  detalla las iniciativas de su gestión:   se crearon  periódicos  y asociaciones  católicos, se introdujo la primera usina eléctrica y el  primer cinematógrafo al que él  sumó funcionalidad didáctica con los “Educational Shows” para niños.

También  aparece su queja por el juicio negativo del inspector de escuelas inglés sobre la labor de la escuela, que se prolongará en múltiples marcas de “la parcialidad y proselitismo religioso en materia religiosa” de los británicos, 143.

En ese reproche, Migone no oculta el valor  del dinero, una referencia sistemática en su obra, evocando por ejemplo  los subsidios que los funcionarios ingleses  primero le dan y luego le quitan.

Pero también  se extiende a  lo político: baste con leer cómo recuerda su  negativa a leer una proclama del rey  después de la guerra, obligatoria en todas las iglesias del imperio. La explica planteando que su iglesia tenía otras autoridades que regían la liturgia y el ritual ,146[9].

Su decisión de reunir fondos a víctimas no inglesas de la guerra  genera un áspero  intercambio epistolar con el gobernador Young. Demostrando que sabe cómo profundizar las contradicciones de sus ocasionales antagonistas,  acepta  que las publique  un periódico británico  de Buenos Aires, 156-8.

Mignone  cita el artículo[10] y recuerda que pese a todo siguieron recaudando  dinero. Una situación difícil  para el sacerdote que, frente a la evacuación decidida por el riesgo de ataque alemán en 1914, permaneció con las monjas en las Islas para atender el hospital. Llama la atención que en ningún caso se refiere a la neutralidad de Uruguay y Argentina durante la gran guerra.

Pero el libro de  Moreno también revela otros aspectos del Migone político. Por ejemplo el sacerdote  le advierte que los isleños desconfían de los argentinos, le proporciona información de interés reservado  y estadísticas oficiales de difícil  acceso (10-11).

El narrador Migone acepta su escaso resultado  misional, refiriéndose a la “pobreza de la cosecha espiritual” de la grey católica, 143. Y  tampoco niega sus prejuicios, por ejemplo en la crítica a la pequeña iglesia baptista  muy visitada los fines de semana, según él  por  la música que allí se brindaba.

Lo recurrente es el rigor estadístico  aplicado a la labor religiosa. A través de Nicoletti, 1999, podemos advertir que su admirado superior Monseñor Fagnano era rígido  con ciertos temas: “No veo bien llevados los libros de cuentas, misas, memoria de comunicaciones, de conformidad con el deseo manifestado al fundar la casa”.

¿Respondía  Migone a ese estilo o fortalecía  con datos estadísticos el inevitable balance que supone todo ejercicio de memoria?  Lo cierto es que recordamos otros sacerdotes que en diferentes épocas también lo desarrollaron[11].

El narrador Mignone nos habla de los conflictos políticos, económicos y espirituales del sacerdote Mignone. Más todavía: si bien  él  no plantea el aislamiento que imponía  la distancia, inclusive  relata asiduamente  las actividades sociales de la comunidad, resulta claro qué representaba para él y los isleños las  visitas de  tripulantes católicos de las  naves que llegaban a las Islas ,131.

Lo confirma Moreno en su libro: habiendo presenciado la llegada del   crucero Ayax,  concluye observando que  “el pueblo se despertaba como de un sueño…” ( 74).[12]

Migone dedica muchas páginas a relatar la historia de las Islas insistiendo en  las falacias inglesas y los legítimos derechos argentinos. Participa de la descalificación de los que permanecen tras la retirada del José María Pinedo[13] , de hecho  cuestionando la leyenda del Gaucho Rivero al que no menciona. Pero elogia la labor del gobernador Vernet y cita a un oficial de la marina inglesa que recordaba la hospitalidad de María Vernet, la esposa del gobernador, 66-67.[14]

Más allá de su riguroso examen histórico, el narrador Migone ofrece una visión  de los ingleses con quienes coexistió tantos años. Y lo hace a través de una no siempre sutil ironía.

Junto con la crítica a exploradores y naturalistas citados por la bibliografía británica ,  aparece los más definitorios  “ regidores de la rubia Albión”, “apoyados en  la libra esterlina y el cañón”,27, o la referencia burlona a los “descubridores” citados por los historiadores británicos,176.

Pero también cuando  habla de  otras tierras isleñas, las” dependencias”[15], las define  como  “la vaca lechera del gobierno de las Islas”,175.

Evocando la ironía de algunos primitivos poetas gauchescos rioplatenses, ¿por qué no pensar que estos rasgos discursivos del narrador Mignone sinceran  la posición desde donde el sacerdote Mignone elabora su informe  sobre la apropiación inglesa de Malvinas?

Nuestro autor no era un viajero, vivió treinta tres años en las Islas, tampoco era  historiador,  naturalista o  sociólogo. Sin embargo  sus observaciones sobre la fisonomía insular cruzan todos esos aspectos.

¿Qué elige como protagonistas de la descripción? Para la naturaleza isleña, los pingüinos, las ballenas, los ríos de piedra, el nutritivo tussock  y  la  turba que proporciona  calefacción  a bajo precio. Su relato asocia  la historia de los  avatares económicos y la precisión en los datos[16] con   sus observaciones personales .Véase cómo admira los ríos de piedra isleños: “esta maravilla ha sido el rompecabezas de los sabios”,188.

El lector actual registrará la ausencia de referencias al frío, la neblina y los montes isleños, tres motivos que hizo recurrentes la narrativa de la guerra del 82. Cuestionando la visión de viajeros y exploradores, el narrador también se refiere al clima, “en la actualidad durante la buena estación y hasta en los meses de invierno, se gozan días de sol que recuerdan las temperaturas  tropicales”,32.

Formula observaciones rigurosas  sobre la historia institucional y  el desarrollo social de Malvinas.

Juzga como modelo el funcionamiento de la justicia y el sistema administrativo de las Islas, recuperando por ejemplo la jornada de ocho horas y el sábado inglés. Pero  también marca la vigencia de ciertos castigos: azotes a los delincuentes juveniles, palmeta en los colegios, 163.

Señala el meritorio tratamiento que reciben los empleados públicos y acepta  con el uso abusivo de la prebenda que hacen algunos de ellos.

Si pensamos por ejemplo en  la situación de la Argentina en la década del 30, es obvio que Migone registra una sociedad  más igualitaria donde como él mismo reconoce  “no existen  pobres”,190. Pero cierta observación sobre las clases revela  que  las ideas de Migone  exceden el  ámbito de las Islas. Advierte que los defectos atribuidos a los que practican los oficios más humildes, también están en la clase media y superior “quizá en mayor escala”,190.

Sus puntos de referencia son explícitos, pero en el libro de Moreno  hallamos lo que Migone silencia, porque le relata que  la  Patagonia que él conoció cuarenta años atrás,  “infestaba la Patagonia una raza de bandidos que vivía al margen de toda humanidad…he sufrido mucho en la Patagonia. Cuando me enviaron aquí, las Islas fueron para mí un oasis de paz”,196.

Migone que  venía de un territorio sin seguridad ni justicia, según él mismo lo define, percibe que en Malvinas reina la pax del imperio, pero pax al fin.

Este tipo de comparación entre una Argentina conflictiva y unas Islas  usurpadas pero  tranquilas  tendrá larga descendencia. Con términos actualizados- entre ellos el recuerdo del crimen de la guerra del 82- llegará a nuestros días para  justificar  la decisión de los kelpers de seguir siendo británicos.

Por ejemplo al cumplirse el  trigésimo aniversario de la guerra,  Aldo Abram  publicó un artículo  titulado  “Por algo no nos quieren”, donde lo explicaba por  la mala situación que  según  él atravesaba el país (Clarín, 14/ 4, 40).Ya en 1973, al regresar a las Malvinas, Juan Carlos Moreno  justificaba el temor de los kelpers en las noticias que llegaban de Argentina, “huelgas, inflación y actos subversivos”, 205.

Guerra  en las Islas.

Migone evoca  el episodio de la primera guerra mundial que se vivió en Malvinas en 1914, con su carga de miedo, iniciativas loables, arbitrariedades y situaciones insólitas. Por ejemplo relata  su permanencia  en las Islas  cuando el gobernador y los habitantes evacúan la ciudad  ante  el riesgo de ataque.

El narrador testimonia  la primera batalla, la derrota del almirante inglés Cradock que tuvo lugar frente a las costas de Malvinas. Lo hace como testigo presencial que observa desde los montes cercanos y con rigor descriptivo,  detallando por ejemplo  las características de los barcos y de las armas. Pero también citando a La crisis mundial  de Winston Churchill (1938).

Reconstruye el segundo episodio, la derrota del almirante alemán   Von Spee   con intenso dramatismo y el mismo rigor  que le aseguran  el  relato  de testigos y fuentes bibliográficas, en este caso, Los cruceros de batalla en la acción de las islas Falkland de Rodolfo Vernier.

Como sacerdote cuestiona la guerra, cualquier guerra, como rioplatense se muestra equidistante de ambos contendientes a los que critica el uso compartido de la mentira, como pastor de la grey católica  participa en la defensa de las Islas[17]. Y saluda la victoria, por ejemplo recordando que el himno celebratorio  malvinense fue   escrito por un pastor anglicano y  musicalizado por una monja de su iglesia.

Evocando diferentes testimonios, el narrador  Migone piensa  que los almirantes Cradock y Von Spee sabían que morirían antes de librar las batallas. Y lúcidamente  advierte que el Tratado de Versailles anuncia nuevos conflictos.

El lector actual  apreciará la intuición de Migone, pero también su  silencio sobre la neutralidad argentina-uruguaya durante la primera guerra y el contexto político internacional que  en 1930 inaugura la caída de Wall Street y el avance del fascismo europeo.

Las Malvinas de Mignone

Leer la configuración de las Islas que hace el sacerdote obliga a pensar  que su testimonio, brindado in situ, cuestiona  otras visiones literarias que se detenían en el  gélido paisaje isleño.

El insiste en un notable desarrollo: las Islas tienen usina eléctrica, hospital, gimnasio, baños públicos, cine, un periódico, el luego famoso The Penguin,  y un  altoparlante que transmite programación de Londres, EE.UU. Buenos Aires y Montevideo.

Allí se celebran bailes y representaciones teatrales en el Town Hall,  bazares y exhibiciones de productos naturales y artesanales de los isleños, comienzan a circular bicicletas y motocicletas por sus calles que ya tienen luz eléctrica.

Inclusive celebran el centenario de la llegada de los ingleses, emitiendo estampillas[18]. Es en sus palabras “una colonia modelo”, 189, sustentada por un sistema que funciona y claro está, jugosos  ingresos  fiscales a las arcas públicas.

Este narrador, que  defiende la soberanía  argentina sobre  las  Islas y ha conocido  bien las ciudades patagónicas de la época, nos brinda una imagen epocal novedosa de Malvinas. Sobre todo porque ejemplifica cómo su  amor por la patria chica isleña amalgama  convicciones y  juicios dictados por  la experiencia y el conocimiento in situ.

El sacerdote recupera la permanencia de palabras castellanas en el nombre de lugares y en el lenguaje campero isleños (freno, zaino, tostao), dejados por los argentinos “cuando las Islas estaban aún en posesión de sus legítimos dueños”,187.

Esto nos lleva a pensar en la reflexión de Migone sobre el idioma inglés, que él habló  cotidianamente por más de treinta años,  con la sola excepción de las hermanas que lo acompañaban, visitantes y suponemos, los isleños a los que él y las monjas enseñaron castellano[19].

Si pensamos que el inglés, como cualquier idioma, cifra una visión de la realidad, advertiremos que el narrador Migone  ofrece una experiencia especial. Evoca   en castellano  una realidad vivida –inevitablemente- en inglés.

En su libro, Moreno dirá que al recibirlo, el mismo sacerdote  le confesó que hacía bastante tiempo que no hablaba en castellano (191).

 

El Otro, el inglés

El sacerdote reúne en la configuración del gobernador Hobson varios rasgos que revelan su condición de narrador.

Lo vincula a su historia personal: Hobson le regala el libro de Goebel  esencial para su fundamentación de los derechos argentinos por las Islas. Y lo hace advirtiéndole que “la posesión constituye las nueve décimas partes del derecho”,26.

A ese gobernador  le reconoce  grandes  adelantos para las Islas  y mucha generosidad para su labor misional. Es por lejos, un funcionario  admirado y lo más parecido a un amigo.

Sin embargo un incidente, la obra teatral de Hobson que representan niños y adultos isleños, generan un conflicto con el sacerdote que cuestiona a aspectos de la misma. Él no había querido  asistir con las monjas y luego le resulta inevitable hacer públicas sus críticas.

A esa distancia, quizá generada por las convicciones religiosas de Migone,  se contrapone el último episodio que recuerda el sacerdote.

Gravemente enfermo, a punto de ser intervenido quirúrgicamente, recibe la visita del gobernador  que le lleva una medalla de la Inmaculada, en concepto de préstamo, ya que pertenece a su esposa católica. Migone aclara que la madre de la señora  acababa de convertirse al catolicismo.

¿Por qué no pensar que el narrador Migone deposita en el Otro británico un gesto de solidaridad que incluyendo a la religión, también la supera?

Conclusión

El libro de Migone  se ofrece al estudio de distintos especialistas.

Los que conocen la literatura producida por  los sacerdotes misioneros, los que adviertan la conexión con la creada por  viajeros y exploradores, incluidos aquellos que como Mignone  in situ los cuestionan o desmienten[20]. Quizá también  para quienes lo lean desde el territorio del testimonio o y la memoria, que   tiene capítulos tan notables en nuestra tradición.

Será útil para los historiadores que exploren ecos o relaciones posibles con intelectuales y políticos   que operaban en Buenos Aires en defensa de la reivindicación argentina

Naturalmente para los que conocen la narrativa testimonial y ficcional  posterior  de las Islas Malvinas, el texto despierta  otras asociaciones. Desde la presencia del Otro, el británico o el kelper, al que Migone jamás llama así, hasta el peso ineludible de la insularidad y la distancia.

Su registro de la permanencia  de  palabras castellanas en el idioma isleño anticipa no sólo  investigaciones posteriores[21] ,también anuncia de  alguna manera la idea de Malvinas  como territorio de fundación de un idioma, que concretarán algunas novelas contemporáneas inspiradas en las Islas [22] .

Lo cierto es que desde la actual narrativa inspirada en Malvinas leer a Mignone resulta pregnante.

De ahí nuestra idea de que su originalidad reside en que configura a las Islas  en una época determinada  de una forma muy diferente, tanto de la  poesía que se forjaba en la Argentina como de la visión del inglés Aldous Huxely en Un mundo feliz, 1932[23]. Lo más valioso: el narrador Mignone  revela  las pasiones del sacerdote  Mignone,  entre las que se encuentra la defensa de la soberanía argentina sobre las Islas.

Bibliografía

Kohen, Marcelo G. y Facundo D. Rodríguez. Las Malvinas entre el derecho y la historia, Buenos Aires, Editorial de la Universidad de Salta-EUDEBA, 2015.

Mantiñan, Graciela. Tesis “A vos te falta Malvinas”,2015. Disponible https: //avostefaltamalvinas.wordpress.com. Última visita: 15/3/2018

Configuraciones poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982”.Disponible https:// avostefaltamalvinas.wordpress.com. Última visita: 17/3/2108

Maggi, Luis Angel. “Padre Mario Luis Migone.1863-1937-Misionero en la Patagonia y en las Islas Malvinas”. 23 de noviembre de 2014. https: //luismaggihistoria.blogspot.com/2014/11/padre-mario-luis-migone-1863-1937.html, última visita 25/5/2018.

 

Migone, José Luis. 33 años de vida malvinera. Buenos Aires. Instituto de Publicaciones Navales, 1996

Moreno, Juan Carlos. Nuestras Malvinas. La Antártida. Buenos Aires. Librería El Ateneo Editorial, 1955.

La recuperación de las Malvinas. Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1973

Nicoletti, María Andrea. “Una misión en el confín del mundo: la presencia salesiana en las Islas Malvinas (1888-1942)”. Revista La historia de las religiones, nro.8, 1999, pp.215-237, Dialnet.

Solari Irigoyen, Hipólito .Malvinas. Lo que no cuentan los ingleses (1833-1942), Buenos Aires, El Ateneo, 1938

[1] El libro fue publicado en 1948, aquí usamos la edición 1996 del Instituto de Publicaciones Navales

[2] Migone había estudiado en el Colegio Pío de Montevideo y en 1880 conoció  a Don Bosco en Turín, Italia, un hecho que lo impresionó significativamente. Al retornar a Montevideo ingresó al sacerdocio. Estudió teología y filosofía en Buenos Aires con los primeros sacerdotes salesianos llegados de Italia. Realizó toda su obra misionera en el sur argentino y escribió otros libros dedicados a exaltar a figuras de su congregación. El sacerdote hablaba inglés, francés, italiano y alemán.

[3]Arribó a las Islas  becado por la Comisión Nacional de Cultura para realizar un trabajo de investigación. Fue secretario de la Junta de Recuperación de Malvinas creada en 1939 y presidida por Alfredo Palacios. Articulista, educador, narrador y  conferenciante, su libro inicial Nuestras Malvinas alcanzó numerosas ediciones y tuvo diversos reconocimientos institucionales. Moreno también integró el Instituto de las Islas Malvinas y Tierras Australes y el Instituto y Museo Nacional de las Islas Malvinas creado en 1966 bajo el  gobierno de Arturo  Illia.

[4]  Si bien Rousseau le dio una configuración muy difundida que concretaba el interés de la Ilustración por forjar un mito de origen, previamente había sido tratado por los teólogos católicos.  A pesar de que Migone no misionó en el Uruguay, tampoco podemos saber si no  recibió la influencia del arielismo, esa corriente antimaterialista, de fuerte sesgo idealista y espiritual, inspirada en el Ariel de José Enrique Rodó, que a partir de 1900 se expandió rápidamente por América.

[5] Kohen y Rodríguez, 2017, brindan un extenso análisis de los múltiples protestas argentinas en los siglos XIX y XX. Creemos que Migone se refiere entre otras, a las ocasionadas por mapas  y estampillas británicos  que nuestro país inclusive llevó a foros internacionales entre 1926 y 1938,245-254.

[6] Según una nota de la edición usada, 1996, “Los datos estadísticos contenidos en esta obra fueron recopilados por el autor entre la década del 20 y del 30”

[7] Como se verá en este artículo, Migone cita libros, algunos muy antiguos pero otros recientes y periódicos de la época, argentinos y extranjeros. No debió resultarle sencillo estar actualizado en las Islas, donde el correo llegaba cada sesenta días.

[8] María Andrea Nicoletti, 1999, brinda una muy interesante evocación de la labor de esas monjas así como de otros aspectos de la presencia salesiana en Malvinas, una tarea que  concluirá en 1952.

[9] Lo llamativo es que para ejemplificar que ese   conflicto también se registró en Inglaterra, cita a “The Tablet” el periódico  católico inglés más importante de la época y que él recibía en las Islas, 145.

[10]El artículo decía: “Una colonia británica no es una parroquia  ni es el gobernador su vicario y factótum”, 137

[11] He observado el mismo rigor por ejemplo en Monseñor Espinosa que acompañó  la Conquista del Desierto como en Ángel Maffezini que estuvo en Malvinas durante la guerra del 82, ver Mantiñan, Graciela, “El  relato testimonial y la narrativa expedicionaria del desierto”, Cap., Tesis A vos te falta Malvinas.

[12] Solari Irigoyen relata otro episodio que revela  el interés de Migone por la comunicación. En 1912 naufraga el Oravia, donde viajaba el joven diplomático argentino Alberto Candiotti. Acogido en las Islas como el resto de los viajeros, pasa un mes dialogando con Migone.Candiotti luego será diputado radical y presidente de la Junta de Recuperación de las Malvinas.

[13] “quedando dueños de la situación, los presidiarios, los cazadores y los gauchos, gente sin educación, arrogante y brutal, de la cual no se podía esperar otra cosa que loso acontecimientos que sucedieron”, 65.

[14] No se refiere a la hija de la pareja, que fue la primera ciudadana argentina nacida en las Islas.

[15] South Georgia, South Shetland, South Orkney, South Sandwich Graham´s Land

[16] Véase que en el caso de las ballenas hasta proporciona  las medidas de los  arpones con que se las caza,179

[17] “Se hace saber por medio de la presente que el Rvdo. Padre Mignone y cinco Hermanas de la iglesia de Santa María , el señor J.Mc Atasney y W.N.Currie,han formado una Sociedad de la Cruz Roja a fin de socorrer a las personas…”,98. Migone cita el nombramiento extendido por el  gobernador W.Allardyce con fecha 10 de noviembre de 1914.

[18] Kohen y Rodriguez, op.cit, refieren la polémica  generada en Buenos Aires por estas estampillas,p.252

[19] Leyendo a Nicoletti, 1999, queda claro que el dominio del idioma inglés condicionó desde el comienzo la elección de misioneros por parte de las autoridades de la orden salesiana.

[20] Entre los numerosos ejemplos, elijo a Manuel de Olascoaga, integrante de la conquista del desierto,  que cuestiona  las descripciones de la sierra de Choique efectuadas por los naturalistas  Alfred de Mussy y Charles Darwin (Mantiñan, Graciela, Tesis “A vos te falta Malvinas”,cap.IV “El relato testimonial y la narrativa expedicionaria del desierto”.

[21] Toponimia criolla de las Malvinas de Martiniano Leguizamón Pondal fue publicado en 1956.

[22] Pensemos en Los pichiciegos y Runa de  Rodolfo Fogwill, 2008y  2003, respectivamente.

[23] Ver Mantiñan, Graciela, 2017, “Configuraciones poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982”.

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LAS METAFORAS DE MALVINAS

 Graciela Mantiñan.
10/01/2018


La patria mutilada: de  la nación como cuerpo al  cuerpo  de los excombatientes.

La mayoría de los críticos coinciden en leer el origen de la metáfora Malvinas/patria mutilada  en  un artículo escrito por José Hernández en 1869.

Se concibe y se explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquiete su existencia futura, como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne[1]. La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.

No sabemos si Coria Peñaloza y Luis Tesseire conocían el texto hernandiano, pero en 1957 su tango configura a Malvinas como  “trozos cautivos de la Nación” (Da Fonseca Filgueira, 1978,108).

En 1954, una poesía de José Luis Castiñeira de Dios ya  anticipaba una forma de mediatizar el  cuerpo del país en  el cuerpo de los argentinos: “¿Qué estas islas nos duelen como si nos castraran?” (Müller, 1983,58).

El  vínculo Malvinas /cuerpo se instaló rápidamente en las primeras obras ficcionales  y testimoniales publicadas después 1982, pero la metáfora de la corporalidad excederá largamente el relato de la  guerra in praesentia[2].

En el relato testimonial, el cuerpo será para los testigos el registro central de su no-tener (abrigo, comida, saberes). Desde el cuerpo registrarán el miedo y serán sus cuerpos donde se deposite el autoritarismo de los oficiales.

El temor a la mutilación- tan presente durante la guerra- tiene una dramática configuración por ejemplo en Los chicos de la guerra, donde se relatan las historias del conscripto castrado y del  joven pianista que sufre la amputación de dos dedos de su mano (Kon, 1982, 219-222)

Un dato importante a considerar: la contienda del 82 fue considerada el punto de nacimiento de lo que se llamó “La Generación Malvinas”, los nacidos entre 1962 y 1963. A ella pertenecen los escritores que comenzaron a publicar  en los 90 y cuya conciencia ciudadana como dice Elsa Drucaroff: “tendió a producirse frente a la guerra de Malvinas o frente al comienzo de la democracia en 1983”, (2007,10)[3].

Estudiando sus obras, la  crítica piensa  que se operaría el reconocimiento de que “lo único que realmente existe: la única materialidad cierta es mi cuerpo”, en oposición a la sentencia “todo es lenguaje” y por ende “lábil y desolador” (20111, 416).

¿Por qué no considerar que este rasgo de esa nueva narrativa es también una característica generacional? Los testigos del relato testimonial no eran escritores, pero ya en 1982 leen la experiencia traumática en y desde su cuerpo.

Quizá este valor otorgado a la corporalidad nos proporcione un sendero para leer la metáfora de la patria mutilada.

Está muy presente en Las Islas de Gamerro (1998), que transcurre cuando ya han pasado años de la derrota, donde algunos personajes fijan el recuerdo, literal o simbólicamente, en sus cuerpos. Desde un  excombatiente que  se ha tatuado el contorno de Malvinas en el brazo donde lo hirió la metralla,  hasta el  mismo protagonista reconociendo que:

En el corazón de cada uno hay dos pedazos arrancados y cada mordisco  tiene la forma escueta de las Islas… ¿sabés cuántos de nosotros nos suicidamos por ese amor?,404-405.

De ahí que Gamerro lea en el relato testimonial, la tensión de regresar a las Islas como una forma de restaurar lo perdido, “a diferencia de otros recuerdos, el de la guerra, lejos de desdibujarse en el tiempo, se vuelve más vivo y candente” (2012,27). Y acepte que debió darle esa tensión a su protagonista Felipe Félix para asegurar la verosimilitud del personaje del excombatiente.

En realidad también practicaría esa forma de restauración la trama de su misma novela, ya que el linyera – clave para la resolución del enigma- quería volver a las Islas.

El crítico amplía esa visión de la vuelta en otras narraciones, enfatizando que está ligada a la búsqueda de completitud. Pero también de certeza, “como el exiliado, el excombatiente puede terminar por no saber cuál es su patria verdadera, como el exiliado, debe regresar para descubrirlo”.

Nada mejor para cerrar este tema y prologar el próximo que las muy lúcidas palabras de María Semilla Durán leyendo Las Islas:

Metonimia del cuerpo desvastado de la Patria, espejo ciego de su deshonor y resistencia, tumba colectiva y fortuita de los compañeros de combate y terror, las Islas son también un útero acogedor en el que se hunden literalmente los vivos y los muertos, y al que aquellos que han podido sobrevivir desean, de manera difusa o pragmática, volver.[4]

La patria- familia: los vínculos parentales que la narrativa construyó

Quizá la otra gran metáfora sea la de la patria como una  gran familia donde  Malvinas es “la hermanita perdida”. Su formulación más conocida está en la zamba de Atahualpa Yupanqui (1971), que lee la tensión de lo territorial incompleto –“Patagonia te suspira”, “Toda la Pampa te llama”- desde el imaginario familiar. Y reivindica el accionar de las mayorías, “veinte millones de argentinos”, para otorgarle condición de adulta, la llaman “hermana”[5].

La manipulación mediática que operó la dictadura sobre esta zamba la convirtió casi en un símbolo de  las grotescas mentiras y absurdos enfoques que caracterizaron al discurso oficial.

Nuestro propósito es explorar esta  metáfora en la narrativa que se inicia después de la guerra y preguntarnos cómo se pensó a “la hermanita perdida” desde los lazos familiares.

En un trabajo amplio y complejo, que incluye la novela de Fogwill y obras de  jóvenes creadores, Julieta Vitullo (2007) advierte en ellas la ausencia e imposibilidad de un relato épico de la guerra[6], con la consecuente aparición de narrativas acerca de paternidades ausentes e imposibles.

Para Vitullo, Malvinas fue como una recolocación espacial, territorial del terrorismo de estado. Y asociando patria a pater, plantea que la nación habría practicado allí- prolongando los crímenes de la dictadura- un filicidio.

Esta ausencia de la nación perpetrada por la falta de figuras de autoridad ya había sido observada por  Beatriz Sarlo (1994), cuando marca que en Los pichiciegos: “de la nación lo único que conservan los pichis es la lengua”.

Para el objetivo de este artículo sólo observaremos  que los testigos del relato testimonial  revalorizan sus lazos familiares y las relaciones solidarias, fraternales, que establecen con sus camaradas. Si bien la madre tiene un rol central, hay diferentes configuraciones del rol paterno[7].

En Los pichiciegos, el sobreviviente Quiquito recuerda el uso especial que hacían los desertores de la palabra “mamá” para calificar experiencias brutales[8]. Pero también al volver fantasea con visitar al padre de El Turco, su admirado jefe pichi muerto en las Islas con los otros desertores.

En Las Islas es central el personaje de Gloria, la militante que hace pareja con su torturador, un militar clave en la trama de la novela y  alumbra   las mellizas Soledad y Malvinas, nacidas un 2 de abril de 1982.

Abandonadas por el padre, las niñas que tienen síndrome de Down, son enfáticamente reivindicadas por la madre: “Mi cuerpo hizo de filtro y absorbió todo el daño. Las nenas nacieron puras. Qué me importa que no sean inteligentes”, 310.

María Semilla Durán ofrece una lectura notable: “del cuerpo ampliado de la mujer violada, que se vuelve figura metafórica de las Islas y metonímica de la Patria, nacen dos niñas sin mancha, intocadas e intocables”.

Dos advertencias necesarias: la revisión del tema que realizamos  en las obras citadas es parcial, por ejemplo en Las Islas deberíamos hablar del vínculo-clave en la trama de la novela-de Tamerlán y sus hijos Fausto y César.

Pero también: la complejidad de los enfoques teóricos no siempre puede sintetizarse sin riesgo de simplificación.  La corporalidad es una característica de la narrativa que comienza a escribirse en los 90.

Aún así: un ligerísimo examen  nos hablaría de la ausencia- no siempre total-, del padre, el rol central de la madre o la conversión de los lazos solidarios entre los conscriptos en vínculos fraternales. Examen incompleto pero suficiente para advertir que los lazos familiares son  significativos  en las  formas de pensar las Islas.

A partir de ahora seguiremos un itinerario, irremediablemente  arbitrario, que deja afuera novelas y cuentos muy valiosos cuya lista enunciamos en el apéndice que cierra este artículo.

Nuestra  certeza: seguramente en cualquiera de ellos podríamos rastrear -por presencia o ausencia- los vínculos familiares, así como apreciar que a la marcada inicial  influencia de Los pichiciegos de Fogwill, le siguió con el tiempo la de  Las Islas de Gamerro.

De la misma manera deberíamos advertir que en casi todas, a la inicial presencia del motivo de los crímenes del proceso militar, seguirá la denuncia de la crisis en la Argentina menemista graficada en la pobreza y el desempleo, la corrupción política y financiera, la proliferación del delito y el narcotráfico.

Nos focalizaremos en obras, muy diferentes entre sí, donde el vínculo padre-hijo es central en el escenario de la guerra o después de ella, aceptando que se trata de un tema  complejo y que sólo podemos brindar un abordaje inicial.

Malvinas como objeto de un delito paterno previo a la guerra  pero que ha incidido en su comienzo, es la revelación que cierra  la novela negra   El tercer cuerpo de Martín Caparrós (1990).

Muy lejos de las convenciones de su familia de clase alta, el hijo- adicto y bisexual- concluye descubriendo que su padre, que alguna vez lo salvó de la dictadura, negoció con los ingleses la instalación de un depósito en Cabo Desencanto de las Islas Georgias. Y que la documentación reveladora fue escondida en el féretro de su abuela, en el cementerio de la Recoleta.

Primera observación: Malvinas: ¿una metáfora que se construye a partir de  turbias herencias familiares? Aquí  se trata de esas  familias aristocráticas  que desde siempre han dirigido la nación.

La guerra del 82  será planteada como el escenario de origen de recuerdos traumáticos por el protagonista de  Cuando te vi caer de Sebastián Basualdo (2008). En esa evocación – pobreza, conflictos familiares y el adulterio de su madre- es central  su  padre, en realidad, su padrastro.

Quizá ya vulnerable antes de la guerra, tripulante de un barco durante la misma, él se  afirma en su condición  de excombatiente en una sociedad que a pesar de la retórica evocativa, quiere olvidar. Sus  actuales  dificultades emocionales y económicas[9]  lo tornan violento y contradictorio, aunque tenga gestos afectuosos y comprensivos con el niño, que paulatinamente pasa de la admiración al temor.

Tiempo después, el hijo reescribirá su historia al abandonar la Escuela de Mecánica de la Armada donde su madre y abuela lo internaron para estudiar[10]. Pero su observación final   resulta significativa: “el hecho de que en la vida de muchos de nosotros no hubiera presencias sólidas, a menudo obligaba a engrandecer situaciones para borrar la huella de necesidad afectiva”,103.

Segunda observación: ¿Malvinas: una metáfora que se construye a partir de una familia  flagelada por las crisis y su propia vulnerabilidad?

En 2012, al cumplirse treinta años de la guerra, aparecen dos novelas que proponen otra lectura de las Islas  y de la contienda del 82. Son obras diferentes entre sí, pero ligadas por proponer versiones “actualizadas” de  lo sucedido.

En La balsa de Malvinas de Fabiana Daversa, la guerra  será el escenario de recuerdos traumáticos de un padre integrante del Ara Gral. Belgrano. “Mi padre nunca volvió del todo”, dice la protagonista que cifra en su nombre la negativa influencia paterna, “llamarse Malvinas en mi país es como llamarse Auschwitz en Polonia o secesión en los EEUU”,11.

Pero las Islas actuales constituirán el destino final de su viaje de iniciación, “voy a mirar. Quiero saber qué vio mi viejo”, 78. En algún momento  la protagonista  siente que está  casi obedeciendo al mandato paterno, que le dice que esa pasión también es la suya.

Más allá de configurar una visión agónica de Malvinas donde lo único argentino es el cementerio de Darwin, una “postal obligatoria para los argentinos que visitan las Islas”, 273, el viaje proporciona un aprendizaje vital que  cierra una  historia familiar interrumpida  por la guerra y permite surgir  la esperanza de recuperación de  la soberanía.

La  idea de las Islas como un recuerdo traumático, congelado en la memoria de algunos mayores, que los hijos deben  superar  para confirmar su propia identidad,  es bastante similar a la lectura  resemantizadora  que  ya proponían los medios hegemónicos en 2012 enfrentados  a la política  del gobierno de esa  época.

Quizá la mayor y más cruda expresión de ese pensamiento lo constituya El sobreviviente de Mario Monachelli donde la guerra de Malvinas vuelve con el- literalmente- recuerdo congelado de una balsa que trae un conscripto  muerto en el naufragio del Ara General Belgrano.

Deshistorizando la guerra, algo que ya señaló con rigor María Semilla Durán[11], la novela transforma a Malvinas en una evocación paisajística, funcional para proponer una nueva visión  de temas como la identidad y  de quienes lucharon  y  luchan  por devolvérsela a los niños nacidos en el cautiverio de la dictadura[12].

La protagonista que vive lejos de su propio hijo, concluirá descubriendo la verdadera historia del bebé que esperaba el colimba muerto. Es un joven autista adoptado por dos generosas españolas después del abandono practicado por su joven madre y la familia que lo recibió  y rechazó al comprobar su condición.

Utilizando motivos típicos del folletín, aggiornados con  relatos de estafas  inmobiliarias y corrupción del poder político de la zona, identifica a los  excombatientes con seres  melancólicos aferrados al recuerdo o con  pacientes psiquiátricos como Taraloco.

La periodista, madre abandónica, se reencuentra con su hijo y este viaje hacia identidades perdidas, un tema tan caro a los argentinos, configura a Malvinas  como el sitio de origen de  patologías irredimibles  y recuerdos congelados en el tiempo.

Tercera observación: ¿Malvinas, una metáfora posible de la escisión entre el pasado-familia muerta, suicidada o en desintegración  y el futuro – destino  personal?

Las Islas en guerra es el doble escenario-Malvinas y el continente-  donde transcurre El desertor de Pablo Vierci(2013), una novela de espionaje centrada  en  la relación de un padre militar – que tiene una actitud distante ante la guerra y  la dictadura- y un hijo conscripto que pasa del entusiasmo inicial al desencanto.[13].

La trama organizada por un atentado terrorífico, tan grotesco como la misma realidad de la ciudad donde se desarrolla (Rio Gallegos), planificado supuestamente para ganar la guerra, es descubierto por el padre que debe huir del “fuego amigo” como lo llama.

Padre e hijo coinciden en la tragedia: ambos matan a ingleses involuntariamente. El padre al aviador que salvó de un accidente, el hijo al coronel que lo salvó en las Islas haciéndole respiración artificial. Ambos sobreviven  para ese final feliz donde según un texto que lee  la madre: “La Patagonia resultaba el último reducto de la esperanza. Malvinas eran un territorio imaginario, la leyenda de la ilusión”, 169[14].

Más allá de su expresión histórica en Malvinas, una concepción modélica de la guerra  –no en vano la novela comienza con los versos de Borges[15]– explica que se cierre con  el hijo llevándole  una latita con tierra de las Islas al reivindicado  padre, que respetuosamente le escribe una carta al padre del aviador que mató.

Cuarta observación: Malvinas, ¿una metáfora posible-la leyenda de una ilusión- para personajes cuya construcción modélica mucho debe a la grotesca, casi delictiva realidad donde se mueven?

Nuestra búsqueda de la relación padre-hijo se cierra con la reciente 1982 de Sergio Olguín (2017), una novela que su autor asume está inspirada en Fedra, la tragedia de Jean Racine (1677), aunque en esta  obra  el hijastro y la madrastra sí comparten su amor.

Aceptaremos lo que el mismo autor declaró: la obra sigue su antiguo interés por las protagonistas de la tragedia griega y 1982 “no es una novela sobre Malvinas, sino que el conflicto es el sonido de fondo de la trama” (Olguín, 2017).

La trama relata la pasión que  une  a un joven  y su madrastra en 1982 y  su intento de huir cuando el padre-marido  regresa de la guerra.

La persecución del militar es implacable: tortura a su esposa,  llega al refugio de los amantes en la costa atlántica, mata a una amiga de su hijo que intenta defenderlo y logra que el muchacho sea inculpado por el crimen.

El padre, un represor de la selva tucumana durante la dictadura, seguirá viviendo con su esposa e hijita, mientras el hijo –un estudiante universitario amante de la literatura-, purga en la cárcel un crimen que no cometió.

¿Es el conflicto del 82 el sonido de fondo de la trama? En primer lugar es la fuente que proporcionó los- casi- sintagmas soldados de los discursos  oficiales y mediáticos de la época que articulan Augusto, el padre y el abuelo militar. Ellos son esos sintagmas[16].

Pero también es central porque desencadena la tragedia, tiene esa condición de hito decisorio que suele otorgarle  la narrativa que evoca a los adolescentes del 82.

En la configuración del hijo aparecen  motivos recurrentes de esa narrativa: el aporte vital  de la literatura, la  revelación inicial de  los crímenes de la dictadura, el  amor por el rock, en este caso especialmente por Spinetta. Como tantos  jóvenes, criados en el silencio impuesto por el proceso militar, Pedro vive  las contradicciones que  le genera la guerra de Malvinas, acentuadas por el hecho mismo de  que su padre está allí. Se siente “un desalmado o un mal  hijo y mucho peor: un mal patriota por no emocionarse”,17.

Fátima, la madrastra, amante de las revistas del corazón,  se acerca mucho a las protagonistas de Manuel Puig: “lo que la atraía- también en las novelas –era la posibilidad de vivir la vida de otros, de ser otra por un momento”,115.

Ignoraba que  en las Islas se hablara inglés, se manifiesta distante de la guerra que,  aún después de la tortura de su esposo y la prisión de su amante, sigue siendo para ella  una noticia de la televisión. Podemos pensar que la  novela dialoga con discursos literarios y mediáticos, mientras como reconoce el autor: “los hechos históricos se metían en la vida de Pedro y Fátima como un escalpelo en un cuerpo herido”, 96.

Quizá  ese cuerpo herido sean sus propias historias personales, su familia disfuncional, la misma reducción de  las Islas y la guerra a discursos retóricos que las cosifican desde la sacralización del padre y del  abuelo y la indiferencia de Fátima y Pedro.

Para pensar: estas novelas dialogan  con “la hermanita perdida” cuando la guerra ya es un recuerdo, que  tiene distintas configuraciones  sujetas  a diferentes  objetivos y lecturas de la historia.

Malvinas funciona  como un “telón de fondo” donde se inscriben  relaciones padres-hijos  muy dramáticas. ¿Algunas figuras paternas?: delincuente, traumatizado, perverso. Sus hijos son portadores de conflictos  que en ciertos casos, hasta les limitan el futuro desde la enfermedad o desde la prisión. Poco pueden agregar a estas observaciones las construcciones modélicas de la novela de Pablo Vierci.

En varias de las  obras analizadas aparece la idea  de que para saldar sus historias personales, los hijos deberían  liberarse de lo que trajo  para  ellos esa guerra.

Advirtiendo que este examen recorre muchos años donde se crearon otras novelas y cuentos que, ficcionalizando vínculos familiares, también brindan formas  significativas  de leer las Islas, plantearemos una conclusión que no intenta ser definitiva.

La primera: marcar  la funcionalidad que en un momento adquiere la guerra del 82 para construir productos masivos, muy tributarios de otros discursos, por ejemplo las miniseries televisivas. Y el hecho de que a partir del 2012 se hace evidente el vínculo con la visión de las temáticas Malvinas de los medios hegemónicos, enfrentados al gobierno de esa época.

La segunda: Malvinas sigue siendo una metáfora de la nación en un capítulo que permanece  abierto. Es cierto: la familia puede metaforizar a la patria, pero la patria es una metáfora más amplia. Quizá sólo registramos una manifestación parcial y en muchos casos acotada a lo epocal.

¿Por qué  entonces no recordar un fragmento del monólogo de Hipólito en Fedra, citado por Olguín?: “en vuestra presencia huyo, en vuestra ausencia, os encuentro”,77. Quizá, y esta es nuestra observación final, la ausencia de Malvinas, “la hermanita perdida” siga ofreciéndose para metaforizar desde la familia  los avatares de nuestra historia.

Si aquí concluyera este artículo deberíamos señalar que desde otros géneros narrativos  y muy aisladamente, ciertos discursos  innovan  este escenario. Por ejemplo  “Malvinas en Cromagnón”, la crónica publicada en  Vidas marcadas (2012)   narra  la historia de un padre y excombatiente que acompaña a su familia a Cromagnón para escuchar a Callejeros, el grupo creador de “No volvieron más”, una canción dedicada a los excombatientes.

Este padre, que toda su vida fue fiel al  recuerdo de  Malvinas y que arrastraba problemas pulmonares desde la guerra, llevaba  puesta una remera con la silueta de las Islas. Él había realizado varias  para que sus hijos las distribuyeran entre sus amigos. Padre e hijo  murieron en la tragedia, como evoca su mujer: “Fue el último intento de sobrevivir. Pero no pudo más”,243.

El artista plástico James Peck relata su vida en  Malvinas .Una guerra privada, 2013: él era un niño malvinense en 1982, su madre -que  ya  estaba separada- se enamoró de un empleado argentino de YPF en las Islas, romance que interrumpió para siempre la guerra.  Cuando se produce el desembarco argentino, su padre huye hacia los montes  y se convierte en un héroe kelper.

Muy joven, Peck crea una familia en las Islas. Luego se divorcia  y conoce a una argentina que le dará otra familia. Intentan  vivir en las Islas, pero les resulta imposible, concluyen  residiendo en Buenos Aires.

De algún modo ambos textos nos hablan de otras relaciones padre-hijo, muy pregnantes para pensar las Islas y los vínculos familiares  aunque  pertenezcan  a  otras formas narrativas.

Apéndice

Este artículo segmentó en  un corpus muy amplio aquellas novelas donde la relación padre-hijo resultaba central. Esto implicó no citar aquellas, que son casi todas, en cuya trama la familia-padres, madres, hermanos- tienen un rol significativo. Aquí  incluyo un breve comentario sobre estas obras y excluyo las representativas de la literatura infanto juvenil que creo, exigen un abordaje diferente.

  1. Novelas y cuentos que se desarrollan durante la guerra o que relatan los ecos que ella despierta en jóvenes protagonistas urbanos y que están siempre vinculados con la revelación de los crímenes de la dictadura[17].

Para la primera  categoría ofrezco como ejemplo la notable Arde aún sobre los años, López, 1986  y La flor azteca, Nielsen, 1997. Para la segunda “Los lemmings” en  Los lemmings y otros, Casas, 2010, Posdata para las flores, Vitagliano, 1991.

En Dos veces junio, Kohan, 2002, se desarrollan dos relatos: uno protagonizado por un colimba que asiste a un médico militar torturador y apropiador del hijo de una detenida, después de la guerra, él lo visitará para ofrecerle sus condolencias ya que el represor ha perdido a su hijo en Malvinas. En paralelo se articula el  relato del Mundial 78, que en realidad comenzó un día después de la rendición y que según Kohan adquirió un  “tenor épico” que le habría faltado al relato de la guerra[18].

Una subcategoría de la primera categoría  estaría representada en la evocación de quienes eran niños en el 82, presente en los  relatos  de Las otras islas (2012), especialmente “Clase 63” (Pablo de Santis), “Las Islas” (Inés Garland),”El alimento del futuro” (Pablo Ramos).

La novela Nudos de Patricia Ratto (2008) también incluye el recuerdo de la protagonista cuando era una niña.

  1. Pensando que una forma de configuración familiar reside en los lazos fraternales cito:

Latas de cerveza en el Río de la Plata,  Stamedianos, 1995, cuyo huidizo protagonista es acosado en los años 90, por el recuerdo del hermano muerto en la guerra. Segunda vida. La guerra no siempre te convierte en héroe, Orsi, 2011, donde los protagonistas- una banda delictiva constituida por excombatientes- ratifican permanentemente los recuerdos de la experiencia compartida durante la guerra

No creemos que El puñal, Fernández Díaz, 2014, la historia rocambolesca de  un excombatiente que conserva cierto lazo amistoso con quien fuera su superior durante la guerra, amerite- ni por la construcción del personaje ni por la misma trama de la novela- su inclusión en este  apéndice.

Bibliografía

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NOTAS

[1] El subrayado es nuestro.

[2] Sólo a título de ejemplo: en Nudos (Patricia Ratto, 2008), la pareja de la protagonista es un excombatiente lisiado de guerra. Ella hace una reflexión notable: “tengo la teoría de que, con el tiempo, el cuerpo se convierte en el mapa de uno mismo”,86.

[3] Entre los jóvenes autores citados por Drucaroff están, indicamos sus fechas de nacimiento: Juan Forn (1959), Miguel Vitagliano (1961), Carlos Gamerro (1962), Gustavo Nielsen (1962), Rodrigo Fresán (1963), Alejandro Alonso () 1970).Muchos de ellos tenían en 1982 la misma edad de los jóvenes conscriptos que fueron a Malvinas.

[4] “Asedios al mal residual: Las Islas de Gamerro”, material proporcionado  por la autora.

[5] Ver: Mantiñan, Graciela, “Configuraciones poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982”.

[6] Cabría preguntarse si la imposibilidad de un relato épico es el producto de una lectura primero social y luego cultural, en sentido amplio, de la contienda del 82. O bien, si esa ausencia no continúa una tradición argentina que con muy raras excepciones, no eligió la épica para narrar sus contiendas. Quizá también convendría detenerse en  qué referentes elegimos cuando hablamos de  relato épico.

[7] En Iluminados por el fuego (2007), Esteban recuerda que su padre muerto sabía de política, pero  silencia que  había sido asesinado por la Triple A. Después el periodista  llevará a cabo una firme y pública denuncia  del hecho. En  Crónicas de un soldado (2005), Bustos transforma a su padre en una  respetada figura de autoridad antes y durante la guerra.

[8] “Alguno habrá pensado en la madre-o todos-pero cuando decían “mamá” o “mamita”, despiertos o dormidos, no habrán estado pensando en la propia madre de ellos”. Quiquito evoca: “mamá de frío, de contento, mamá de calor, de sueño…”(Fogwill, 2006, 131)

[9] “La gente piensa que los veteranos de Malvinas estamos todos locos” dice Francisco que ha sumado a su tarjeta promocional de gasista la referencia a su condición de excombatiente.

[10] Allí comprueba que  mientras el autoritarismo militar sigue intacto, se recuerda puntualmente a los caídos de la guerra de Malvinas.

[11] “De 1976 a 1982: Alusiones y elusiones de una genealogía”. Con respecto al tratamiento del tema de los niños robados por la dictadura: “El paradigma simbólico de la búsqueda de los niños apropiados se convierte así en una historia privada de malversación: de sentido, de filiación, de dinero, de representatividad política (“Los vueltos de Malvinas”).

[12]La madre dice  “así que ese mar que golpea la casa, el viento que hace silbar la ventana es el mismo que había visto y sentido Juan Cruz”,77. O en el  destino final de  Taraloco y su amigo, un  traumatizado  ex policía que  lo ayudó: “desde entonces viven allí, como navegantes solitarios, porque de lejos parecen velas y el ranchito, una embarcación desvencijada, ¿sabe?”,205.

[13] Al comienzo, le  dice el padre: “prefiero héroes vivos” (52), el joven plantea:” ¿no es la acción más justa que hemos tomado en todo el siglo?”(51).

[14] Pertenece al libro Al sur del paraíso escrito por un periodista ilustrado que también es un personaje de la trama.

[15] “Cada uno de los dos fue Caín, y cada uno Abel”

[16] El abuelo militar: “el destino manifiesto de la Argentina es recuperar las Malvinas”,46. El padre en la carta que remite a su hijo desde las Islas”. ..no vas poder creer hasta donde llega la patria…Espero que estés feliz con lo que hemos hecho para todos los argentinos”

 

[18] Kohan, Martín, El país de la guerra, “La guerra de Malvinas: contrarrelatos”, pp.267-268.

Configuraciones poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982

Graciela Mantiñan
05/12/2017

 

 

 Este artículo se propone estudiar cómo la poesía le cantó  a las Islas desde 1879   hasta la guerra del 82. Sin formular  juicios críticos, sólo analizando los motivos centrales de los poemas como formas de pensar Malvinas durante más de un siglo, algo no frecuente en otros géneros literarios. Para hacerlo constituimos  un corpus único con los textos de dos antologías – que sepamos las únicas que reúnen este tipo de material- a las que  tampoco juzgaremos como tales. Los contenidos de este artículo sintetizan una investigación más amplia y fueron elegidos para facilitar un primer abordaje de la temática.

 

 

 

 

 

  1. El propósito

Leyendo poemas creados en 1962 y 1982,  el investigador inglés Ben Bollig[1]  señala la perduración de un estilo neocolonial  y cierta sensación de anacronismo “…como si los poetas buscaran modelos establecidos” (2016,261).

Revisar un siglo de poemas quizá permita vislumbrar si existieron modelos y cómo se construyeron, en definitiva examinar el sendero que cambió abruptamente el 2 de abril de 1982. Porque la guerra modificó todos los itinerarios de la literatura, comenzando por la poesía que recibió  entre otros, el aporte de excombatientes, por ejemplo Gustavo Caso Rosendi, Martín Raninqueo y Hugo Sánchez.

En definitiva vislumbrar las señales de identidad que la poesía le dio a Malvinas, una herencia discursiva que en un futuro permitirá discernir las innovaciones, cuestionamientos o diálogos que concretaron los nuevos creadores.

Este artículo examina un corpus ampliado que incluye todos los poemas citados  en  la  antología Cómo los poetas le cantaron a Malvinas, José A.Da Fonseca Figueira, 1978 y dedicará una breve reflexión sobre los que  incorpora Nuestros poetas y las Malvinas, selección de textos por Águeda Müller ,1983[2].

Si bien el mismo examen realizado nos aconsejaba  concluir  esta investigación   con  una lectura de  “La marcha de Malvinas” de Carlos  Obligado y José  Tieri (1941) y “La hermanita perdida” de Atahualpa Yupanqui y  Ariel Ramírez (1971), pensamos que la mayor razón residía en que quizá estas canciones eran todo lo que conocían de las Islas los conscriptos que libraron la guerra del 82.

Enfatizando que todavía no existe un corpus completo de las poesías inspiradas en Malvinas,  consideramos que nuestras conclusiones son provisorias y que su único propósito es iniciar la reflexión sobre el tema.

 

  1. Nuestro punto de partida:

 La retórica poética que inspiran Islas muy lejanas e invisibles.

Un poema, cualquiera sea, es una forma de conocimiento más allá de la información que el creador posea sobre su objeto poético. La poesía de Malvinas no queda fuera de  esa convicción,  pero lo cierto  es que desde 1833 las Islas fueron conocidas a través de  quienes escribieron sobre ellas, entre los que se encuentran los muy pocos que las visitaron.

Recién en  la década del 60, podemos pensar que hubo imágenes de Malvinas en los medios. A las que pudieron haber  generado el Informe Ruda (1964) y los acuerdos forjados por el gobierno de Arturo Illía[3], siguieron las imágenes televisivas del reportaje de Raymundo Gleyzer (1966) y las que testimoniaron  sucesos  como los vuelos de Miguel Fitz Gerald (1964,1968) y  el Operativo Cóndor (1966).

Esta observación es nuestro primer señalamiento de la distancia como un factor clave en la configuración de las Islas. Porque si bien todos los poemas estudiados enfatizan el reclamo de soberanía, los creadores debieron darle a las Islas una forma de existencia.

Estudiar las variantes e invariantes de esas formas de existencia y vincularlas con ciertos capítulos de nuestra historia político-cultural  es el objetivo de este artículo.

2.1. La articulación de una retórica

Según nuestra hipótesis, la poesía hace de la distancia  un hecho definitorio, casi tanto como la condición insular de Malvinas. Esa distancia, casi siempre física pero a veces también temporal, construye una imagen, usualmente femenina, con determinados elementos ligados al paisaje isleño, cercanos a lo  arquetípico, que con variantes e invariantes se prolonga hasta 1982.

Los cambios que observamos en esta representación no sólo están ligados a la lógica actualización del estilo poético. Factores más complejos como la historia, la política y los fenómenos culturales y sociales quizá contribuyan a intentar explicarlos.

2.1.1. Cautiva en un paisaje

Ya en 1879, Martín Coronado (1850-1919) introduce en 1873 ciertos  tópicos del romanticismo desde el mismo nombre de su poesía “La cautiva”, donde la victimización de las Islas se configura a partir del peso del paisaje: “Allá, tras la neblina /En que parece  que a tocar sus brumas/El cielo al mar se inclina/Hay una tierra que nació argentina/Y que en la borrasca se ciñó de espumas”, 33.[4]

“La cautiva argentina”, 34, coexiste con la “lira sonora” del poeta  que creará la “canción guerrera” liberadora, 36.

Notable: “Allá, tras la neblina / En que  parece que a tocar sus brumas”,33. ¿Cómo no pensar en el comienzo de la  Marcha de Malvinas?

En 1953, José Pedroni (1899-1967) vuelve al motivo de la cautiva en “Las Malvinas” (68-69), donde la distancia ya no es una abstracción como lo revela el verso inicial: “La patria la contempla desde la costa madre”.

Quizá leyendo la imagen convencional de cualquier mapa de la Argentina,  el poeta la construye como un ave, “tiene las alas llenas de lunares”, Malvinas es “nuestra bella del mar” que  “quiere y no puede volar”. Prisionera, esperando que un día “volverá su hombre/ con la bandera y el cantar”.

En ese cautiverio, los contactos con Malvinas también se depositan en elementos del paisaje, son el pingüino, la gaviota, “el ave que emigra”,159. ¿La promesa de redención?: “Hasta que el barco patrio no ancle entre sus alas, /ella se llama Soledad” ,159.

Una metáfora diferente, Malvinas es  leída como un ave, no modifica el hecho de que su cautiverio sigue construyéndose a partir del paisaje, ahora sí libre de la carga ornamental  de su antecesor.

El motivo del cautiverio se prolonga diversificado, casi asociado a la metáfora dela patria mutilada, en el  único tango –canción creado en 1957 por  Gabino Coria Peñaloza (1881-1975) y Luis Tesseire (1883-1960) que las configuran como “trozos cautivos de la Nación”,108. Sigue privando lo femenino: son víctimas de violación, usurpadas, objetos  de redención.

Sin embargo  hay una referencia que  rompe la previsibilidad del discurso, cuando recuerda que “de azul y blanco se han de vestir, /porque los pueblos americanos/sin coloniajes han de vivir”. Las  referencias  a América y la dependencia colonial  que  no eran nuevas, se multiplicarán sobre todo en el folklore a partir de los años 60.

2.1.2. El paisaje del cautiverio.

Enfatizando la condición de herencia hispana, José Berrutti (1871-1951) las configurará custodiadas por témpanos de hielo, con “olas frías, cortantes, encrespadas” que  reclaman la libertad de las Islas, 37,38. En 1933, esta obra  prolonga lo que pareciera una contradicción de origen, el neoclasicismo como estilo y la fijación romántica en el paisaje.

Tampoco faltará la bruma como un dato del paisaje y de la situación misma de las Islas, que cifrará  desde el mismo título Brumas Malvineras, una zamba de  Juan de los Santos Amores (1915-1995) ,141.

Aquí  el sol, otro elemento paisajístico, se transforma en promesa de redención, “El sol no llega a tus praderas, Señor/ pero algún día llegará”.

Distancia y paisaje continúan siendo centrales, aunque  la retórica poética se modernice.

En “Canto de amor a las Malvinas” de Alberto Blasi Brambillla (1933), fechada en 1962, el protagonismo del reclamo  es reemplazado por la constitución de las islas a partir de un discurso amoroso. Para el poeta es “un amor distante que nació conmigo”,103.

Las Islas son un  objeto siempre lejano: “Fundada en tiempos de misterioso frío, /nacida en años de encendidas sales”,102. Es: “la tierra plural del agua y de la espuma”, “tierra de amor en paño y bandera”.

2.2. Lo histórico.

Si bien la historia es un sujeto permanente en estos poemas, definitorio para  cualquier configuración de las Islas, en muchos casos el sujeto es la misma historia de las Islas [5]y en  otras convoca a la gran historia argentina. Islas escenario protagónico  e Islas objeto depositario.

¿Cambia la representación escénica tradicional de  Malvinas? No, pero la carga simbólica del paisaje  ya no es protagonista absoluta.

Quizá lo intente Arturo Capdevila (1889-1967) en “Las Islas Malvinas 1833”,71-72 (La dulce patria, 1949) que evoca la historia argentina de las Islas. Emblematiza  como hidalgo a Luis Vernet y elogia los “saraos” de su esposa María en las Islas, allí recupera: “tanta hospitalidad y fino trato”, “la morada “señorial y amable”. Concluye  con un final esperanzado: “plática y acuerdo / honor del Cóndor y del León Británico”[6].

El Cancionero de las Islas Malvinas. Nuestra Señora de la Soledad   que Luis Ortiz Behety (1906-1973) publica  en 1946, cubre ampliamente y de diferentes maneras el recuerdo de  la historia de las Islas. Pero también lo religioso, la invocación a la patrona de las Islas,  nutre el afán reivindicatorio: “Reliquia de los mares tutelares/ vuelve a alumbrarnos como en otra edad/ Cuando tu sacra luz iluminaba/A las Malvinas de la Soledad” (“Nuestra Señora  de la Soledad”), 46-47.

Inclusive Behety alumbra otro imperialismo quizá más poderoso  que el inglés, al poetizar  el ataque de la Fragata Lexington: “¡No los piratas americanos / Por esos mares no pasarán!”56. Sin embargo, Malvinas sigue siendo “la isla austral”, 47, donde soplan huracanes y “la nieve y la borrasca acechan”,51.

2.2.1. Otra forma de leer la historia.

En 1949  en el libro ya citado, Arturo Capdevila incluye una  carta supuestamente escrita en las Malvinas ya recuperadas. Allí  plantea un orden perfecto, impulso económico- señala la cercanía argentina como una ventaja a la distancia del Imperio –  aceptación de los kelpers, 75. ¿Acaso Capdevila está practicando una incipiente configuración utópica? Para pensar.

Enrique González Trillo (1904-1994)- que según Fonseca era como Behety un escritor “antártico y patagónico”- publicó  en 1948 “Estas Islas son nuestras”,79-86.

Aquí la humillación producida por la pérdida de las Islas  aparece cifrada en la imagen misma  de Malvinas que construye el primer verso del  poema “Humilladas, perdidas en la bruma “.Y  se fundamenta en los reiterados fracasos para recuperarlas.

Trillo articula una línea histórica, desde los próceres de mayo hasta los conquistadores del desierto, para depositar el cuestionamiento: “viendo que pensamos únicamente en el trigo y en las vacas/ atentos sólo al tumulto de la urbe multitudinaria, / lejos de la realidad tajante de la patria/ que se agota y se desangra”. “Cedimos. Cedimos siempre. Perdimos/ la hombría del coraje que nos hacía distintos”.

Las  Islas “irredentas”, “cautivas”- una configuración perdurable- siguen siendo casi  una imagen pictórica: “El gran mar argentino las cuida y las arrulla/y las olas y el viento son la música… ”, en ese gran mar  se deposita  “el imperioso designio en su violencia/ y decisión irrevocable en su firmeza”.

2.2.2. La historia que no fue

Cuestionado por el mismo da Fonseca, Antonio Puga Sabaté  crea en “Canto a las Islas  Malvinas”,1964[7],  la presencia de un mito patagónico (Elal) en las Islas y fantasea que ellas  podrían haber estado unidas al continente, “eras piedra de piedras fraternales y unidas” ,192.

Lo citamos porque es el único mito fundacional que registramos en la retórica poética de las Malvinas, sin que eso haya cambiado los tópicos tradicionales (“Una estrella en el mar/soñada por las horas y los siglos/como una flor del tiempo y la distancia”,194).

2.2.3 Cuestionamiento al imperialismo inglés.

Un leitmotiv que en realidad  comienza ya en 1833: un anónimo porteño preanunciando la ironía de Alberdi en “Quijotanía” (Peregrinación de Luz de día, 1871), se pregunta: “¿Es ese el Parlamento Soberano/Cuya justicia el universo admira?”,22.

El Parlamento inglés volverá como promesa, allí se defenderían los derechos argentinos sobre las Islas, en la carta de John Bull – un inglés residente en el país- que cuestiona la “acritud” con que los vecinos de Buenos Aires hablan de los ingleses ,25.

Pero  rápidamente  los ingleses aparecen configurados como piratas  (Martín Coronado, 34), una línea que se prolongará hasta el siglo XX. Esta generalización coexiste con reflexiones más sutiles.

En  la “Canción de Manuel Moreno”[8],  Behety  lee  el maniqueísmo de la política imperial: “Le dijeron al mundo: Sólo es lodo / La paz jurada y la palabra dada”,62.  Tampoco  desdeña la amenaza: “Una cosa es saqueo y otra es guerra/ Llegarán para ti tiempos muy graves”, 63.

Aquí también la denuncia del imperialismo está ligada muchas veces a la promesa de acción directa para recuperar las Islas. Veinte años después Miguel  Tejada dirá: “En esto de esperar somos pacientes/ pues tenemos el tiempo por delante/y hacia atrás los imperios decadentes” (Canto a las Malvinas, 1952{1966}, 66.

2.2.4. Convocando o creando  próceres

Lo hace Héctor Blomberg (1890-1955): las “sombras de Brown, de Espora y de Rosales/Sombras de las fragatas argentinas. Y de los capitanes inmortales” son convocadas para crear La Guardia en las Malvinas, poema fechado en 1919 que da título al poema. Aquí Malvinas son “las islas del confín distante”.

Pero también el antólogo dedica un capítulo a poemas que reivindican al Gaucho Rivero, un controvertido personaje que en los 60 fue motivo de polémicas[9] . Da Fonseca comienza citando una poesía propia: “Y cuando la historia pronuncia tu nombre/ no queda otro ejemplo, más que tu valor”. El insiste en formular los gestos extremos como  respuesta a la exigencia patriótica: “Ocho héroes que se juegan /Por su tierra soberana”,133.

El poema del tucumano Mario Ponce (1919-2006), luego musicalizado por Carlos Di Fulvio, llama Rivero  “potro arisco de la pampa”, “Furor de raza lo manda/ sin ejército es capitán”,135.[10]

Se produce casi la traslación de una imagen tradicional del gaucho, ahora transformado en redentor: “Su embeleco: las Malvinas/ y su oficio es redentor”,136. De hecho  un segundo poema  habla de un “archipiélago irredento”, 138.

El escenario es  asumidamente distante: “lejos, más allá del allá: / con mucho olor a distancia”, 137, como ya lo había hecho Pedroni, las configura desde la imagen del mapa,  “Son como las alas grises/ de un pájaro marino”,137.

En su apología del gaucho Rivero, Héctor Marcó (1906-1987), un poeta del tango y colaborador habitual de Carlos Di Sarli, suma leitmotivs: “mártir de la patria”, “héroe malvinero”, “sangre indomable de gaucho patriota”. Sin embargo las Islas son todavía menos que sus leitmotivs: “Tu cielo de estrella, / y el canto marino que alegra las costas”,144.

La antología de da Fonseca también incluye a otros personajes del siglo XX, que según el autor, concretaron gestos reivindicatorios.

Las poesías citadas se concentran en la naturaleza de esos gestos: el vuelo de Miguel FitzGerald, 1964-68 y el Operativo Cóndor que comandó Dardo Cabo en 1966.

Inspirado en lo que habría dicho  Dardo Cabo en el presidio después de su intento (“Es puta la soledad”), el poeta Jorge Melazza Muttoni (1921-1995) (“Habla un invasor de Malvinas”) concreta desde la política, una notable negación de los atributos tradicionales.

“¿Libertadores? ¿Héroes?, No/ Yo sé que dará risa/Pero tampoco fuimos ladrones de parejas/ ni vendedores de pálidas morfinas/ni asaltantes de bancos”. Tampoco fueron ese viejo directorio clandestino “…que vende, hasta los huesos grises de la patria”, 177-78.

2.2.5. La cuestión del nombre  de las Islas: Malvinas/Falklands.

La poesía también depositó en el nombre de las Islas el énfasis del rescate.

Lo hizo tempranamente Martín Coronado: “La cautiva argentina/Cuando le grita el huracán: ¡Malvinas! /Y dicen: ¡Falkland! las sombrías olas”,34. En el siglo XX lo prolongaron  Arturo Capdevila, 73 y  José Pedroni:   “Le dieron otro nombre  para que olvidara/ que ella no sabe pronunciar”, 68.

Con distinto tono, lo marcaron  Puga Sabaté (“Canto a las Islas  Malvinas”): elige “tu derecho divino a hablar el mismo idioma”  para enfatizar “este anhelo argentino de llamarte Malvinas”,195. Y una zamba de los 60: “Una es la gran Malvinas/Otra es la Soledad/Quien quiera cambiar sus nombres/ está faltando a la verdad” (“La Zamba de las Malvinas”, Pueblito y Casal, 112).

  1. El canto folklórico o nativista: la centralidad de la pampa y el gaucho

Un comentario del antólogo nos hacer saber que en 1968, la revista “Primera Plana” vinculaba la difusión, sobre todo en las radios oficiales,  de tres zambas  inspiradas en las Malvinas a las negociaciones que realizaba el gobierno .

Más que detenernos  en la supuesta funcionalidad “oficialista” de las zambas[11], preferimos seguir examinando la configuración de las Islas que siempre son un objeto distante.

Tan lejano que en la primera, “Zamba de las Malvinas” de Juan Pueblito y Roberto Casal,  se las reconoce como integrantes del mismo cofre de estrellas (“Pampa, esmeralda verde/lagos, zafiro azul/las islas, collar de perlas/un mismo cofre: La Cruz del Sur”112). Recordemos que el Quijote alberdiano  llamaba a Las Pléyades  “Las Malvinas celestiales”.

La segunda, “Malvinera Cautiva” de capitán F. Eduardo Mittelbach y Raúl Puigbó, con una casi banal retórica gauchesca – “Tu pena mi alma lastima /como rodajas de espuelas” – esta “Malvinera, Malvinera/sambita de los varones” promete liberación. “Apronta niña adorable, ponete prendas de domingo” 114.

En la tercera, “Las Islas Malvinas” de José Adolfo Gaillardou (a) Indio Apachaca y Mario Valdez (1964) lo innovador -“Esta zamba golondrina/hoy crece vertical en tu costura/y mi sangre en tu nombre de Malvinas/se abraza con la patria a tu cintura”-coexiste con lo  convencional, “Con un grito masculino templado en las chuzas montoneras/en mi orgullo de argentino/quedaron de trofeo tus banderas” 118-119.

Hay también una presencia de lo americano (“son tus cielos y tus mares/que gritan: Cruz del Sur Americanos”,119.Y una funcionalidad asignada a la zamba “y tu suelo en esta zamba/asume su total soberanía”, 118,119.

El capítulo nativista se cierra con  Hernán Ríos (1943), autor de la zamba “Con sabor a Malvinas”, 1970, que planteando “llegó el momento de jugarnos entero en la patriada”, impulsa a “cantores y poetas de mi pueblo” a cantarle a las Islas, “y si el canto no basta. ¡Qué carancho! Le atamos una lanza a la guitarra”, 124.

Se podría pensar que  las Malvinas siguen siendo un objeto distante y  que la reivindicación de soberanía  convoca a los  motivos más típicos de la gauchesca, más allá que algunos de los creadores pertenezcan al género folklórico.

Para observar: el protagonismo que  como la zamba de Gaillardou, le da al canto- que no cambia su condición de  mensaje enviado a un escenario lejano-, pero  con   atributos  diferentes.

¿Resultaría  aventurado leer cierta sintonía con los acentos que ya tenía el arte popular en la década del 60, bajo el impulso de los movimientos de liberación que recorrían lo que se llamó “el tercer mundo”?. Sin olvidar que el folklore retornó al escenario cultural  de esa época con algunos creadores  muy importantes, que eran poetas del interior o artistas que recuperaban sus obras[12].

  1. Los creadores que incluye Nuestros poetas y las Malvinas.

Más allá de que por la fecha de creación y/o publicación, algunas obras excedan el plazo temporal de la  antología de da Fonseca, publicada en 1978, nos interesa señalar  ciertos diferenciales.

Por ejemplo revelando que la subjetividad de los poetas  es el lugar “desde dónde” cantar las Islas.

Más cerca, desde el sur patagónico:

Originario de Ushuaia, “sólo, desde las costas de mis tierras natales”, 58, José María Castiñeira de Dios (1920-2015) anatematiza a Inglaterra, que después de todo es una isla, en “A la isla ladrona” fechada en Buenos Aires  en 1954.

Diferente a sus antecesores pero no por eso menos enfático, cuestiona su  imperialismo de “colmillos chacales”, “con las tierras robadas que nutre tu talega” (58).La promesa de retorno a las Islas se cierra con un metáfora singular: “¿Qué estas islas nos duelen como si nos castraran?”. ¿Una lectura que innova por extensión,  la idea hernandiana de las Islas como parte del cuerpo de la nación?

Luis Ricardo Furlan (1928) en “Oda patagónica a las Islas Malvinas”, 1975, también alude a esa posición desde donde se configura a las Islas, “Nosotros, / de la orilla de la tierra del fuego”,99.

El sujeto se hace colectivo y elige determinado lugar: “Nosotros, /desde el sitio cabal del heroísmo”.

La ilusión del retorno, “nos bastará sentirlas con nosotros aliadas”,100  y la tensión de la espera  como un activadora de poesía coexisten con la imagen de las Islas como “la llanura de hielo del límite inventado”. Con espíritu lugoniano,  este poema  alienta la refundación de las Islas desde la palabra.

Las Malvinas en las Malvinas:

Fechados en “Islas Malvinas, 1975” los tres poemas de Alfredo De Cicco (1922-2016) ofrece otras imágenes de las Islas, cuya singularidad para este trabajo es que la distancia ya no existe.

“Anochecer en Gran Malvina”  construye el paisaje por enumeración: “penumbras de una sombra largamente sola/ Residuos callados/ de estrellas/ Desgarradores contextos vacíos/ claroscuros altivos/azules desolados”. El poeta registra en ese paisaje, tan solitario, hay “cuentos de siglos/ sin pronunciar”,78.

“Soneto para Soledad Cautiva”, 80, retoma el tópico de la cautiva desplegando subjetividad argentina, “Una asfixia de patria se amontona / aquí, donde la tierra se termina”.

Desde la amargura formula preguntas: “¿Qué pasó con tus ojos de frontera?” y  una  promesa de retorno  “volveré por tu pena y tu neblina”. Pero también establece un vínculo con América: “Gran Soledad, no queda una campana /ni un badajo de piel americana/que no repiquen por tu nombre ausente”.

Sin cambiar el rol protagónico de la subjetividad,  “Atardecer en Soledad” (81) concluye con dos versos que nos hacen pensar: “No sé si estoy  falto de la historia/menuda que comienza”. Podría leerse como el conflicto que se   abre entre  la condición in situ del poeta  y la carga simbólica que portan las Islas.

Un imaginario romántico femenino:

Las únicas dos poetisas citadas en esta antología previas a 1982[13] son Ofelia Zuccoli Fidanza (1913-2006) y Julia Prilutzky Farny (1912-2002).

Fechada en 1962, “Malvinas” de Fidanza presupone un in situ: “Me llevo de  tus islas el sabor de tu sal…, “He visto cómo el viento…”215, “Oí el clamor del agua” (216).

Malvinas se formula desde un imaginario romántico apenas cruzado por un dato de la realidad, “Oh, Malvinas de asombros y cenizas/ de petróleo y fantasmas”,214.

Es “la gaviota azul, perdida en la niebla”, 214, una  “fugitiva del mar” que  reactualiza la vieja imagen de la cautiva “con cadenas y esperando”, “aullando llanto”, “hechizada de olvido” ,215.

La promesa de redención “ya vendrá quien te salve”, se acompaña con un reingreso de la identidad nacional, “volverás a ser lo que eres, y en todo tiempo argentina”, 215.

En 1978, “Nuestras Malvinas” de Julia Prilutzky Farny tampoco innova esa configuración romántica que se nutre de viejos mitos neoclásicos. Las Islas son “amazonas nostálgicas”, 167, amazonas celestes, amazonas doradas.

Pero aquí queda claro el rol que cumple la distancia frente al no-saber propio, “Me cuentan que son grises”, 168, la aceptación de que todavía no son una presencia, “Pero son la esperanza”.

La mirada se constituye desde lo subjetivo: “Con este corazón, Señor la veo”. La mirada no cambia los arquetipos “Patagónicos llanos / horizontes de musgos y de arena…peñascos enfrentados al mar”.

La esperanza de reivindicación se deposita en el arquetípico sol, “aquel de la bandera y del escudo/ disolverá la bruma/destruirá la neblina”. Para que las Islas surjan de las aguas para siempre, “deslumbrante avanzada de la patria”,168.

Una manera diferente de formular la lejanía.

Gustavo García Saraví (1920) quizá ofrece ya en 1979, un registro más moderno, ¿nerudiano?  de las Islas indisolublemente asociado a la  distancia, “Pingüineras de miel, /muchachas en enagua, /último viaje /por el mundo del agua/ últimos mapas/últimas geografías, /últimos sitios donde/resuena esta palabra: mías “,111.

Cierto tono didáctico lo anima  “debéis saber-saberlo nuevamente-/que este lado de aquí/no es el lado de enfrente”,112. Pero también la súplica de que regresen y la revelación: “Volved. ¿Qué digo? Si nunca os fuiste de la casa”,113.

Una visión de las Islas construida con metáforas distantes de la antigua retórica y que innova en el tema  de las Islas adoloridas por su cautiverio, aunque ellas sigan siendo “las del país del viento”,112.

Estos poetas pertenecen a los 40 y 50, épocas signadas por el  despliegue de la subjetividad y naturalmente por lo que la historia y la cultura argentina habían construido en torno a Malvinas.

Sin embargo creemos que en algunos casos, hay una “horizontalidad” en la configuración de las Islas, que reduce la distancia que implicaba el uso de la retórica típica. Quizá  para esos casos haya un dato epocal significativo para comprender el yo poético. (Ver p.12-16 de este artículo).

  1. Una conclusión, un tributo.

Hoy son usualmente descalificadas en las narrativas inspiradas en la guerra de Malvinas. No pudieron superar el bastardeo que les deparó la estrategia mediática del proceso militar durante la guerra.

Sin embargo “La marcha de Malvinas” (1941) de Obligado y Tieri y “La hermanita perdida” (1971) de Yupanqui y Ramírez fueron durante mucho tiempo todo lo  que muchos argentinos  sabían de las Islas. Quizá entre ellos estaban los conscriptos que libraron la guerra del 82 y que tal vez fueron las únicas canciones  que escucharon en las Islas.

La investigación realizada me permite leerlas además como datos epocales significativos.

Es conocida la historia de la Marcha: durante la presidencia de Roberto Ortiz, la Junta de Recuperación de las Malvinas, presidida por Alfredo Palacios, llamó a un concurso que ganó la obra presentada por Carlos Obligado[14] y José Tieri.

En la marcha, lo paisajístico se humaniza, típica tensión romántica, para enarbolar y representar la reivindicación (“clama el viento y ruge el mar”) de un territorio que sigue siendo muy distante, “Ni de aquellos horizontes”. Pero lo paisajístico también se hará cifra de “nuestra enseña”, un símbolo patrio depositado en los blancos montes y el mar azul.

Sigue siendo  echeverriana la concepción del país  como una extensión y por ende, de Malvinas como un suelo, ausente, vencido, bajo extraño pabellón. Olvido, renuncia, perdón son también tensiones   del romanticismo literario en el  período que van desde por ejemplo, desde  Mármol a  Guido Spano.

La recuperación  se dramatiza desde lo paisajístico: el ideal –las Malvinas argentinas- romperán el manto de neblinas como un sol, que es además el de nuestro emblema.

La inmortalidad del dominio se deposita en una imagen casi escultórica de la patria, que en  su diadema verá brillar “la perdida perla austral”.

Es cierto: estamos leyendo un poema creado para exaltar la defensa de la soberanía, estamos leyendo la letra de una marcha. Pero también a la luz de lo expuesto en este trabajo, podemos reconocer la permanencia de una configuración de  las Islas, construida a partir de la tensión romántica y la retórica neoclásica. Allí la distancia se hace relevante porque determina ciertas representaciones  donde lo paisajístico arquetípico adquiere un rol esencial.

Treinta años separan esta marcha de la obra de Atahualpa Yupanqui: también es sabido que él creó “La hermanita perdida” en Paris, Francia.

Desde el hecho obvio que es una zamba y no una marcha, más allá de  las hondas diferencias  políticas y culturales que  separan a Obligado de Yupanqui, creo que  lo epocal es  significativo . Bastaría pensar cómo era el mundo y la Argentina en 1970 para aceptarlo.

Lo paisajístico sigue siendo definitorio, pero ahora a través de un  notable poeta  para pintarlo.

La distancia se asume a través del saludo que llevan “grandes olas azules”, “encajes de espuma blanca”.

La reivindicación se construye a partir de lo filial: hermanita perdida, vuelve a casa. Y la vuelta, ese viejo motivo romántico, ya estaba por ejemplo instalado en el tango. Quizá lo filial nutra la metáfora del mismo país,  como una familia que tiene una hermanita menor.

¿Cómo lee  el pasado  este poema?: desde un archivo histórico,  “amarillentos papeles te pintan con otra laya”, desde ese pasado define echeverrianamente a las Malvinas como una  tierra cautiva y a los ingleses los remite a un “rubio tiempo pirata”.

Pero la reivindicación tiene un tiempo  actual, en  el presente, “veinte millones”,  los argentinos son los que configuran el  rol adulto, ellos llaman “hermana” a Malvinas.

Dos diferenciales para atender:   la tensión de lo territorial incompleto (la Patagonia “suspira”, la Pampa “llama”) y lo afectivo/humano fisurando lo paisajístico convencional, la esperanza-sagrada- enternece la piedra.

El sueño de  recuperación se sintetiza en  la imagen de la bandera instalada  en las Islas. ¿Para qué?: “llenarte de criollos”, “curtirte la cara” y una argentinización cifrada en: “lograr el gesto tradicional de la patria”.

 Es cierto: sigue privando la distancia para definir una configuración de las Malvinas, pero  también asoma la idea de la  presencia argentina cambiando su paisaje, una forma de humanización  que  modifica la retórica usual.

Podríamos explicar este poema desde la trayectoria  de Yupanqui, las tensiones que cruzaban  los 70 en la Argentina y en el mundo, pero no sin reconocer  que algunos de los motivos de esta zamba  cifran motivos que recorren todo el relato de Malvinas hasta la actualidad.

Sin cambiar lo dominante, la distancia y  el paisaje, su  configuración de las Islas modifica  la reivindicación, poética y políticamente

 

  1. Un aporte para concluir este artículo.

El objetivo de este trabajo fue registrar configuraciones  poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982. El corpus, construido a partir de las dos únicas antologías que conocemos,  cubre más de  un siglo de poesía argentina.

Sería imposible  para mí estudiar esas configuraciones en relación con los poetas que las crearon y los movimientos o tendencias  a las que pertenecían. De ahí que lo que sigue es una reflexión  sobre  algunos  aspectos  que  me parecen relevantes.

¿Por qué  hablamos  de retórica neoclásica?: porque nuestra poesía de exaltación patriótica[15] continúa el uso de esa retórica que en el siglo XVIII buscó retornar al ejemplo clásico, imitando muy superficialmente  sus  formas externas. Canal Feijóo (1979) habla de seudoclacisismo, registrando en esas obras  la contradicción  entre el ideal formal del discurso  y los contenidos innovadores  que expresaba.   A  esa retórica  volverá recurrentemente la literatura con versiones  innovadoras desde un   lenguaje  que conserva su espíritu clásico.

Como siempre, junto a esas obras coexistía una poesía popular y en muchos casos anónima, que  también exaltaría las victorias y derrotas de las guerras de la independencia y las guerras civiles.

El romanticismo, iniciado en nuestro país con La Cautiva de Esteban Echeverría (1827), impulsa un nacionalismo literario que asocia esa exaltación patriótica con la fundación misma de la nación. Nuestro corpus, que se inicia con Martín Coronado, un romántico tardío, permite apreciar la vigencia de la figura de la cautiva, que es cautiva en un desierto, otro motivo protagónico en la obra de Echeverría.

Considerando la centralidad del paisaje, la naturaleza de Malvinas, en las poesías estudiadas deberíamos recordar la definición de Jitrik (1967): “para el romanticismo, la naturaleza es desdoblamiento de la subjetividad, de modo que lo que ocurre en una implica lo que ocurre en la otra y viceversa, en una relación profunda por la cual el ser se liga con lo cósmico y por allí se explica” (206).

De ahí mi insistencia en  la visión romántica de un  paisaje  isleño arquetípico, que es un motivo central en la configuración de las Islas realizada por las poesías del corpus.

Esta explicación también  será clave para abordar a los neorrománticos de 1930 y 1940.

Jorge Monteleone (2012) leyendo a dos románticos tardíos que no poetizaron las Islas, nos brinda sin embargo  claves de interpretación  para quienes sí lo hicieron.

Dice que en Carlos Guido Spano (1827-1918) la belleza adquiere la fijeza sublime de lo escultórico (22). La fijeza de lo escultórico, y también de lo pictórico, cifran las configuraciones de por ejemplo la “Marcha de las Malvinas” (Obligado y Tieri, 1941).

El crítico también señala que en 1881 “Nido de Cóndores” de Olegario Andrade (1841-1882), el poeta reemplaza el vacío del sujeto individualista por el Héroe, como identidad de lo nacional en una figura colectiva (22).

Monteleone advierte el peso posterior de Andrade en las configuraciones poéticas del nacionalismo argentino que -, agregamos -reinstalará  la causa Malvinas en el escenario público a fines de 1930 y a comienzos de 1960.

Quizá  antes ya  lo anunciaba  Héctor Blomberg convocando a las sombras tutelares de Brown, Espora y Rosales (88), pero  es claro en Mario  Ponce  cantando al Gaucho Rivero (“Furor de raza lo manda/sin ejército es capitán”,135.En 1975 Luis Ricardo Furlan dirá “Nosotros / desde el sitio aval del heroísmo” a.m.99[16]

En cuanto al  apóstrofe y la admonición, tan presentes en las poesías estudiadas, recordemos que pertenecen a la oratoria típica del romanticismo sentimental. Pero quizá también puedan explicarse por su  uso tardío en la poesía de Pedro  Bonifacio Palacios (Almafuerte) (1854-1917)[17].

Si el romanticismo literario se propuso crear una nación a través de la palabra, el triunfo de la Generación del 80 que aniquila toda resistencia política, le otorga a la palabra la función de definir el pasado, el presente y el futuro de la nación.

Los fastos del Centenario  llegaron cuando  Rubén Darío (1867-1916) ya había instalado el innovador modernismo  en nuestro campo cultural. Un hijo de ese movimiento, un sucesor de Darío, que tampoco le cantó a las Islas, será sin embargo esencial para estudiar el corpus malvinero.

Porque Leopoldo Lugones (1874-1938) desde sus Odas seculares (1910) construirá una visión celebratoria del país, su historia y su cultura, que tendrá larga pregnancia en nuestra historia poética.

Monteleone brinda una magnífica definición de ese yo lugoniano:

El enamorado de la veste y de la gema, el que se multiplica en las interminables analogías metafóricas de la luna, el que se confunde con el paisaje como un teatro de su propio despliegue, el médium de la raza, el que canta a la patria , se sostiene en los antepasados, se mimetiza con el cantor popular(22).

Lugones será una figura arquetípica para los poetas que a partir de la década del 30 tratan de superar el martinfierrismo, un movimiento  que apuntó contra la metáfora lugoniana. Pero siguió usándola como reconoce el mismo Borges, fundador del Grupo Florida.

Si analizamos el uso de la metáfora en el corpus estudiado, veremos que es tan permanente como la retórica neoclásica y la visión romántica del paisaje. Desde la cautiva de Martín Coronado en el siglo XIX hasta el ave de  José Pedroni al promediar el siglo XX.

Los que comienzan a escribir la década del 30- caída de Irigoyen, inicio de la década infame- buscan inspiración en la raíz hispánica y en el paisaje natal  (Lidia F.Lewkowicz, 1974).

En esa época, se producirá  según Federico Lorenz una reinstalación de la causa Malvinas en el espacio público argentino, que por otras razones se reiterará en la década del 60 [18] .

En esa década comenzaron a escribir  Enrique González  Trillo  y Luis Ortiz Behety  que  desde Buenos Aires mirarán la  Patagonia y la Antártida. Es notorio- por lo menos en el caso de Ortiz Behety- un castellano prístino, no en vano él  llama “Cancionero” a su obra.

Sin embargo los poemas de ambos se publican cuando ya la generación del 40 está instalada en el escenario cultural, que a partir de 1945, se desenvolverá en medio de la transformación  que representa el peronismo en el poder.

Según Alfredo Veiravé (1967), los poetas del 40 fueron neorrománticos, melancólicos, historicistas, cultivaron un tono elegíaco, volvieron a las formas clásicas[19]. Todos los críticos reconocen la fuerte influencia de Neruda y García Lorca, pero también de Garcilaso de la Vega  y Rilke.

Alfredo Andrés cree que  los poetas cuarentistas  concebían la naturaleza como una especie de eternidad y  estaban dirigidos al rescate de un abstracto ser nacional, a través de una poesía inspirada en el paisaje y la historia del país (Salas, 1975,187).

¿Por qué no leer el peso del mundo interior subjetivo en la configuración de las Islas?: José  María Castiñeira de Dios cuestiona al imperialismo inglés: “mientras desde su cárcel las hermanas australes/ me castigan el alma con su mirada ciega” a.m.58.

En 1962, creemos que en las Islas Malvinas, Ofelia Zuccoli Fidanza  se despide: “Me llevo de tus islas el sabor de tu sal, /apenas si puedo reconocer mis venas/el aire de tus ríos con su batir de alas”, a.m.215.

Las obras del elegíaco  Ortiz Behety y el revisionista  González Trillo señalan un primer intento, creemos que no hubo otros, de configurar a las Islas desde la historia. Quizá por eso, sin renunciar a la visión romántica – la obra del primero tiene un epígrafe de Coronado- señalan un cambio que quizá  aflore en los  convulsionados años 60, más en el folklore que en la poesía.

La caída del peronismo y los grandes cambios en el orden internacional  fueron el escenario de la generación del 50, que Luis Ricardo Furlan (1974), él mismo un poeta malvinero, caracterizará por su tono humanista y universal, su compromiso político y su identificación con América.

Recordará que otro crítico (José Isaacson) decía que para estos creadores la poesía canalizaba el testimonio y era, en realidad, el testimonio. Pero aceptemos que  para nuestro objeto de estudio, sus poesías- testimonios son muy diferentes.

Véase sino el abordaje subjetivo de Alberto Blasi Brambilla, a.m.31, el nerudiano enfoque de Gustavo García Saraví a.m.109y la lectura política del Operativo Cóndor de Jorge Melazza Muttoni (177-78).

Corresponderá a los especialistas en folklore analizar las obras citadas por Da Fonseca, ubicarlas en el ancho territorio que define desde el gesto celebratorio, típico de nuestra canción popular, hasta el enorme aporte brindado por los poetas de la línea telúrica[20]. Sin dejar de considerar que corrían los años 60 y que el campo cultural argentino  se modificaba con grandes cambios político culturales que conmovían al país y al mundo.

Tampoco debería obviarse, especialmente leyendo las obras dedicadas al Gaucho Rivero,  que el Martín Fierro (1872-1879) de Hernández –sintetizando  un largo capítulo previo de nuestras letras gauchas-  abrió infinitas y muy diferentes configuraciones que llegaron a la constitución de arquetipos.  Creo que algunos de ellos  pueden  advertirse  en  esas obras.

Estas breves reflexiones sólo se proponen colaborar en la lectura de los  poemas estudiados, registrando las variantes e invariantes  que durante un siglo ofrecieron las obras inspiradas en las Malvinas. En mi opinión, de muy distinta manera, la poesía malvinera siguió configurándose a partir de la centralidad del paisaje y la distancia.

Pero reitero que este examen es provisorio. Quizá especialistas en poesía estudiando un corpus completo  de poemas inspirados en Malvinas alumbren  otras ideas.

Me limitaré a cerrarlo con una observación personal.

Registré que a partir de 1940 y comparando con el período previo, las antologías sumaban mayor cantidad de poetas que cantaban a las Malvinas. Más allá de las explicaciones que brindan las distintas poéticas generacionales, creo que lo ineludible es que casi todos ellos fueron activos partícipes de la cultura de los dos primeros gobiernos peronistas.

En el artículo de Darío Pulfer[21] leemos  que los siguientes creadores asistieron a convocatorias oficiales, participaron en congresos y colaboraron con revistas y suplementos culturales, por ejemplo el suplemento cultura de La Prensa bajo la égida de la CGT.

Luis Ricardo Furlan, Julia Prilutzky Farny, José Luis Muñoz Aspiri, Enrique G. Trillo, Luis O. Behety,  Castiñeira de Dios, Alberto Blasi Brambilla, Adolfo Gallardou, Jorge Melazza Muttoni y Miguel Tejada[22].

Seguramente la lista no está completa, pero da un fuerte indicio de cómo una política dirigida a defender la soberanía argentina sobre las Islas, también genera manifestaciones culturales, formas de pensar las Malvinas.

Posiblemente en un futuro cuando se analicen las producciones culturales sobre Malvinas realizadas entre 2003 y 2015, algún estudioso llegue a la misma conclusión.

 

  1. Apéndice

Acerca de  las antologías

7.1. Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas, Antonio Da Fonseca Figueira (1978)

Publicada en 1978, plena dictadura militar, con el declarado propósito del antólogo de enlazar episodios de la historia (argentina) de Malvinas con poesías e incluyendo un capítulo dedicado al canto nativista[23], esta antología  le brinda al lector actual obras conocidas y algunas que no lo son.

Por ejemplo la carta que un ciudadano porteño anónimo envía a “La Gaceta Mercantil” en 1833 con motivo del ataque inglés. O la referencia  encriptada de las Malvinas que da Fonseca  lee en “El cóndor” de O.V.Andrade (1881) ,30. Quizá también sorprenda la presencia de  escritores que usualmente asociamos al teatro o al tango como Martín Coronado (1840-1919), Gabino Coria Peñaloza (1889-1975), Héctor P.Blomberg (1890-1955) y Manuel Ferradás Campos (1913-1986).

Introduce a autores hoy poco visitados como Arturo Capdevila (1990-1967) o poetas casi  desconocidos como  José Ortiz Behety (1906-1973),  autor de una obra muy ligada al sur patagónico y  la Antártida. Y Enrique Gómez Trillo (1904-1994), que se interesó por los mismos temas y publicó obras en colaboración con Behety.

Pero da Fonseca  evoca además  sacerdotes que pasaron largos años en las Islas  como el padre Mario Luis Mignone ( 1863-1937), que dejó su testimonio  en 33 años de vida malvinense.  Y cita una poesía de Cantico a las Malvinas de Ismael Moya (1900-1981), obra publicada en 1960 e inspirada  en el franciscano  Fray Domingo de Velazco  que estuvo a cargo de la capilla de Puerto Soledad desde 1771 a 1773,95.

Su evocación del gaucho Rivero, incluye la referencia  a una obra teatral: fue “Rebelión en las Malvinas”  de Manuel Ferradas Campos leída en 1964 en el ciclo “Las dos carátulas” de Radio Nacional. La cita de da Fonseca  nos hace intuir un fuerte sesgo romántico. Desde el  llamado de Rivero “Buenos Aires, Buenos Aires” hasta cómo  lo evoca la mujer que lo amó “Es el último gaucho de las Malvinas”,190

Resulta difícil establecer el criterio que organizó esta recopilación, donde en cada caso el autor alude  a episodios o personajes de la historia de las Islas y lo enlaza con poemas. También dedica  un capítulo  al canto nativo.

Más  allá del enfático  reclamo de soberanía  que incluye cierta presión para lograrla con hechos más concretos[i][24], su tratamiento de ciertos temas no  siempre resulta claro  o coherente. Por ejemplo se refiere a decisiones  gubernamentales argentinas sin aclarar quiénes eran los presidentes[25].

Manifiesta una clara adhesión al proceso militar, pero relata el Operativo Cóndor e incluye una poesía inspirada en palabras que  Dardo Cabo habría pronunciado en  la prisión  adonde lo trasladaron ¿No sabía  da Fonseca que Cabo era  un detenido-desaparecido[26]? No tenemos respuesta: creemos que su zigzagueante comentario sobre el Operativo Cóndor exime de mayores comentarios.

Aceptando que toda antología es siempre una decisión de lectura de su autor y que todavía falta el corpus completo de las obras inspiradas en Malvinas   anteriores a 1982, sólo podemos vislumbrar  en esas obras las diferentes configuraciones poéticas, y en algún caso narrativas, de las Islas.

Importante: suelen faltar  las fechas de creación y Fonseca  presenta   a los autores con referencias muy laudatorias y generales.

No podemos saber qué ausencias registra esta antología, pero sí sabemos que el tiempo silenció muchas de las obras citadas. Presuponemos que las razones son diversas y no siempre vinculadas con su calidad poética.

 

7.2. Nuestros poetas y las Malvinas, selección de textos por Águeda Müller (1983).

Sabemos que por su origen, esta obra  está asociada a la guerra del 82,ya que reúne poemas leídos  durante la contienda en un ciclo emitido por Radio Nacional y Radio Municipal.Quien la lea podrá apreciar el amplio despliegue poético que inspiró la guerra y posterior derrota.

Fue configurada como antología en 1983, cuando la democracia se asomaba en la Argentina y los poemas, que tienen la fecha de su creación, están antecedidos por pequeñas presentaciones de sus autores.

El prólogo de Federico  Peltzer  se limita a una reflexión muy ligada a la pos derrota.  En ese sentido creemos muy ilustrativo el hecho que la antología incluya el famoso “John Ward y Juan López  “que Borges publicó en Clarín después de la derrota, pero  no el discepoliano  Cambalache 82, poema de denuncia que Osvaldo Rossler publicó La Nación en el mismo período.

Si bien ambas antologías coinciden en la elección de determinados autores, la de Müller incorpora otros no citados por da Fonseca, entre ellos algunos que fechan sus obras en las Islas Malvinas. Esta condición de poemas creados “in situ” innova  lo hasta ahora estudiado.

Leímos a los nuevos autores como integrantes del corpus poesías previas a 1982, preguntándonos solamente qué variantes o invariantes podíamos registrar.

Renunciamos a interrogarnos sobre su ausencia en la antología de Fonseca, porque la mayoría, excepto García Saraví, habían producido sus obras antes de 1978. Demasiadas respuestas posibles  alertan sobre el riesgo de que ninguna se acerque a la verdad.

Federico Peltzer en el prólogo  señala ideas significativas si las leemos como emergentes de  la pos derrota. Caracteriza a Malvinas como un dolor argentino (p.7) que genera una  dicotomía entre los escépticos que plantean abandonarlo  y los entusiastas  que quieren mantenerlo. Advierte que ese dolor tuvo distintas intensidades. Acepta que son “Esas remotas Islas, que la mayor parte de los argentinos, ni siquiera conocemos”, ignoradas en Europa y apoyadas por “hermanos de América apenas informados” (p.2,7)

Citando a los poetas de la antología previos a 1982, lee las Islas como una presencia , “casi fantasmas”(p.8)que esperan rescate, su lejanía como la limitación del amante, el sentido de pertenencia casi corporal que despierta en los argentinos, la asignación de una identidad fundada en nuestra propia identidad.

Más allá de coincidir o disentir con la lectura del corpus, llama la atención  la distancia que establece el lector-prologuista. No sólo  los poetas previos a 1982 esperaban rescate, también la verdad de todos los crímenes del proceso militar que incluían la guerra de Malvinas.

 

 

[1] En realidad, el artículo de Bolling  se centra en obras de  Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini. El investigador trabajó con la antología de Müller y la observación  aquí citada concluye su comentario sobre poemas de Alberto Blasi Brambilla (1962 y 1982) y   Eduardo Carroll (1982).

[2] Ver Apéndice, pp16-18:incluye un breve comentario sobre las antologías

[3] Esos acuerdos permitieron por ejemplo la construcción del aeropuerto en las Islas, la instalación de YPF o la labor  de maestras argentinas.

[4] A partir de aquí todas las poesías citadas corresponden a la antología de Da Fonseca, cuando citemos a  las incluidas en la de Müller haremos la pertinente aclaración.

[5] Ismael Moya por ejemplo recuerda el accionar del norteamericano coronel  David Jewett al recuperar las Islas en 1820 (“Emoción argentina en el Puerto de la Soledad”,96).

[6] Capdevila, que trabajó tantos personajes argentinos posteriores a 1810, brinda una imagen social  que podríamos asociar al Buenos Aires de esa época.  Pero las Islas siguen siendo:” ¿Un archipiélago hay en las planicies del mar que un pueblo entero está añorando?”.

[7] En la antología de Müller leemos que fue publicado en el diario Mayoría y que en 1975 el Ministerio de Relaciones Exteriores lo publicó bajo la forma de poster. Mayoría fue el periódico nacionalista que publicó las investigaciones que en realizaba Rodolfo Walsh sobre los fusilados de José León Suárez, luego reunidas en Operación Masacre, 1957. Sobre el autor sólo  sabemos que nació en 1910.

[8] Manuel Moreno fue el funcionario argentino que en Londres,  reclamó al gobierno inglés por la invasión a las Islas en 1834, 1841 y 1849.

[9] Lorenz (2014)  evoca las polémicas entre la historia oficial y el revisionismo. “Los ´modelos ´ en pugna en la década del 60 encontraron en la historia del gaucho otra divisoria de aguas, potenciada porque también fue leída en la clave de la proscripción del peronismo”

[10] La obra se llama “Capitán de las Malvinas” y está incluida en el disco “Esperanza en los días que vienen “, 1973.

[11] Según Da Fonseca, Juan Pueblito, autor de “Zamba de las Malvinas” grabada en 1966, lo niega

[12] Sergio Pujol recuerda  el ascenso de nuevos protagonistas: Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los HuancaHuá,Los Cantores de Quilla Huasi, Los Trovadores del Norte, Waldo de los Ríos, María Elena Walsh y Leda Valladares, Jorge Cafrune,Horacio Guaraní, Mercedes Sosa, Suma Paz, José Larralde, Eduardo Falú, Eduardo Lagos , Manolo Juárez. Deposita la innovación de los repertorios en Falú-Dávalos, Leguizamón-Castilla, Ramírez-Luna, Matus-Tejada Gómez(2008,249-251)

[13] Da Fonseca sólo incluye a Alba Chamán (1932- ), una médica poeta residente en Tierra del Fuego.

[14] Hijo de Rafael Obligado

[15] Según los críticos iniciada por el “Triunfo Argentino” de Vicente López y Planes que en 1808 cantó el triunfo sobre la segunda invasión inglesa. Años más tarde, el poeta crearía una canción patriótica que dio origen a nuestro himno nacional.

[16] De aquí en adelante, a.m. indica que la poesía forma parte de la antología de Müller.

[17] Es cierto, no poetizó a las Malvinas, pero una breve cita de su “La sombra de la patria”, 1893, puede darnos     indicios discursivos de cómo se nutrió la retórica estudiada en el corpus. “Yo la siento gemir, y el océano /y la  selva, y las cumbres y la pampa, / Y la nueve  y el viento y las estrellas, /Y todo lo insensible y sin entrañas, /Me parece que sienten, me parece / Que asumen voz y proporciones humanas” (1954,181-189).

 

[18] Federico Lorenz (2014) señala  una corriente de libros como Nuestras Malvinas de Juan Carlos Moreno, 1938, Toponimia criolla de las Malvinas de Martiniano Leguizamón Pondal, 1956 y La historia completa de las Malvinas de José Luis  Muñoz Aspiri, 1966.

[19]Veiravé habla de un mundo interior subjetivo donde se disuelven las tensiones románticas, una visión atenuada de la realidad donde circulan  los símbolos de la intemporalidad.

[20] No olvidemos que a partir del 30, grandes creadores  del interior renuevan  la esa poética .Sólo a modo de ejemplo cito: Juan Ortiz (1896-1978),  Jorge Ramponi (1907-1997),Carlos Carlino (1910-1981), Jaime Dávalos (1921-1981)

[21]“ Escritores ´ malditos’, peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación a Jauretche”

[22] Información de Pulfer:Castiñeira de Dios fue funcionario del gobierno peronista, Miguel Tejada que en el 55 tuvo captura recomendada, como Rodolfo Walsh escribió sobre los fusilados de José León Suárez

[23] El capítulo “El canto nativo y las Malvinas”, 109-155, está precedido por una defensa que hoy suena absurda: “porque el canto popular también es historia”

[24] “Ha llegado el momento de la liberación total de la República Argentina. Ha llegado la hora de la restitución de las Malvinas al Gran Patrimonio Nacional, y si nuestros derechos no quisieran ser reconocidos, el avance de los invasores será interrumpido con el coraje y la fuerza que nos llegaron…” (204).Y ahí suma gauchos, marineros y granaderos.

[25] No alude a Arturo Illia cuando habla del  importantísimo Informe Ruda (1964), pero tampoco a Juan Domingo Perón al  evocar la resolución de 1948[25] que se proponía llevar “La llama de la Argentinidad” a las Islas. Sin embargo considera  que hoy sus fundamentos “…tienen fácil aplicación en el proceso de reorganización nacional que se lleva  a cabo en la actualidad”,200. Igual criterio usa cuando relata la entrega de un cofre que contenía tierra de Malvinas al Palacio Legislativo en 1974, es decir durante la tercera presidencia de Perón.

[26] Si bien en esa época (1966) Cabo estaba ligado al gremialismo, lo cierto es que posteriormente   evolucionó hacia la guerrilla peronista. Fue  detenido durante la dictadura y fusilado en 1977 durante un traslado.

Bibliografía

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Configuraciones poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982
100 años de historia
Graciela Mantiñan
05/12/2017

 

 

 Este artículo se propone estudiar cómo la poesía le cantó  a las Islas desde 1879   hasta la guerra del 82. Sin formular  juicios críticos, sólo analizando los motivos centrales de los poemas como formas de pensar Malvinas durante más de un siglo, algo no frecuente en otros géneros literarios. Para hacerlo constituimos  un corpus único con los textos de dos antologías – que sepamos las únicas que reúnen este tipo de material- a las que  tampoco juzgaremos como tales. Los contenidos de este artículo sintetizan una investigación más amplia y fueron elegidos para facilitar un primer abordaje de la temática.

 

 

 

 

 

  1. El propósito

Leyendo poemas creados en 1962 y 1982,  el investigador inglés Ben Bollig[1]  señala la perduración de un estilo neocolonial  y cierta sensación de anacronismo “…como si los poetas buscaran modelos establecidos” (2016,261).

Revisar un siglo de poemas quizá permita vislumbrar si existieron modelos y cómo se construyeron, en definitiva examinar el sendero que cambió abruptamente el 2 de abril de 1982. Porque la guerra modificó todos los itinerarios de la literatura, comenzando por la poesía que recibió  entre otros, el aporte de excombatientes, por ejemplo Gustavo Caso Rosendi, Martín Raninqueo y Hugo Sánchez.

En definitiva vislumbrar las señales de identidad que la poesía le dio a Malvinas, una herencia discursiva que en un futuro permitirá discernir los cambios, cuestionamientos o diálogos que concretaron los nuevos creadores.

Este artículo examina un corpus ampliado que incluye todos los poemas citados  en  la  antología Cómo los poetas le cantaron a Malvinas de Da Fonseca Figueira, 1978 y dedicará una breve reflexión sobre los que  incorpora Nuestros poetas y las Malvinas, selección de textos por Águeda Müller ,1983[2].

Si bien el mismo examen realizado nos aconsejaba  concluir  esta investigación   con  una lectura de  “La marcha de Malvinas” de Obligado y Tieri (1941) y “La hermanita perdida” de Yupanqui y Ramírez (1971), pensamos que la mayor razón residía en que quizá estas canciones eran todo lo que conocían de las Islas los conscriptos que libraron la guerra del 82.

Enfatizando que todavía no existe un corpus completo de las poesías inspiradas en Malvinas,  consideramos que nuestras conclusiones son provisorias y que su único propósito es iniciar la reflexión sobre el tema.

 

  1. Nuestro punto de partida:

La retórica poética que inspiran Islas muy lejanas e invisibles.

Un poema, cualquiera sea, es una forma de conocimiento más allá de la información que el creador posea sobre su objeto poético. La poesía de Malvinas no queda fuera de  esa convicción,  pero lo cierto  es que desde 1833 las Islas fueron conocidas a través de  quienes escribieron sobre ellas, entre los que se encuentran los muy pocos que las visitaron.

Recién en  la década del 60, podemos pensar que hubo imágenes de Malvinas en los medios. A las que pudieron haber  generado el Informe Ruda (1964) y los acuerdos forjados por el gobierno de Arturo Illía[3], siguieron las imágenes televisivas del reportaje de Raymundo Gleyzer (1966) y las que testimoniaron  sucesos  como los vuelos de Miguel Fitz Gerald (1964,1968) y  el Operativo Cóndor (1966).

Esta observación es nuestro primer señalamiento de la distancia como un factor clave en la configuración de las Islas. Porque si bien todos los poemas estudiados enfatizan el reclamo de soberanía, los creadores debieron darles a las Islas una forma de existencia.

Estudiar las variantes e invariantes de esas formas de existencia y vincularlas con ciertos capítulos de nuestra historia político-cultural  es el objetivo de este artículo.

2.1. La articulación de una retórica

Según nuestra hipótesis, la poesía hace de la distancia  un hecho definitorio, casi tanto como la condición insular de Malvinas. Esa distancia, casi siempre física pero a veces también temporal, construye una imagen, usualmente femenina, con determinados elementos ligados al paisaje isleño, cercanos a lo  arquetípico, que con variantes e invariantes se prolonga hasta 1982.

Los cambios que observamos en esta representación no sólo están ligados a la lógica actualización del estilo poético. Factores más complejos como la historia, la política y los fenómenos culturales y sociales quizá contribuyan a intentar explicarlos.

2.1.1. Cautiva en un paisaje

Ya en 1879, Martín Coronado (1850-1919) introduce en 1873 ciertos  tópicos del romanticismo desde el mismo nombre de su poesía “La cautiva”, donde la victimización de las Islas se configura a partir del peso del paisaje: “Allá, tras la neblina /En que parece  que a tocar sus brumas/El cielo  al mar se inclina/Hay una tierra que nació argentina/Y que en la borrasca se ciñó de espumas”, 33.[4]

“La cautiva argentina”, 34, coexiste con la “lira sonora” del poeta  que creará la “canción guerrera” liberadora, 36.

Notable: “Allá, tras la neblina / En que  parece que a tocar sus brumas”,33. ¿Cómo no pensar en el comienzo de la  Marcha de Malvinas?

En 1953, José Pedroni (1899-1967) vuelve al motivo de la cautiva en “Las Malvinas” (68-69), donde la distancia ya no es una abstracción como lo revela el verso inicial: “La patria la contempla desde la costa madre”.

Quizá leyendo la imagen convencional de cualquier mapa de la Argentina,  el poeta la construye como un ave, “tiene las alas llenas de lunares”, Malvinas es “nuestra bella del mar” que  “quiere y no puede volar”. Prisionera, esperando que un día “volverá su hombre/ con la bandera y el cantar”.

En ese cautiverio, los contactos con Malvinas también se depositan en elementos del paisaje, son el pingüino, la gaviota, “el ave que emigra”,159. ¿La promesa de redención?: “Hasta que el barco patrio no ancle entre sus alas, /ella se llama Soledad” ,159.

Una metáfora diferente, Malvinas es  leída como un ave, no modifica el hecho de que su cautiverio sigue construyéndose a partir del paisaje, ahora sí libre de la carga ornamental  de su antecesor.

El motivo del cautiverio se prolonga diversificado, casi asociado a la metáfora dela patria mutilada, en el  único tango –canción creado en 1957 por  Gabino Coria Peñaloza (1881-1975) y Luis Tesseire (1883-1960) que las configuran como “trozos cautivos de la Nación”,108. Sigue privando lo femenino: son víctimas de violación, usurpadas, objetos  de redención.

Sin embargo  hay una referencia que  rompe la previsibilidad del discurso, cuando recuerda que “de azul y blanco se han de vestir, /porque los pueblos americanos/sin coloniajes han de vivir”. Las  referencias  a América y la dependencia colonial  que  no eran nuevas, se multiplicarán sobre todo en el folklore a partir de los años 60.

2.1.2. El paisaje del cautiverio.

Enfatizando la condición de herencia hispana, José Berrutti (1871-1951) las configurará custodiadas por témpanos de hielo, con “olas frías, cortantes, encrespadas” que  reclaman la libertad de las Islas, 37,38. En 1933, esta obra  prolonga lo que pareciera una contradicción de origen, el neoclasicismo como estilo y la fijación romántica en el paisaje.

Tampoco faltará la bruma como un dato del paisaje y de la situación misma de las Islas, que cifrará  desde el mismo título Brumas Malvineras, una zamba de  Juan de los Santos Amores (1915-1995) ,141.

Aquí  el sol, otro elemento paisajístico, se transforma en promesa de redención, “El sol no llega a tus praderas, Señor/ pero algún día llegará”.

Distancia y paisaje continúan siendo centrales, aunque  la retórica poética se modernice.

En “Canto de amor a las Malvinas” de Alberto Blasi Brambillla (1933), fechada en 1962, el protagonismo del reclamo  es reemplazado por la constitución de las islas  como objeto de un discurso amoroso. Para el poeta es “un amor distante que nació conmigo”,103.

Las Islas son un  objeto siempre lejano: “Fundada en tiempos de misterioso frío, /nacida en años de encendidas sales”,102. Es: “la tierra plural del agua y de la espuma”, “tierra de amor en paño y bandera”.

2.2. Lo histórico.

Si bien la historia es un sujeto permanente en estos poemas, definitorio para  cualquier configuración de las Islas, en muchos casos el sujeto es la misma historia de las Islas [5]y en  otras convoca a la gran historia argentina. Islas escenario protagónico  e Islas objeto depositario.

¿Cambia la representación escénica tradicional de  Malvinas? No, pero la carga simbólica del paisaje  ya no es protagonista absoluta.

Quizá lo intente Arturo Capdevila (1889-1967) en “Las Islas Malvinas 1833”,71-72 (La dulce patria, 1949) que evoca la historia argentina de las Islas. Emblematiza  como hidalgo a Luis Vernet y elogia los “saraos” de su esposa María en las Islas, allí recupera: “tanta hospitalidad y fino trato”, “la morada “señorial y amable”. Concluye  con un final esperanzado: “plática y acuerdo / honor del Cóndor y del León Británico”[6].

El Cancionero de las Islas Malvinas. Nuestra Señora de la Soledad   que Luis Ortiz Behety (1906-1973) publica  en 1946, cubre ampliamente y de diferentes maneras el recuerdo de  la historia de las Islas. Pero también lo religioso, la invocación a la patrona de las Islas,  nutre el afán reivindicatorio: “Reliquia de los mares tutelares/ vuelve a alumbrarnos como en otra edad/ Cuando tu sacra luz iluminaba/A las Malvinas de la Soledad” (“Nuestra Señora  de la Soledad”), 46-47.

Inclusive Behety alumbra otro imperialismo quizá más poderoso  que el inglés, al poetizar  el ataque de la Fragata Lexington: “¡No los piratas americanos / Por esos mares no pasarán!”56. Sin embargo, Malvinas sigue siendo “la isla austral”, 47, donde soplan huracanes y “la nieve y la borrasca acechan”,51.

2.2.1. Otra forma de leer la historia.

En 1949  en el libro ya citado, Arturo Capdevila incluye una  carta supuestamente escrita en las Malvinas ya recuperadas. Allí  plantea un orden perfecto, impulso económico- señala la cercanía argentina como una ventaja a la distancia del Imperio –  aceptación de los kelpers, 75. ¿Acaso Capdevila está practicando una incipiente configuración utópica? Para pensar.

En 1948, Enrique González Trillo (1904-1994)- que según Fonseca era como Behety un escritor “antártico y patagónico”- publicó “Estas Islas son nuestras”,79-86.

Aquí la humillación producida por la pérdida de las Islas ya aparece cifrada en el mismo primer verso del  poema “Humilladas, perdidas en la bruma “y  se fundamenta en los reiterados fracasos para recuperarlas.

Trillo articula una línea histórica, desde los próceres de mayo hasta los conquistadores del desierto, para depositar el cuestionamiento: “viendo que pensamos únicamente en el trigo y en las vacas/ atentos sólo al tumulto de la urbe multitudinaria, / lejos de la realidad tajante de la patria/ que se agota y se desangra”. “Cedimos. Cedimos siempre. Perdimos/ la hombría del coraje que nos hacía distintos”.

Las  Islas “irredentas”, “cautivas”- una configuración perdurable- siguen siendo casi  una imagen pictórica: “El gran mar argentino las cuida y las arrulla/y las olas y el viento son la música… ”, en ese gran mar  se deposita  “el imperioso designio en su violencia/ y decisión irrevocable en su firmeza”.

2.2.2. La historia que no fue

Cuestionado por el mismo da Fonseca, Antonio Puga Sabaté  crea en “Canto a las Islas  Malvinas”,1964[7],  la presencia de un mito patagónico (Elal) en las Islas y fantasea que ellas  podrían haber estado unidas al continente, “eras piedra de piedras fraternales y unidas” ,192.

Lo citamos porque es el único mito fundacional que registramos en la retórica poética de las Malvinas, sin que eso haya cambiado los tópicos tradicionales (“Una estrella en el mar/soñada por las horas y los siglos/como una flor del tiempo y la distancia”,194).

2.2.3 Cuestionamiento al imperialismo inglés.

Un leitmotiv que en realidad  comienza ya en 1833: un anónimo porteño preanunciando la ironía de Alberdi en “Quijotanía” (Peregrinación de Luz de día, 1871), se pregunta: “¿Es ese el Parlamento Soberano/Cuya justicia el universo admira?”,22.

El Parlamento inglés volverá como promesa, allí se defenderían los derechos argentinos sobre las Islas, en la carta de John Bull – un inglés residente en el país- que cuestiona la “acritud” con que los vecinos de Buenos Aires hablan de los ingleses ,25.

Pero  rápidamente  los ingleses aparecen configurados como piratas  (Martín Coronado, 34), una línea que se prolongará hasta el siglo XX. Esta generalización coexiste con reflexiones más sutiles.

En  la “Canción de Manuel Moreno”[8],  Behety  lee  el maniqueísmo de la política imperial: “Le dijeron al mundo: Sólo es lodo / La paz jurada y la palabra dada”,62.  Tampoco  desdeña la amenaza: “Una cosa es saqueo y otra es guerra/ Llegarán para ti tiempos muy graves”, 63.

Aquí también la denuncia del imperialismo está ligada muchas veces a la promesa de acción directa para recuperar las Islas. Veinte años después Miguel  Tejada dirá: “En esto de esperar somos pacientes/ pues tenemos el tiempo por delante/y hacia atrás los imperios decadentes” (Canto a las Malvinas, 1952{1966}, 66.

2.2.4. Convocando o creando  próceres

Lo hace Héctor Blomberg (1890-1955): las “sombras de Brown, de Espora y de Rosales/Sombras de las fragatas argentinas Y de los capitanes inmortales” son convocadas para crear La Guardia en las Malvinas, poema fechado en 1919 que da título al poema. Aquí Malvinas son “las islas del confín distante”.

Pero también el antólogo dedica un capítulo a poemas que reivindican al Gaucho Rivero, un controvertido personaje que en los 60 fue motivo de polémicas[9] . Da Fonseca comienza citando una poesía propia: “Y cuando la historia pronuncia tu nombre/ no queda otro ejemplo, más que tu valor”. El insiste en formular los gestos extremos como  respuesta a la exigencia patriótica: “Ocho héroes que se juegan /Por su tierra soberana”,133.

El poema del tucumano Mario Ponce (1919-2006), luego musicalizado por Carlos Di Fulvio, llama Rivero  “potro arisco de la pampa”, “Furor de raza lo manda/ sin ejército es capitán”,135.[10]

Se produce casi la traslación de una imagen tradicional del gaucho, ahora transformado en redentor: “Su embeleco: las Malvinas/ y su oficio es redentor”,136. De hecho  un segundo poema  habla de un “archipiélago irredento”, 138.

El escenario es  asumidamente distante: “lejos, más allá del allá: / con mucho olor a distancia”, 137, como ya lo había hecho Pedroni, las configura desde la imagen del mapa,  “Son como las alas grises/ de un pájaro marino”,137.

En su apología del gaucho Rivero, Héctor Marcó (1906-1987), un poeta del tango y colaborador habitual de Carlos Di Sarli, suma leitmotivs: “mártir de la patria”, “héroe malvinero”, “sangre indomable de gaucho patriota”. Sin embargo las Islas son todavía menos que sus leitmotivs: “Tu cielo de estrella, / y el canto marino que alegra las costas”,144.

La antología de da Fonseca también incluye a otros personajes del siglo XX, que según el autor, concretaron gestos reivindicatorios.

Las poesías citadas se concentran en la naturaleza de esos gestos: el vuelo de Miguel FitzGerald, 1964-68 y el Operativo Cóndor que comandó Dardo Cabo en 1966.

Inspirado en lo que habría dicho  Dardo Cabo en el presidio después de su intento (“Es puta la soledad”), el poeta Jorge Melazza Muttoni (1921-1995) (“Habla un invasor de Malvinas”) concreta desde la política, una notable negación de los atributos tradicionales.

“¿Libertadores? ¿Héroes?, No/ Yo sé que dará risa/Pero tampoco fuimos ladrones de parejas/ ni vendedores de pálidas morfinas/ni asaltantes de bancos”. Tampoco fueron ese viejo directorio clandestino “…que vende, hasta los huesos grises de la patria”, 177-78.

2.2.5. La cuestión del nombre  de las Islas: Malvinas/Falklands.

La poesía también depositó en el nombre de las Islas el énfasis del rescate.

Lo hizo tempranamente Martín Coronado: “La cautiva argentina/Cuando le grita el huracán: ¡Malvinas! Y dicen: ¡Falkland! las sombrías olas”,34. En el siglo XX lo prolongaron  Arturo Capdevila, 73 y  José Pedroni:   “Le dieron otro nombre  para que olvidara/ que ella no sabe pronunciar”, 68.

Con distinto tono, lo marcaron  Puga Sabaté (“Canto a las Islas  Malvinas”): elige “tu derecho divino a hablar el mismo idioma”  para enfatizar “este anhelo argentino de llamarte Malvinas”,195. Y una zamba de los 60: “Una es la gran Malvinas/Otra es la Soledad/Quien quiera cambiar sus nombres/ está faltando a la verdad” (“La Zamba de las Malvinas”, Pueblito y Casal, 112).

  1. El canto folklórico o nativista: la centralidad de la pampa y el gaucho

Un comentario del antólogo nos hacer saber que en 1968, la revista “Primera Plana” vinculaba la difusión, sobre todo en las radios oficiales,  de tres zambas  inspiradas en las Malvinas a las negociaciones que realizaba el gobierno .

Más que detenernos  en la supuesta funcionalidad “oficialista” de las zambas[11], preferimos seguir examinando la configuración de las Islas que siempre son un objeto distante.

Tan lejano que en la primera, “Zamba de las Malvinas” de Juan Pueblito y Roberto Casal,  se las reconoce como integrantes del mismo cofre de estrellas (“Pampa, esmeralda verde/lagos, zafiro azul/las islas, collar de perlas/un mismo cofre: La Cruz del Sur”112). Recordemos que el Quijote alberdiano las llama “Las Malvinas celestiales”.

La segunda, “Malvinera Cautiva” de capitán F.Eduardo Mittelbach y Raúl Puigbó, con una casi banal retórica gauchesca – “Tu pena mi alma lastima /como rodajas de espuelas” – esta “Malvinera, Malvinera/sambita de los varones” promete liberación. “Apronta niña adorable, ponete prendas de domingo” 114.

En la tercera, “Las Islas Malvinas” de José Adolfo Gaillardou (a) Indio Apachaca y Mario Valdez (1964) lo innovador -“Esta zamba golondrina/hoy crece vertical en tu costura/y mi sangre en tu nombre de Malvinas/se abraza con la patria a tu cintura”-coexiste con lo  convencional, “Con un grito masculino templado en las chuzas montoneras/en mi orgullo de argentino/quedaron de trofeo tus banderas” 118-119.

Hay también una presencia de lo americano (“son tus cielos y tus mares/que gritan: Cruz del Sur Americanos”,119.Y una funcionalidad asignada a la zamba “y tu suelo en esta zamba/asume su total soberanía”, 118,119.

El capítulo nativista se cierra con  Hernán Ríos (1943), autor de la zamba “Con sabor a Malvinas”, 1970, que planteando “llegó el momento de jugarnos entero en la patriada”, impulsa a “cantores y poetas de mi pueblo” a cantarle a las Islas, “y si el canto no basta. ¡Qué carancho! Le atamos una lanza a la guitarra”, 124.

Se podría pensar que  las Malvinas siguen siendo un objeto distante y  que la reivindicación de soberanía  convoca a los  motivos más típicos de la gauchesca, más allá que algunos de los creadores pertenezcan al género folklórico.

Para observar: el protagonismo que  como la zamba de Gaillardou, le da al canto- que no cambia su condición de  mensaje enviado a un escenario lejano-, pero  con   atributos  diferentes.

¿Resultaría  aventurado leer cierta sintonía con los acentos que ya tenía el arte popular en la década del 60, bajo el impulso de los movimientos de liberación que recorrían lo que se llamó “el tercer mundo”?. Sin olvidar que el folklore retornó al escenario cultural  de esa época con algunos creadores  muy importantes, que eran poetas del interior o artistas que recuperaban sus obras[12].

  1. Los creadores que incluye Nuestros poetas y las Malvinas.

Más allá de que por la fecha de creación y/o publicación, algunas obras excedan el plazo temporal de la  antología de da Fonseca, publicada en 1978, nos interesa señalar  ciertos diferenciales.

Por ejemplo revelando que la subjetividad de los poetas  es el lugar “desde dónde” cantar las Islas.

Más cerca, desde el sur patagónico:

Originario de Ushuaia, “sólo, desde las costas de mis tierras natales”, 58, José María Castiñeira de Dios (1920-2015) anatematiza a Inglaterra, que después de todo es una isla, en “A la isla ladrona” fechada en Buenos Aires  en 1954.

Diferente a sus antecesores pero no por eso menos enfático, cuestiona su  imperialismo de “colmillos chacales”, “con las tierras robadas que nutre tu talega” (58).La promesa de retorno a las Islas se cierra con un metáfora singular: “¿Qué estas islas nos duelen como si nos castraran?”. ¿Una lectura que innova por extensión,  la idea hernandiana de las Islas como parte del cuerpo de la nación?

Luis Ricardo Furlan (1928) en “Oda patagónica a las Islas Malvinas”, 1975, también alude a esa posición desde donde se configura a las Islas, “Nosotros, / de la orilla de la tierra del fuego”,99.

El sujeto se hace colectivo y elige determinado lugar: “Nosotros, /desde el sitio cabal del heroísmo”.

La ilusión del retorno, “nos bastará sentirlas con nosotros aliadas”,100  y la tensión de la espera  como un activadora de poesía coexisten con la imagen de las Islas como “la llanura de hielo del límite inventado”. Con espíritu lugoniano,  este poema  alienta la refundación de las Islas desde la palabra.

Las Malvinas en las Malvinas:

Fechados en “Islas Malvinas, 1975” los tres poemas de Alfredo De Cicco (1922-2016) ofrece otras imágenes de las Islas, cuya singularidad para este trabajo es que la distancia ya no existe.

“Anochecer en Gran Malvina”  construye el paisaje por enumeración: “penumbras de una sombra largamente sola/ Residuos callados/ de estrellas/ Desgarradores contextos vacíos/ claroscuros altivos/azules desolados”. El poeta registra en ese paisaje, tan solitario, hay “cuentos de siglos/ sin pronunciar”,78.

“Soneto para Soledad Cautiva”, 80, retoma el tópico de la cautiva desplegando subjetividad argentina, “Una asfixia de patria se amontona / aquí, donde la tierra se termina”.

Desde la amargura formula preguntas: “¿Qué pasó con tus ojos de frontera?” y  una  promesa de retorno  “volveré por tu pena y tu neblina”. Pero también establece un vínculo con América: “Gran Soledad, no queda una campana /ni un badajo de piel americana/que no repiquen por tu nombre ausente”.

Sin cambiar el rol protagónico de la subjetividad,  “Atardecer en Soledad” (81) concluye con dos versos que nos hacen pensar: “No sé si estoy  falto de la historia/menuda que comienza”. Podría leerse como el conflicto que se   abre entre  la condición in situ del poeta  y la carga simbólica que portan las Islas.

Un imaginario romántico femenino:

Las únicas dos poetisas citadas en esta antología previas a 1982[13] son Ofelia Zuccoli Fidanza (1913-2006) y Julia Prilutzky Farny (1912-2002).

Fechada en 1962, “Malvinas” de Fidanza presupone un in situ: “Me llevo de  tus islas el sabor de tu sal…, “He visto cómo el viento…”215, “Oí el clamor del agua” (216).

Malvinas se formula desde un imaginario romántico apenas cruzado por un dato de la realidad, “Oh, Malvinas de asombros y cenizas/ de petróleo y fantasmas”,214.

Es “la gaviota azul, perdida en la niebla”, 214, una  “fugitiva del mar” que  reactualiza la vieja imagen de la cautiva “con cadenas y esperando”, “aullando llanto”, “hechizada de olvido” ,215.

La promesa de redención “ya vendrá quien te salve”, se acompaña con un reingreso de la identidad nacional, “volverás a ser lo que eres, y en todo tiempo argentina”, 215.

En 1978, “Nuestras Malvinas” de Julia Prilutzky Farny tampoco innova esa configuración romántica que se nutre de viejos mitos neoclásicos. Las Islas son “amazonas nostálgicas”, 167, amazonas celestes, amazonas doradas.

Pero aquí queda claro el rol que cumple la distancia frente al no-saber propio, “Me cuentan que son grises”, 168, la aceptación de que todavía no son una presencia, “Pero son la esperanza”.

La mirada se constituye desde lo subjetivo: “Con este corazón, Señor la veo”. La mirada no cambia los arquetipos “Patagónicos llanos / horizontes de musgos y de arena…peñascos enfrentados al mar”.

La esperanza de reivindicación se deposita en el arquetípico sol, “aquel de la bandera y del escudo/ disolverá la bruma/destruirá la neblina”. Para que las Islas surjan de las aguas para siempre, “deslumbrante avanzada de la patria”,168.

Una manera diferente de formular la lejanía.

Gustavo García Saraví (1920) quizá ofrece ya en 1979, un registro más moderno, ¿nerudiano?  de las Islas indisolublemente asociado a la  distancia, “Pingüineras de miel, /muchachas en enagua, /último viaje /por el mundo del agua/ últimos mapas/últimas geografías, /últimos sitios donde/resuena esta palabra: mías “,111.

Cierto tono didáctico lo anima  “debéis saber-saberlo nuevamente-/que este lado de aquí/no es el lado de enfrente”,112. Pero también la súplica de que regresen y la revelación: “Volved. ¿Qué digo? Si nunca os fuiste de la casa”,113.

Una visión de las Islas construida con metáforas distantes de la antigua retórica y que innova en el tema  de las Islas adoloridas por su cautiverio, aunque ellas sigan siendo “las del país del viento”,112.

Estos poetas pertenecen a los 40 y 50, épocas signadas por el  despliegue de la subjetividad y naturalmente por lo que la historia y la cultura argentina habían construido en torno a Malvinas.

Sin embargo creemos que en algunos casos, hay una “horizontalidad” en la configuración de las Islas, que reduce la distancia que implicaba el uso de la retórica típica. Quizá  para esos casos haya un dato epocal significativo para comprender el yo poético. (Ver p.12-16 de este artículo).

  1. Una conclusión, un tributo.

Hoy son usualmente descalificadas en las narrativas inspiradas en la guerra de Malvinas. No pudieron superar el bastardeo que les deparó la estrategia mediática del proceso militar durante la guerra.

Sin embargo “La marcha de Malvinas” (1941) de Obligado y Tieri y “La hermanita perdida” (1971) de Yupanqui y Ramírez fueron durante mucho tiempo todo lo  que muchos argentinos  sabían de las Islas. Quizá entre ellos estaban los conscriptos que libraron la guerra del 82 y que tal vez fueron las únicas canciones  que escucharon en las Islas.

La investigación realizada me permite leerlas además como datos epocales significativos.

Es conocida la historia de la Marcha: durante la presidencia de Roberto Ortiz, la Junta de Recuperación de las Malvinas, presidida por Alfredo Palacios, llamó a un concurso que ganó la obra presentada por Carlos Obligado[14] y José Tieri.

En la marcha, lo paisajístico se humaniza, típica tensión romántica, para enarbolar y representar la reivindicación (“clama el viento y ruge el mar”) de un territorio que sigue siendo muy distante, “Ni de aquellos horizontes”. Pero lo paisajístico también se hará cifra de “nuestra enseña”, un símbolo patrio depositado en los blancos montes y el mar azul.

Sigue siendo  echeverriana la concepción del país  como una extensión y por ende, de Malvinas como un suelo, ausente, vencido, bajo extraño pabellón. Olvido, renuncia, perdón son también tensiones   del romanticismo literario en el  período que van desde por ejemplo, desde  Mármol a  Guido Spano.

La recuperación  se dramatiza desde lo paisajístico: el ideal –las Malvinas argentinas- romperán el manto de neblinas como un sol, que es además el de nuestro emblema.

La inmortalidad del dominio se deposita en una imagen casi escultórica de la patria, que en  su diadema verá brillar “la perdida perla austral”.

Es cierto: estamos leyendo un poema creado para exaltar la defensa de la soberanía, estamos leyendo la letra de una marcha. Pero también a la luz de lo expuesto en este trabajo, podemos reconocer la permanencia de una configuración de  las Islas, construida a partir de la tensión romántica y la retórica neoclásica. Allí la distancia se hace relevante porque determina ciertas representaciones  donde lo paisajístico arquetípico adquiere un rol esencial.

Treinta años separan esta marcha de la obra de Atahualpa Yupanqui: también es sabido que él creó “La hermanita perdida” en Paris, Francia.

Desde el hecho obvio que es una zamba y no una marcha, más allá de  las hondas diferencias  políticas y culturales que  separan a Obligado de Yupanqui, creo que  lo epocal es  significativo . Bastaría pensar cómo era el mundo y la Argentina en 1970 para aceptarlo.

Lo paisajístico sigue siendo definitorio, pero ahora a través de un  notable poeta  para pintarlo.

La distancia se asume a través del saludo que llevan “grandes olas azules”, “encajes de espuma blanca”.

La reivindicación se construye a partir de lo filial: hermanita perdida, vuelve a casa. Y la vuelta, ese viejo motivo romántico, ya estaba por ejemplo instalado en el tango. Quizá lo filial nutra la metáfora del mismo país,  como una familia que tiene una hermanita menor.

¿Cómo lee  el pasado  este poema?: desde un archivo histórico,  “amarillentos papeles te pintan con otra laya”, desde ese pasado define echeverrianamente a las Malvinas como una  tierra cautiva y a los ingleses los remite a un “rubio tiempo pirata”.

Pero la reivindicación tiene un tiempo  actual, en  el presente, “veinte millones”,  los argentinos son los que configuran rol adulto, ellos llaman “hermana” a Malvinas.

Dos diferenciales para atender:   la tensión de lo territorial incompleto (la Patagonia “suspira”, la Pampa “llama”) y lo afectivo/humano fisurando lo paisajístico convencional, la esperanza-sagrada- enternece la piedra.

El sueño de  recuperación se sintetiza en  la imagen de la bandera instalada  en las Islas. ¿Para qué?: “llenarte de criollos”, “curtirte la cara” y una argentinización cifrada en: “lograr el gesto tradicional de la patria”.

 Es cierto: sigue privando la distancia para definir una configuración de las Malvinas, pero  también asoma la idea de la  presencia argentina cambiando su paisaje, una forma de humanización  que  modifica la retórica usual.

Podríamos explicar este poema desde la trayectoria  de Yupanqui, las tensiones que cruzaban  los 70 en la Argentina y en el mundo, pero no sin reconocer  que algunos de los motivos de esta zamba  cifran motivos que recorren todo el relato de Malvinas hasta la actualidad.

Sin cambiar lo dominante, la distancia y  el paisaje, su  configuración de las Islas modifica  la reivindicación, poética y políticamente

 

  1. Un aporte para concluir este artículo.

El objetivo de este trabajo fue registrar configuraciones  poéticas de las Islas Malvinas previas a 1982. El corpus, construido a partir de las dos únicas antologías que conocemos,  cubre más de  un siglo de poesía argentina.

Sería imposible  para mí estudiar esas configuraciones en relación con los poetas que las crearon y los movimientos o tendencias  a las que pertenecían. De ahí que lo que sigue es una reflexión  sobre  algunos  aspectos  que  me parecen relevantes.

¿Por qué  hablamos  de retórica neoclásica?: porque nuestra poesía de exaltación patriótica[15] continúa el uso de esa retórica que en el siglo XVIII buscó retornar al ejemplo clásico, imitando muy superficialmente  sus  formas externas. Canal Feijóo (1979) habla de seudoclacisismo, registrando en esas obras  la contradicción  entre el ideal formal del discurso  y los contenidos innovadores  que expresaba.   A  esa retórica  volverá recurrentemente la literatura, con versiones  innovadoras desde el  lenguaje   pero  conservadoras de su espíritu clásico.

Como siempre, junto a esas obras coexistía una poesía popular y en muchos casos anónima, que  también exaltaría las victorias y derrotas de las guerras de la independencia y las guerras civiles.

El romanticismo, iniciado en nuestro país con La Cautiva de Esteban Echeverría (1827), impulsa un nacionalismo literario que asocia esa exaltación patriótica con la fundación misma de la nación. Nuestro corpus, que se inicia con Martín Coronado, un romántico tardío, permite apreciar la vigencia de la figura de la cautiva, que es cautiva en un desierto, otro motivo protagónico en la obra de Echeverría.

Considerando la centralidad del paisaje, la naturaleza de Malvinas, en las poesías estudiadas deberíamos recordar la definición de Jitrik (1967): “para el romanticismo, la naturaleza es desdoblamiento de la subjetividad, de modo que lo que ocurre en una implica lo que ocurre en la otra y viceversa, en una relación profunda por la cual el ser se liga con lo cósmico y por allí se explica” (206).

De ahí mi insistencia en  la visión romántica de un  paisaje  isleño arquetípico, que es un motivo central en la configuración de las Islas realizada por las poesías del corpus.

Esta explicación también  será clave para abordar a los neorrománticos de 1930 y 1940.

Jorge Monteleone (2012) leyendo a dos románticos tardíos que no poetizaron las Islas, nos brinda sin embargo  claves de interpretación  para quienes sí lo hicieron.

Dice que en Carlos Guido Spano (1827-1918) la belleza adquiere la fijeza sublime de lo escultórico (22). La fijeza de lo escultórico, y también de lo pictórico, cifran las configuraciones de por ejemplo la “Marcha de las Malvinas” (Obligado y Tieri, 1941).

El crítico también señala que en 1881 “Nido de Cóndores” de Olegario Andrade (1841-1882), el poeta reemplaza el vacío del sujeto individualista por el Héroe, como identidad de lo nacional en una figura colectiva (22).

Monteleone advierte el peso posterior de Andrade en las configuraciones poéticas del nacionalismo argentino que -, agregamos -reinstalará  la causa Malvinas en el escenario público a fines de 1930 y a comienzos de 1960.

Quizá  antes ya  lo anunciaba  Héctor Blomberg convocando a las sombras tutelares de Brown, Espora y Rosales (88), pero  es claro en Mario  Ponce  cantando al Gaucho Rivero (“Furor de raza lo manda/sin ejército es capitán”,135.En 1975 Luis Ricardo Furlan dirá “Nosotros / desde el sitio aval del heroísmo” a.m.99[16]

En cuanto al  apóstrofe y la admonición, tan presentes en las poesías estudiadas, recordemos que pertenecen a la oratoria típica del romanticismo sentimental. Pero quizá también puedan explicarse por su  uso tardío en la poesía de Pedro  Bonifacio Palacios (Almafuerte) (1854-1917)[17].

Si el romanticismo literario se propuso crear una nación a través de la palabra, el triunfo de la Generación del 80 que aniquila toda resistencia política, le otorga a la palabra la función de definir el pasado, el presente y el futuro de la nación.

Los fastos del Centenario  llegaron cuando  Rubén Darío (1867-1916) ya había instalado el innovador modernismo  en nuestro campo cultural. Un hijo de ese movimiento, un sucesor de Darío, que tampoco le cantó a las Islas, será sin embargo esencial para estudiar el corpus malvinero.

Porque Leopoldo Lugones (1874-1938) desde sus Odas seculares (1910) construirá una visión celebratoria del país, su historia y su cultura, que tendrá larga pregnancia en nuestra historia poética.

Monteleone brinda una magnífica definición de ese yo lugoniano, que encarnaría- desde principios del siglo XX hasta la década del 30- el de Rubén Darío.

El enamorado de la veste y de la gema, el que se multiplica en las interminables analogías metafóricas de la luna, el que se confunde con el paisaje como un teatro de su propio despliegue, el médium de la raza, el que canta a la patria , se sostiene en los antepasados, se mimetiza con el cantor popular(22).

Lugones será una figura arquetípica para los poetas que a partir de la década del 30 tratan de superar el martinfierrismo, un movimiento  que apuntó contra la metáfora lugoniana. Pero siguió usándola como reconoce el mismo Borges, fundador del Grupo Florida.

Si analizamos el uso de la metáfora en el corpus estudiado, veremos que es tan permanente como la retórica neoclásica y la visión romántica del paisaje. Desde la cautiva de Martín Coronado en el siglo XIX hasta el ave de  José Pedroni al promediar el siglo XX.

Los que comienzan a escribir la década del 30- caída de Irigoyen, inicio de la década infame- buscan inspiración en la raíz hispánica y en el paisaje natal  (Lidia F.Lewkowicz, 1974).

En esa época, se producirá  según Federico Lorenz una reinstalación de la causa Malvinas en el espacio público argentino, que por otras razones se reiterará en la década del 60 [18] .

En esa década comenzaron a escribir  Enrique González  Trillo  y Luis Ortiz Behety  que  desde Buenos Aires mirarán la  Patagonia y la Antártida. Es notorio- por lo menos en el caso de Ortiz Behety- un castellano prístino, no en vano él  llama “Cancionero” a su obra.

Sin embargo los poemas de ambos se publican cuando ya la generación del 40 está instalada en el escenario cultural, que a partir de 1945, se desenvolverá en medio de la transformación  que representa el peronismo en el poder.

Según Alfredo Veiravé (1967), los poetas del 40 fueron neorrománticos, melancólicos, historicistas, cultivaron un tono elegíaco, volvieron a las formas clásicas[19]. Todos los críticos reconocen la fuerte influencia de Neruda y García Lorca, pero también de Garcilaso de la Vega  y Rilke.

Alfredo Andrés cree que  los poetas cuarentistas  concebían la naturaleza como una especie de eternidad y  estaban dirigidos al rescate de un abstracto ser nacional, a través de una poesía inspirada en el paisaje y la historia del país (Salas, 1975,187).

¿Por qué no leer el peso del mundo interior subjetivo en la configuración de las Islas?: José  María Castiñeira de Dios cuestiona al imperialismo inglés: “mientras desde su cárcel las hermanas australes/ me castigan el alma con su mirada ciega” a.m.58.

En 1962, creemos que  en las Islas Malvinas, Ofelia Zuccoli Fidanza  se despide: “Me llevo de tus islas el sabor de tu sal, /apenas si puedo reconocer mis venas/el aire de tus ríos con su batir de alas”, a.m.215.

Las obras del elegíaco  Ortiz Behety y el revisionista  González Trillo señalan un primer intento, creemos que no hubo otros, de configurar a las Islas desde la historia. Quizá por eso, sin renunciar a la visión romántica – la obra del primero tiene un epígrafe de Coronado- señalan un cambio que quizá  aflore en los  convulsionados años 60, más en el folklore que en la poesía.

La caída del peronismo y los grandes cambios en el orden internacional  fueron el escenario de la generación del 50, que Luis Ricardo Furlan (1974), él mismo un poeta malvinero, caracterizará por su tono humanista y universal, su compromiso político y su identificación con América.

Recordará que otro crítico (José Isaacson) decía que para estos creadores la poesía canalizaba el testimonio y era, en realidad, el testimonio. Pero aceptemos que  para nuestro objeto de estudio, sus poesías- testimonios son muy diferentes.

Véase sino el abordaje subjetivo de Alberto Blasi Brambilla, a.m.31, el nerudiano enfoque de Gustavo García Saraví a.m.109y la lectura política del Operativo Cóndor de Jorge Melazza Muttoni (177-78).

Corresponderá a los especialistas en folklore analizar las obras citadas por Da Fonseca, ubicarlas en el ancho territorio que define desde el gesto celebratorio, típico de nuestra canción popular, hasta el enorme aporte brindado por los poetas de la línea telúrica[20]. Sin dejar de considerar que corrían los años 60 y que el campo cultural argentino  se modificaba con grandes cambios político culturales que conmovían al país y al mundo.

Tampoco debería obviarse, especialmente leyendo las obras dedicadas al Gaucho Rivero,  que el Martín Fierro (1872-1879) de Hernández –sintetizando  un largo capítulo previo de nuestras letras gauchas-  abrió infinitas y muy diferentes configuraciones que llegaron a la constitución de arquetipos.  Creo que algunos de ellos  pueden  advertirse  en  esas obras.

Estas breves reflexiones sólo se proponen colaborar en la lectura de los  poemas estudiados, registrando las variantes e invariantes  que durante un siglo ofrecieron las obras inspiradas en las Malvinas. En mi opinión, de muy distinta manera, la poesía malvinera siguió configurándose a partir de la centralidad del paisaje y la distancia.

Pero reitero que este examen es provisorio. Quizá especialistas en poesía estudiando un corpus completo  de poemas inspirados en Malvinas alumbren  otras ideas.

Me limitaré a cerrarlo con una observación personal.

Registré que a partir de 1940 y comparando con el período previo, las antologías sumaban

mayor cantidad de poetas que cantaban a las Malvinas. Más allá de las explicaciones que brindan las distintas poéticas generacionales, creo que lo ineludible es que casi todos ellos fueron activos partícipes de la cultura de los dos primeros gobiernos peronistas.

En el artículo de Darío Pulfer[21] leemos  que los siguientes creadores asistieron a convocatorias oficiales, participaron en congresos y colaboraron con revistas y suplementos culturales, por ejemplo el suplemento cultura de La Prensa bajo la égida de la CGT.

Luis Ricardo Furlan, Julia Prilutzky Farny, José Luis Muñoz Aspiri, Enrique G. Trillo, Luis O. Behety,  Castiñeira de Dios, Alberto Blasi Brambilla, Adolfo Gallardou, Jorge Melazza Muttoni y Miguel Tejada[22].

Seguramente la lista no está completa, pero da un fuerte indicio de cómo una política dirigida a defender la soberanía argentina sobre las Islas, también genera manifestaciones culturales, formas de pensar las Malvinas.

Posiblemente en un futuro cuando se analicen las producciones culturales sobre Malvinas realizadas entre 2003 y 2015, algún estudioso llegue a la misma conclusión.

 

  1. Apéndice

Acerca de  las antologías

7.1. Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas, Antonio Da Fonseca Figueira (1978)

Publicada en 1978, plena dictadura militar, con el declarado propósito del antólogo de enlazar episodios de la historia (argentina) de Malvinas con poesías e incluyendo un capítulo dedicado al canto nativista[23], esta antología  le brinda al lector actual obras conocidas y algunas que no lo son.

Por ejemplo la carta que un ciudadano porteño anónimo envía a “La Gaceta Mercantil” en 1833 con motivo del ataque inglés. O la referencia  encriptada de las Malvinas que da Fonseca  lee en “El cóndor” de O.V.Andrade (1881) ,30. Quizá también sorprenda la presencia de  escritores que usualmente asociamos al teatro o al tango como Martín Coronado (1840-1919), Gabino Coria Peñaloza (1889-1975), Héctor P.Blomberg (1890-1955) y Manuel Ferradás Campos (1913-1986).

Introduce a autores hoy poco visitados como Arturo Capdevila (1990-1967) o poetas casi  desconocidos como  José Ortiz Behety (1906-1973),  autor de una obra muy ligada al sur patagónico y  la Antártida. Y Enrique Gómez Trillo (1904-1994), que se interesó por los mismos temas y publicó obras en colaboración con Behety.

Pero da Fonseca  evoca además  sacerdotes que pasaron largos años en las Islas  como el padre Mario Luis Mignone ( 1863-1937), que dejó su testimonio  en 33 años de vida malvinense.  Y cita una poesía de Cantico a las Malvinas de Ismael Moya (1900-1981), obra publicada en 1960 e inspirada  en el franciscano  Fray Domingo de Velazco  que estuvo a cargo de la capilla de Puerto Soledad desde 1771 a 1773,95.

Su evocación del gaucho Rivero, incluye la referencia  a una obra teatral: fue “Rebelión en las Malvinas”  de Manuel Ferradas Campos leída en 1964 en el ciclo “Las dos carátulas” de Radio Nacional. La cita de da Fonseca  nos hace intuir un fuerte sesgo romántico. Desde el  llamado de Rivero “Buenos Aires, Buenos Aires” hasta cómo  lo evoca la mujer que lo amó “Es el último gaucho de las Malvinas”,190

Resulta difícil establecer el criterio que organizó esta recopilación, donde en cada caso el autor alude  a episodios o personajes de la historia de las Islas y lo enlaza con poemas. También dedica  un capítulo  al canto nativo.

Más  allá del enfático  reclamo de soberanía  que incluye cierta presión para lograrla con hechos más concretos[i][24], su tratamiento de ciertos temas no  siempre resulta claro  o coherente. Por ejemplo se refiere a decisiones  gubernamentales argentinas sin aclarar quiénes eran los presidentes[25].

Manifiesta una clara adhesión al proceso militar, pero relata el Operativo Cóndor e incluye una poesía inspirada en palabras que  Dardo Cabo habría pronunciado en  la prisión  adonde lo trasladaron ¿No sabía  da Fonseca que Cabo era  un detenido-desaparecido[26]? No tenemos respuesta: creemos que su zigzagueante comentario sobre el Operativo Cóndor exime de mayores comentarios.

Aceptando que toda antología es siempre una decisión de lectura de su autor y que todavía falta el corpus completo de las obras inspiradas en Malvinas   anteriores a 1982, sólo podemos vislumbrar  en esas obras las diferentes configuraciones poéticas, y en algún caso narrativas, de las Islas.

Importante: suelen faltar  las fechas de creación y Fonseca  presenta   a los autores con referencias muy laudatorias y generales.

No podemos saber qué ausencias registra esta antología, pero sí sabemos que el tiempo silenció muchas de las obras citadas. Presuponemos que las razones son diversas y no siempre vinculadas con su calidad poética.

 

7.2. Nuestros poetas y las Malvinas, selección de textos por Águeda Müller (1983).

Sabemos que esta antología, por su origen está asociada a la guerra del 82 y quien la lea podrá apreciar el amplio despliegue poético que inspiró la guerra y posterior derrota.

Fue configurada como antología en 1983, cuando la democracia se asomaba en la Argentina y los poemas, que tienen la fecha de su creación, están antecedidos por pequeñas presentaciones de sus autores.

El prólogo de Federico  Peltzer  se limita a una reflexión muy ligada a la pos derrota.  En ese sentido creemos muy ilustrativo el hecho que la antología incluya el famoso “John Ward y Juan López “que Borges publicó en Clarín después de la derrota, pero  no el discepoliano  Cambalache 82, poema de denuncia que Osvaldo Rossler publicó La Nación en el mismo período.

Si bien ambas antologías coinciden en la elección de determinados autores[1], la de Müller incorpora otros no citados por da Fonseca, entre ellos algunos que fechan sus obras en las Islas Malvinas. Esta condición de poemas creados “in situ” innova  lo hasta ahora estudiado.

Leímos a los nuevos autores como integrantes del corpus poesías previas a 1982, preguntándonos solamente qué variantes o invariantes podíamos registrar.

Renunciamos a interrogarnos sobre su ausencia en la antología de Fonseca, porque la mayoría, excepto García Saraví, habían producido sus obras antes de 1978. Demasiadas respuestas posibles  alertan sobre el riesgo de que ninguna se acerque a la verdad.

Federico Peltzer en el prólogo  señala ideas significativas si las leemos como emergentes de  la pos derrota. Caracteriza a Malvinas como un dolor argentino (7) que genera una  dicotomía entre los escépticos que plantean abandonarlo  y los entusiastas  que quieren mantenerlo. Advierte que ese dolor tuvo distintas intensidades. Acepta que son “Esas remotas Islas, que la mayor parte de los argentinos, ni siquiera conocemos”, ignoradas en Europa y apoyadas por “hermanos de América apenas informados” (2,7)

Citando a los poetas de la antología previos a 1982, lee las Islas como una presencia , “casi fantasmas”(8)que esperan rescate, su lejanía como la limitación del amante, el sentido de pertenencia casi corporal que despierta en los argentinos, la asignación de una identidad fundada en nuestra propia identidad.

Más allá de coincidir o disentir con la lectura del corpus, llama la atención  la distancia que establece el lector-prologuista. No sólo  los poetas previos a 1982 esperaban rescate, también la verdad de todos los

crímenes del proceso militar que incluían la guerra de Malvinas.

 

 

[1] En realidad, el artículo de Bolling  se centra en obras de  Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini. El investigador trabajó con la antología de Müller y la observación  aquí citada concluye su comentario sobre poemas de Alberto Blasi Brambilla (1962 y 1982) y   Eduardo Carroll (1982).

[2] Ver Apéndice, pp16-18:incluye un breve comentario sobre las antologías

[3] Esos acuerdos permitieron por ejemplo la construcción del aeropuerto en las Islas, la instalación de YPF o la labor  de maestras argentinas.

[4] A partir de aquí todas las poesías citadas corresponden a la antología de Da Fonseca, cuando citemos a  las incluidas en la de Müller haremos la pertinente aclaración.

[5] Ismael Moya por ejemplo recuerda el accionar del norteamericano coronel  David Jewett al recuperar las Islas en 1820 (“Emoción argentina en el Puerto de la Soledad”,96).

[6] Capdevila, que trabajó tantos personajes argentinos posteriores a 1810, brinda una imagen social  que podríamos asociar al Buenos Aires de esa época.  Pero las Islas siguen siendo:” ¿Un archipiélago hay en las planicies del mar que un pueblo entero está añorando?”.

[7] En la antología de Müller leemos que fue publicado en el diario Mayoría y que en 1975 el Ministerio de Relaciones Exteriores lo publicó bajo la forma de poster. Mayoría fue el periódico nacionalista que publicó las investigaciones que en realizaba Rodolfo Walsh sobre los fusilados de José León Suárez, luego reunidas en Operación Masacre, 1957. Sobre el autor sólo  sabemos que nació en 1910.

[8] Manuel Moreno fue el funcionario argentino que en Londres,  reclamó al gobierno inglés por la invasión a las Islas en 1834, 1841 y 1849.

[9] Lorenz (2014)  evoca las polémicas entre la historia oficial y el revisionismo. “Los ´modelos ´ en pugna en la década del 60 encontraron en la historia del gaucho otra divisoria de aguas, potenciada porque también fue leída en la clave de la proscripción del peronismo”

[10] La obra se llama “Capitán de las Malvinas” y está incluida en el disco “Esperanza en los días que vienen “, 1973.

[11] Según Da Fonseca, Juan Pueblito, autor de “Zamba de las Malvinas” grabada en 1966, lo niega

[12] Sergio Pujol) recuerda  el ascensos de nuevos protagonistas: Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los HuancaHuá,Los Cantores de Quilla Huasi, Los Trovadores del Norte, Waldo de los Ríos, María Elena Walsh y Leda Valladares, Jorge Cafrune,Horacio Guaraní, Mercedes Sosa, Suma Paz, José Larralde, Eduardo Falú, Eduardo Lagos , Manolo Juárez. Deposita la innovación de los repertorios en Falú-Dávalos, Leguizamón-Castilla, Ramírez-Luna, Matus-Tejada Gómez(2008,249-251)

[13] Da Fonseca sólo incluye a Alba Chamán (1932- ), una médica poeta residente en Tierra del Fuego.

[14] Hijo de Rafael Obligado

[15] Según los críticos iniciada por el “Triunfo Argentino” de Vicente López y Planes que en 1808 cantó el triunfo sobre la segunda invasión inglesa. Años más tarde, el poeta crearía una canción patriótica que dio origen a nuestro himno nacional.

[16] De aquí en adelante, a.m. indica que la poesía forma parte de la antología de Müller.

[17] Es cierto, no poetizó a las Malvinas, pero una breve cita de su “La sombra de la patria”, 1893, puede darnos      indicios discursivos de cómo se nutrió la retórica estudiada en el corpus. “Yo la siento gemir, y el océano /y la  selva, y las cumbres y la pampa, / Y la nueve  y el viento y las estrellas, /Y todo lo insensible y sin entrañas, /Me parece que sienten, me parece / Que asumen voz y proporciones humanas” (1954,181-189).

 

[18] Federico Lorenz (2014) señala  una corriente de libros como Nuestras Malvinas de Juan Carlos Moreno, 1938, Toponimia criolla de las Malvinas de Martiniano Leguizamón Pondal, 1956 y La historia completa de las Malvinas de José Luis  Muñoz Aspiri, 1966.

[19]Veiravé habla de un mundo interior subjetivo donde se disuelven las tensiones románticas, una visión atenuada de la realidad donde circulan  los símbolos de la intemporalidad.

[20] No olvidemos que a partir del 30, grandes creadores  del interior renuevan  la esa poética .Sólo a modo de ejemplo cito: Juan Ortiz (1896-1978),  Jorge Ramponi (1907-1997),Carlos Carlino (1910-1981), Jaime Dávalos (1921-1981)

[21]“ Escritores ´ malditos’, peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación a Jauretche”

[22] Información de Pulfer:Castiñeira de Dios fue funcionario del gobierno peronista, Miguel Tejada que en el 55 tuvo captura recomendada, como Rodolfo Walsh escribió sobre los fusilados de José León Suárez

[23] El capítulo “El canto nativo y las Malvinas”, 109-155, está precedido por una defensa que hoy suena absurda: “porque el canto popular también es historia”

[24] “Ha llegado el momento de la liberación total de la República Argentina. Ha llegado la hora de la restitución de las Malvinas al Gran Patrimonio Nacional, y si nuestros derechos no quisieran ser reconocidos, el avance de los invasores será interrumpido con el coraje y la fuerza que nos llegaron…” (204).Y ahí suma gauchos, marineros y granaderos.

[25] No alude a Arturo Illia cuando habla del  importantísimo Informe Ruda (1964), pero tampoco a Juan Domingo Perón al  evocar la resolución de 1948[25] que se proponía llevar “La llama de la Argentinidad” a las Islas. Sin embargo considera  que hoy sus fundamentos “…tienen fácil aplicación en el proceso de reorganización nacional que se lleva  a cabo en la actualidad”,200. Igual criterio usa cuando relata la entrega de un cofre que contenía tierra de Malvinas al Palacio Legislativo en 1974, es decir durante la tercera presidencia de Perón.

[26] Si bien en esa época (1966) Cabo estaba ligado al gremialismo, lo cierto es que posteriormente   evolucionó hacia la guerrilla peronista. Fue  detenido durante la dictadura y fusilado en 1977 durante un traslado.

Bibliografía

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La versión farsesca de la guerra

 

 El título de este artículo reproduce  una definición de  Los pichiciegos de Fogwill (1983), que podría aplicarse a numerosas obras publicadas después de la novela fogwilliana. Reiteradamente citada por la crítica, hoy  es casi una categoría de interpretación. Nuestro propósito es estudiarla a la  luz de obras que en su momento, se definieron como farsas de guerra. Es decir explorar los posibles orígenes de una, otra,  forma de pensar las Islas. Los  contenidos de este artículo sintetizan una investigación más amplia y fueron elegidos para facilitar una primera aproximación al tema.

 

La centralidad de la parodia en  Los pichiciegos

Nuestro objetivo no es hacer crítica literaria: sólo examinaremos algunos conceptos ineludibles para estudiar un hecho ineludible.  A  partir de la novela fogwilliana no se puede separar las Islas de la contienda del 82, su configuración de las Islas en guerra  ejerció -y ejerce-una notoria influencia en la cultura argentina.

Inicialmente la obra  fue definida como “la versión farsesca de la guerra” en oposición a la visión épica de la misma representada entre otras obras, por el relato testimonial  de los conscriptos excombatientes[1].

Fundamentamos nuestro disenso  con este criterio  en una larga investigación sobre los libros del relato testimonial, planteando que esa visión sólo aparecía en literatura producida por militares de carrera, lo que en su momento se llamó “literatura apologética”.

Advertimos que en  los discursos de los conscriptos  exploraban la productividad del absurdo de muy distintas maneras, con todas las mediaciones que supone  el género  testimonial y con todas las previsibles limitaciones discursivas de los testigos.

En 2014, Lara Segade, una especialista en el tema, que sí habla del relato testimonial como “el otro modo fundacional de narrar la guerra”[2], cita en un artículo la observación de  María Teresa Gramuglio formulada doce años antes. Allí ella  oponía  el carácter serio de las novelas sobre la dictadura militar- donde no hay picaresca ni grotesco ni farsa-  con el rechazo de los registros heroicos, ese rehuir el tratamiento grave  de una catástrofe  que practicaría la literatura de Malvinas ¿Se podría sostener hoy  un juicio tan absoluto?

Más allá  de que ciertas concepciones fueron formuladas  a partir de  1983, cuando todavía por ejemplo los carapintadas  amenazaban la incipiente democracia. O después, en los 90, cuando el menemismo intentó consolidar una visión de la contienda que, sin cuestionarla, la depositaba  en el panteón de la historia como dice Federico Lorenz (2006,277).

Tampoco habría que olvidar que fue  una época de advenimiento de un nuevo canon literario que debía  juzgar las obras de los autores que  recién comenzaban a publicar. Quizá el tiempo transcurrido permita un examen más sereno del tema, dirigido esencialmente  a estudiar la configuración de las islas en guerra, hoy  tan vigente como en 1982.

Partamos de Fogwill, quien en 2010 sostuvo  que su novela “no fue escrita contra la guerra sino contra una manera estúpida de pensar la guerra  y la literatura”[3]. Asumamos el terreno de la escritura y desde allí revisemos someramente  el concepto  de parodia que puede operar en cualquier género, inclusive obviamente en la farsa.

Una estudiosa del tema, Linda Hutcheon  dice que la parodia, ya sea reverencial o peyorativa, “no puede tener como ´blanco´ nada que no sea un texto o una  convención literaria” (2006,28).En cambio el blanco apuntado  de la sátira es identificable y extratextual, porque su propósito  es corregir, ridiculizándolos,  ciertos vicios e ineptitudes  del comportamiento humano.

Noé Jitrik añade que el objeto parodiado puede ser un solo texto, un conjunto de ellos, un género, lenguaje, hablas, discursos. “Entre el texto original y el texto paródico hay un espacio en el que se realizan las operaciones que permiten el paso de uno a otro. Son las operaciones de escritura propiamente dichas” (2006,14)

Si leemos como operación de escritura la parodización que concreta  Los pichiciegos y atendemos lo ya desarrollado en nuestros  artículos sobre la novela [4] , podemos inferir  que los textos originales fueron diversos. Desde el mitómano relato mediático de la época hasta obras literarias que el escritor habría reverenciado o  descalificado.

¿Inauguró un nuevo sistema literario? Jitrik decía que  parodia podía hacerlo, y quizá la vigencia de la configuración  fogwilliana de las Islas en guerra, la primera  de Malvinas en la literatura argentina contemporánea, lo confirme.

La farsa bélica: Fogwill y sus antecesores

Ahora bien: ¿desde dónde pensar  “la visión farsesca” de la guerra? Buscar una respuesta posible a este interrogante, nos revelará quiénes habían escrito contra una manera estúpida de pensar la guerra, los conociera o no, el autor de Los Pichiciegos.

Naturalmente la primera respuesta será la prensa gauchesca de las guerras civiles del siglo XIX, que tan detenidamente estudió Julio Schvartzman (2013). Allí la visión farsesca coexistía con el propósito militante de incidir en las guerras que se estaban desarrollando y cuya representación es muy amplia puesto  que fueron contiendas que se prolongaron el tiempo.

No en vano Schvartzman (1996) comienza su notable artículo sobre Los pichiciegos recordando un remoto “Cielito  del blandengue retirado” (c.1821-1823), que ya no quería saber nada ni con la patria ni con la montonera.

Pero nuestro propósito  es buscar farsas cuyo tema central sea la guerra, sin perseguir  el   demasiado ambicioso objetivo  de  historiar las farsas de guerra en la literatura argentina. Sólo queremos observar cómo se representó  la guerra  y en ese sentido, el teatro nacional nos ofrece  dos antecedentes notables[5].

En el siglo XIX, elegimos Gigante Amapolas, la obra teatral que Juan Bautista Alberdi estrenó en Montevideo en 1831. Si bien los prefacios  hacen pensar en la sátira por su propósito didáctico, la obra plantea con increíble modernidad la sacralización de la figura de Rosas y las oscilaciones trágicas de los ejércitos que se le oponían. Hechos que la historia se encargó de confirmar.

El capitán Mosquito, el teniente Guitarra y el Mayor Mentirola  visten distintos colores, compiten  entre sí y retroceden siempre. Son incapaces de enfrentar al Gigante Amapolas que -como reconoce un simple sargento- es “casi un héroe de papel” (1962,35).

Imposible no pensar en “Esperando a Godot “ de  Samuel Beckett(1952): Alberdi crea un ejército de hombres atados, con oficiales que citan retóricamente a Napoleón y contabilizan innumerables derrotas frente a un Rosas que lleva doce años victorioso y recibe el apoyo de diplomáticos extranjeros.

Finalmente vence “el buen sentido del pueblo” (138) que derrota a lo que era un gigante artificial. La idea alberdiana de las “revoluciones anónimas”, en el fondo el reconocimiento de que ha pasado el tiempo de los libertadores, cierra la obra.

En el siglo XX, encontramos la visión de la guerra  en  La granada de Rodolfo Walsh, estrenada en 1965.

Aunque se sabe al final que en realidad asistimos a un ejercicio militar, lo bélico organiza todo lo que despliega el error de un soldado  que rompe involuntariamente el retén de la novísima granada que está probando. Eso lo obliga a sostener el disparador con su dedo para evitar que estalle.

A lo bélico pertenecen  la competencia que libran los oficiales enfrentados por distintas  concepciones ideológicas de la guerra y la funcionalidad de la tecnología militar, el absurdo consejo de guerra  que imponen al pobre soldado convertido en una bomba móvil.

A lo bélico pertenecen los errores casi cómicos: la chancha que vuelan en un ejercicio o los pejerreyes de la laguna que bombardean por error. Pero también los íconos del relato ficcional y testimonial de la guerra  de Malvinas como el temor a la muerte, el recuerdo de los padres, el autoflagelamiento para  ser evacuados de la zona de guerra o el azar decidiendo al suerte.

Estamos frente a escritores  separados por más de un siglo de distancia. Ellos  conocían la historia militar  y habían  participado o presenciado guerras argentinas y extranjeras. Seguramente los motivaban distintos propósitos: pero  podemos reconocer  un diálogo  entre sus obras y la creada  en 1982, por otro escritor que también conocía de contiendas.

Así leída, la versión farsesca de la guerra fogwilliana pertenece a esa zona de la literatura argentina construida por quienes  se  atrevieron  a plantear el absurdo de cualquier guerra.

Los pichiciegos instaló una configuración de las Islas en guerra que influyó notablemente en  los jóvenes escritores y presumiblemente en los testigos del relato testimonial. Sin embargo citar algunos relatos permitirá apreciar que quizá a través de la obra fogwilliana, la literatura siguió dialogando con por ejemplo Alberdi y Walsh.

Lo hizo el relato testimonial  denigrando desde el humor a las figuras de autoridad. Ya en 1982, los testigos de  Los chicos de la guerra de  Daniel Kon  llaman Sargento García, como el personaje de la serie televisiva “El Zorro”, al  superior corrupto y cobarde.

La configuración de los sacerdotes  también  bordea  la farsa: en Partes de guerra un conscripto recuerda al  cura  ponía rosarios en las bombas que no habían estallado porque decía que era obra de dios (2007,85). En Los peones de Malvinas, otro evoca al que en misa, sostenía que “Vamos ganado” (2009,203).

Sargento Rendido se llamaba el superior del protagonista del cuento “La soberanía nacional” (Fresán ,1992), donde un desprejuiciado conscripto tiene un delirante y casual encuentro con un gurka. Ambos se ofrecen como prisionero del otro, pero un disparo accidental termina matando al gurka.Convertido en héroe, el argentino logra ser evacuado al continente.

“Mera locura y farsa”[6] concluye  el relator de” Memorándum Almazán” (Forn, 1991), reflexionando  sobre el relato de la experiencia de la guerra de un  joven chileno  que, presentándose  como excombatiente,  gana el favor de los diplomáticos argentinos en la embajada chilena.

Pretextando mudez  causada por la guerra, escribe pequeños testimonios  de su experiencia que concluyen persuadiendo a  su benefactor. Un accidente doméstico revelará la verdad, puede hablar y es chileno. Durante una  estadía en Mendoza había usurpado  la identidad de un excombatiente  que presuntamente se había suicidado.

Podríamos seguir revisando  la narrativa posterior a Los pichiciegos y registraríamos que siempre, aunque de distinta manera,  aparece lo farsesco  como un rasgo constitutivo de la visión de la guerra[7].

Está en  Kelper de Raúl Vieytes, un thriller donde la farsa se deposita en el protagonista, un isleño rencoroso que odia a los “argies” y sin embargo  incorpora  en su discurso todos los motivos  del imaginario literario de la guerra de Malvinas.

Pero también y básicamente en la Las Islas de Gamerro (1993), para algunos críticos la primera novela histórica de la democracia, cuyos registros farsescos exceden la evocación  de la guerra.

Quizá no sea casualidad pero la obra se abre con una reunión de excombatientes  con un delirante conferencista, cuyo absurdo  discurso  transforma en farsa, muy cómica,  algunas ideas del nacionalismo ultramontano argentino.

Justo es reconocer que  si bien  la evocación de la guerra  se había asociado a otros crímenes del proceso militar, a partir de los 90 también se hará con los peores aspectos del  neoliberalismo, que concluirá  colapsando al país diez años después.

De ahí que resulte aconsejable concluir este artículo con Una puta mierda de Patricio Pron (2007), porque creemos que salda una larga serie de “versiones farsescas de la guerra”, en una novela que rinde tributo a Copi[8] – transformado en un personaje de la obra- y a la manera en que este escritor parodió  los mitos nacionales. Pero también a la fundacional  Los pichiciegos  de Fogwill.

Ya en la contratapa, Pron- nacido en 1975- advierte que su novela [9]  no hablará de los discursos falaces (padres, maestras, prensa) que le transmitieron durante la guerra. Prefiere definir la contienda del 82  como “una victoria secreta porque trajo a nuestras vidas la mentira y la sospecha, que son las únicas herramientas de un escritor”.

La novela narra la historia de un grupo de soldados que siempre tienen una bomba pendiente en sus cabezas. En esta obra que pareciera estar poco vinculada con el verosímil realista de la guerra de Malvinas, nadie sabe quién es el amigo o el enemigo, más aún piensan que los enemigos pueden ser los argentinos.

Los ridículos superiores emblematizan la obediencia a irracionales reglamentos. Los cobardes se hacen fusilar tranquilamente. Ciertos oficiales promueven la comercialización de los insumos destinados a la tropa.

Finalmente aparecerá  que la decisión de librar la guerra  está vinculada con una calamidad nacional. Se ha descubierto que en  recientes excavaciones en el sur argentino, habrían revelado que en el subsuelo nacional no había oro ni plata ni diamantes “sino mierda.Nada más que mierda”,116.Una referencia escatológica que adquiere otro sentido a la luz  del mito de la subterraneidad en la literatura  argentina[10] .

En ese mundo delirante y contradictorio donde- excepto el clima, el paisaje  y la condición insular-nada refiere a las Malvinas, asoman sin embargo los oficiales que evocan las torturas que infligían a los presos de su país, el mercantilismo de los 90- “la producción de ganancia y la causa nacional, son la misma cosa” (108)- la funcionalidad económica  de seguir prolongando el conflicto en las Islas.

El protagonista que lleva una venda en la cabeza, evocando  la famosa imagen de Antonin Artaud- el surrealista francés que combatió  en la primera guerra mundial – insiste en  que “no teníamos idea de contra quién peleábamos ni de dónde estaba”,14.

Sin embargo  articula una  muy completa evocación de los motivos  creados por la narrativa inspirada en la guerra de Malvinas. Desde la juventud extrema  de los  combatientes[11], el pozo de zorro  el hambre, pasando por los bombardeos programados “es sólo el bombardeo de las siete. En diez minutos estaremos desayunando”, 3.

También está el desconocimiento geográfico,   un oficial confunde Malvinas con Maldivas, la impericia en el uso de las armas, el autoflagelamiento, el peso del cine y la televisión en la formulación de los discursos.

Tampoco falta la vocación testimonial del sobreviviente, tan presente en  los testimoniantes  de Los chicos de la guerra de Kon (1983) como en el Quiquito de Los pichiciegos: “me prometí, al mismo tiempo, que no escribiría una historia de la guerra a la manera clásica…sino la historia de la guerra tal como yo la había vivido”,100.

Aceptemos que la novela de Pron puede  cifrar el absurdo de cualquier guerra y muchas obras de la literatura universal  se nos ofrecerán como ejemplo. Aceptemos  que la guerra que construye el escritor  distorsiona en registro farsesco  todos los motivos del  relato testimonial y ficcional creados por la literatura  nacional.  Y los hace sistemáticamente,  superando la lectura farsesca esporádica que hacen otras narraciones.

La pregunta es:  ¿Una puta mierda construye  una nueva configuración de las Islas en guerra  partir de  la saturación  o señala  que el discurso que las configuró ahora  es  un nuevo sujeto literario constituido a partir de la  parodización ?.

No tenemos respuestas, porque en realidad será la literatura quien en futuro la brinde.

En el cierre queremos enfatizar que nuestro itinerario, necesariamente arbitrario, se propuso examinar el concepto de “versión farsesca de la guerra”, citando sólo dos pero muy notables antecedentes teatrales. Luego  lo  revisó muy ligeramente obras iniciales y fundacionales de la narrativa inspirada en la guerra y concluyó con una cercana en el tiempo, que intuimos ya es la una versión farsesca que lee  otras versiones farsescas.

Consideremos la pregnancia de esa versión farsesca,  que con el tiempo tuvo capacidad para incluir evocaciones de otras tragedias argentinas  en el escenario bélico de Malvinas. Aceptemos que está ineludiblemente asociada a la configuración de las Islas en guerra.

Podríamos buscar en la cultura nacional otras formas de leer  farsescamente nuestros dramas, entre otros, la poesía gauchesca del siglo XIX, en el sainete y el tango. Pero  lo importante para nuestro objetivo: es una forma de pensar las Islas en el capítulo más trágico de su historia.

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[1] Tal es el criterio que por ejemplo enuncia Martín Kohan en “El fin de una épica”, Punto de Vista, 1999, nro.64,pp6-11

[2] Ver: Segada, Lara. “Usos formales del testimonio: el caso de los chicos de la guerra”, 2009.

[3] Introducción a la edición de la novela de Editorial Periférica.

[4] Ver: Mantiñan, Graciela. “Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill. La creación del mito. El mito de la creación”, 2017.”Mitos y utopías en la configuración narrativa de las Islas Malvinas”, 2018.

[5] Elegimos dentro de un corpus que quizá inicia en el siglo XIX “El detalle de la acción de Maipú” (1818) de autor anónimo y prolongan en el siglo XX entre otras obras, “Temístocles en Salamina” de  Ramón Gómez (1937) inspirada en el enfrentamiento entre persas y griegos donde se alude a “la causa justa”, concepto tomista muy referido durante la  guerra del 82.

[6] “La locura (si es que el chico estaba loco) y la farsa (si era apenas un farsante  excepcional) no se plantean como misterios, son, para mí, únicamente: mera locura y farsa”,77.

[7] Con “lo farsesco” aludimos a un amplio abanico que va desde situaciones configuradas como farsas a narradores que en sus relatos registran lo farsesco.

[8] Raúl Damonte Botana(1939-1987)

[9] Diez años después, Pron publicó  Nosotros caminamos en sueños, una nueva versión de la novela. Pero el objetivo de este artículo nos obliga a trabajar con la primera versión.,

[10] Mantiñan, Graciela: “Mito y utopía en la configuración narrativa de las Islas Malvinas”

[11] “Es horrible”, musité mirando el río de adolescentes que peleaban a lo largo de la trinchera”,71

Mito y utopía en la configuración narrativa de las Islas Malvinas

 

 

Graciela Mantiñan.

09/9/2017.

 Este artículo se propone leer  determinados motivos de la narrativa inspirada en Malvinas  relacionándolos con  nuestra tradición literaria. Su objetivo no es examinar probables influencias, sólo reflexiona sobre qué capítulos de esa tradición, los conocieran o no los autores, se reactivaron cuando ellos pensaron las Islas en el momento más dramático de su historia. Los contenidos de este artículo sintetizan una investigación más amplia y fueron elegidos  para facilitar un primer abordaje de la  temática.

 

 

 

Mito

El tema del mito cruza transversalmente  Los pichiciegos de Rodolfo Enrique Fogwill (1983), comenzando por el mito de creación de la novela que el autor nutrió siempre y cuyo análisis realizamos en la primera parte del artículo “Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill: la creación del mito, el mito de la creación” (Mantiñan, 2017).

Pero aquí nuestro tema es el mito pichi, forjado por los mismos desertores en  la cueva subterránea donde  se refugian  durante  la guerra. Si bien ellos lo usufructúan  pragmáticamente, también son testigos de  sucesos pertenecientes al orden de lo maravilloso. Por ejemplo   la aparición  fantasmagórica de  las monjas  francesas desaparecidas durante el proceso militar y de  un arco iris de extraño poder que “fija” los aviones en el cielo.

¿Cuáles son los atributos del mito pichi? La subterraneidad, la ceguera, la simbiotización con lo animal, la constitución de una comunidad casi utópica, fundacional  puesto que  dista tanto de los argentinos como de los ingleses en pugna. Y sobre todo como ya lo señalaron los críticos[1] ,  creadora de un lenguaje propio.  En sus identidades (apellidos, lugar de nacimiento, religión, haceres  y  saberes) se depositan una representatividad social y cultural, más específicamente literaria (argentina).

En ese sentido, basta  leer hoy  Runa (2003), la última novela de Fogwill, una alegoría de la prehistoria de una civilización o el fin de su historia, para comprender  el vínculo que él establecía  entre  este tipo de temas y las Malvinas.  Más allá de que la guerra fuera un tema recurrente desde el inicio de su obra  y que la guerra de Malvinas  volviera a aparecer en las novelas posteriores a Los pichiciegos.

Fogwill le dio a los pichiciegos un  origen ligado a su biografía personal. En 1980  habría escuchado de ellos a través del relato de dos hermanos  catamarqueños que como él, estaban encausados esperando traslado.

Con el tiempo, los pichiciegos tuvieron distintas lecturas: por ejemplo  María Rosa Lojo (2012)  los vinculó con los gauchos reclutados y  maltratados por las levas  del siglo XIX, que concluyen desertando como el protagonista de nuestro poema  nacional Martín Fierro de José Hernández (1872 y 1879).

Ella recuerda que en los fortines de esa época, los famélicos soldados sólo podían comer carne de “piche” o de “pichi”, el tatú mencionado por el preso catamarqueño, evocado por Fogwill y el soldado santiagueño de su novela. Una lectura, creemos única, con la que acordamos  a partir de nuestra propia investigación sobre el relato testimonial de los excombatientes de Malvinas[2].

Leyendo  la simbiotización con lo animal en el mito pichi, podríamos reconocer un antecedente literario  forjado en un escenario muy distinto pero igualmente aislado, sujeto al rigor de la naturaleza,  propicio a las iniciativas fundacionales muy cercanas a utopías  que suelen terminar destruyendo a los protagonistas.  Al igual que sucede con  los soldados desertores de la novela de Fogwill.

Nos referimos a los relatos  de Horacio Quiroga, especialmente Cuentos de amor, locura y de muerte (1917) y Los desterrados (1927) donde, siguiendo la tradición canónica de la fábula, los animales tienen comportamientos humanos. Los personajes de Fogwill invierten el signo: los humanos, en una situación similar, se mimetizan con los animales.

Usualmente, como sucede en la novela, estos relatos   son  forjados por sobrevivientes. Creemos que no en vano, Fogwill  inserta  en la trama  el relato quiroguiano “Los barcos suicidantes” (Cuentos de amor, de locura y de muerte), donde una fuerza extraña detiene buques en un desierto de aguas, impulsando el suicidio de sus tripulantes. Aunque  el autor cambia determinados aspectos del cuento, entre ellos el final,  sigue siendo  una  alegoría de  trágicas elecciones  narrada por un sobreviviente.

Ya en un trabajo anterior, citado al comienzo de este artículo, marcamos  algunas  referencias de Fogwill  sobre Quiroga. Es decir, que él  conocía la configuración de la selva  misionera  realizada en  las obras del escritor, que alguna vez se preguntó sobre  Misiones: “¿Qué puede ofrecer el desierto a un hombre si éste no se empeña en sacar de él un paraíso?”(Martínez Estrada, 1966). Recordemos que la asociación  islas-desierto es recurrente en la narrativa inspirada en Malvinas.

Pero insistimos, lo que nos interesa es  registrar capítulos de nuestra literatura que  antes del 82, habían planteado  determinadas formas de pensar  ciertos temas.

En ese sentido creemos que la línea de la subterraneidad  es quizá más pregnante todavía.

Para eso nos detendremos en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato (1961), un autor que Fogwill  aludió muy distantemente, pero  central  en  su última novela  publicada Un guión para Artkino[3].

Sobre héroes y tumbas  fue  un best seller de su época, hoy  se  la reconoce como  una obra que innovó el género  desarrollando una  reflexión sobre la  historia y la sociedad argentinas. Un crítico la definió como “un esquema de reconstrucción de la condición argentina”, Fogwill decía que Los pichiciegos trabajaba sobre el genoma  histórico argentino “con el microscopio de la imaginación ficcional” (Kohan, 2006)

La novela tiene un capítulo III “Informe para ciegos”[4] que narra- desde los túneles que bajo la ciudad habría construido una tenebrosa  organización de ciegos- la atormentada pesadilla que lleva a Fernando Vidal Olmos hacia  el mítico origen del hombre.

Hijo de la oligarquía argentina declinante,  Fernando   piensa que los mitos son más fuertes que los hechos que intentan destruirlos y  asocia ceguera con el frío y la condición animal. Como los protagonistas de Los pichiciegos, bajo tierra encuentra su final.

Leyendo a Sábato, Fogwill  habla del petróleo, tema dominante en los 60: “Desencantado  de la industria y la riqueza, Sábato intuye  una fuerza que está bajo tierra y que hay que dominar” (2010, 177). Recordemos que en 1982 se hablaba del krill, un alga submarina que dio nombre a los kelpers, como algo estratégico y codiciado por las potencias.

¿Por qué no pensar en las representaciones  culturales que organizó “la subterraneidad”?. Todos los caminos nos conducirán a Radiografía de la  Pampa de Ezequiel Martínez Estrada (1933), plena década infame, que según León Sigal  depositaba todos nuestros males en “el sino geográfico, telúrico, geológico que pesa sobre la región” (Martínez Estrada, 1996, 511).

Este ensayo de Martínez Estrada fue dominante  en el escenario cultural argentino hasta los 60. En esa década nuevas concepciones de nuestra identidad nacional polemizan entre sí, sobre todo en el novísimo terreno de la sociología y recordemos que Fogwill era sociólogo y docente universitario.

Si bien no enfocamos  los vínculos de transmisión: debemos recordar la  intensa relación intelectual  relación que tuvieron Quiroga y Martínez Estrada, a tal punto que  Quiroga invitó a Martínez Estrada a vivir en Misiones. También fue amigo de Leopoldo Lugones, a quien en 1903  acompañó como fotógrafo en un viaje del escritor a las ruinas jesuíticas misioneras.

¿Cuáles eran las  ideas centrales de Radiografía de la Pampa?: el hombre impotente frente a las fuerzas oscuras de la pampa, una tierra dotada de secretos poderes. El  peso determinista del espacio geográfico, la brutalidad de una corriente cósmica que gravitaría desde la colonia. Los críticos hablan de la “inhistoricidad” del paisaje  gravitando sobre una realidad imposible de modificar. La Argentina como un país sin mito de origen.

¿Acaso los personajes de Fogwill no prolongan esta visión ontológica  de nuestra realidad, intentando sobrevivir en un paisaje donde el rigor del clima es tan cruel como la misma guerra que están viviendo? No olvidemos que el subtítulo de la novela fogwilliana fue: Visiones de una batalla subterránea.

¿Acaso su  empresa de supervivencia no intenta fundar un mito de origen? Ellos cumplen la ecuación tierra-verdad definitiva-muerte  que según Martínez Estrada, consagraba  la victoria de la tierra. Porque en realidad a los pichiciegos no los matan ni los argentinos ni los ingleses, mueren a causa de una nevada,  una forma de la naturaleza isleña que  los sectores antagonistas han horadado.

La ciencia ficción o el relato fantástico insistió en la mitificación depositando en el suelo, o el subsuelo de las Islas, poderes omnímodos.  Los soldados escuchan su voz- “We have the power, sergeant” -en  “Hombres y piedras” de Alejandro Alonso (2003). En  “El  beso de la valquiria” de Carlos Gardini (2004), una misteriosa fuerza, Calígene, atrapa a los soldados y les saca los ojos para que los entes subterráneos  malvinenses puedan ver.

Quizá otra forma no muy distante, la ofrezca La construcción de Carlos Godoy (2014) explorando en las Malvinas actuales la presencia de mitos de origen, insertos algunos en la misma naturaleza isleña.

Pero más nos interesa otra forma de mito de origen, también ubicado o nacido en las Islas, vinculado con nuestra historia cultural. De alguna manera la comunidad de desertores de Los pichiciegos  había forjado  una recreación de ese mito,  convocando  paródicamente entre otros  a Borges y  Manuel Puig.

¿Era una novedad en la literatura? No, ya Sábato había transformado a Borges en una personaje de su Sobre héroes y tumbas. Recordemos que   Leopoldo Marechal, que como Borges participó del Grupo Florida en los años 20,  dedica su Adán Buenos Ayres (1948) a sus camaradas martinfierristas que él cree, quizá se reconozcan en la novela.  La búsqueda  filosófica y poética del protagonista de Adán BuenosAyres  y  sus amigos incluye viajes  hacia la subterraneidad de la Reina del Plata, buscando   nuestros orígenes étnicos, sociales y culturales.

Las Islas de Carlos Gamerro(1993) , el otro gran clásico de la narrativa inspirada en la guerra, lo hace en  el “Diario del Mayor X”, un torturador y asesino del proceso militar que combate en las Islas y  que  relata otra configuración posible de un mito de origen.

Nos referimos al tesoro que el virrey Sobremonte se llevó a Córdoba al llegar la invasión inglesa  y que, escondido en un gigantesco tatú o armadillo, habría llegado a Malvinas. Guardado en un sitio muy remoto, sigue despertando la eterna codicia inglesa que no lo pudo encontrar.

Cuando por azar el Mayor X llega al lugar, descubre que allí reside una comunidad de  argentinos que  desde 1830 sobrevive gracias a ese tesoro. Desde entonces, sus descendientes interfieren  en  la historia argentina, colaborando con San Martín, Rosas, Uriburu y Aramburu así como a las actuales fuerzas armadas.

El mito reúne viejos ideologemas (“la Argentina invisible”,  el “Homo argentinus” descripto por Florentino Ameghino, “la tercera guerra mundial”, etc.).Significativamente  es un sosías de  Leopoldo Lugones quien se lo relata al  Mayor X.

Clara parodia de una línea política y cultural, delirante, inserta en un discurso psicótico, sin embargo  la especial configuración del mito reitera  la idea de  Malvinas como el sitio de origen  de fuerzas oscuras que recorren la historia nacional.

Lojo (2012) ha marcado un  vínculo posible con el  encuentro de  Adán Buenos Ayres y sus compañeros con el Gliptodonte, el “Espíritu de la Tierra”, al que describe  como “el fantasma de un peludo gigante cuya caparazón  irradiaba  cierta luz fosforescente muy vivaz” (Marechal ,176). Nosotros creemos que también se acerca a la visión de  Umberto Eco  sobre algunos relatos que nutrirían la certeza de los “planes generales” que cruzarían la historia[5].

Utopía

En 2010,  Marcelo Eckhardt leyendo testimonios  de conscriptos  que combatieron en un lugar muy aislado de las Islas, registró cierta configuración utópica en su relato. Un tema que nuestra investigación advirtió  en otros relatos testimoniales, cuando los ex conscriptos se referían al breve tiempo en que disfrutaban de paz en las Islas.

¿Acaso el Turco en Los pichiciegos no bordea esa  configuración cuando construye la comunidad de desertores? ¿Acaso Quiquito, el sobreviviente, no alude a ella cuando sueña con tener una estancia en las Islas, tan lejos de los ingleses como de los argentinos?

¿Por qué no leer cierto sesgo utopista  en los personajes de Las Islas que tras la derrota intentan el “no-lugar”, tal es el origen de la palabra utopía, ya no en el espacio sino en el tiempo? Por ejemplo, está en el  oscuro propósito de Felipe en Las Islas de crear un video donde los argentinos ganen la guerra, pero también  en el patético intento de su compañero de construir una recreación perfecta de Puerto Argentino en una maqueta.  De algún modo,  sus construcciones persiguen el fin utópico de cambiar la historia.

Seguramente es una casualidad, pero  fue Tomas Moro  el primero que habló de una utopía y lo hizo en 1516 para referirse a una isla ideal.

En nuestro país  Arturo Capdevila lo intentó en 1949, creando una carta donde un relator contaba la perfecta vida de ingleses y argentinos  en las Islas recuperadas, una descripción muy cercana a “un mundo feliz”.

Sin embargo, mucho antes, las Malvinas habían convocado a la creación utópica.

En 1871, en Paris,  mientras la fiebre amarilla azotaba Buenos Aires y cuando ya hacía mucho tiempo estaba lejos del país, Juan Bautista Alberdi  escribe Peregrinación de Luz de Día.

¿Qué nos interesa de esta novela paródica que narra cómo  Luz de Día, que es la Verdad, desilusionada de Europa llega a nuestro país?  Aquí, Fígaro, que es un alter ego de Alberdi, le cuenta la degradación sufrida en estas tierras por personajes emblemáticos como Don Quijote.

Así cómo lo habían enloquecido las novelas de caballería, aquí lo hace la teoría de la evolución que él  se propone aplicar a lo social en su estancia, que estaba situada “entre la Patagonia y la pampa, un poco vecina del mar y más cerca de la colonia inglesa de Falkland que de Buenos Aires” (Alberdi, 113).

El Quijote patagónico decide crear una república de carneros y para ella dicta decretos y reglamentos, con la ayuda de su pícaro mayordomo gallego. Llega lejos, al punto que en Buenos Aires, manipulación mediática mediante, se reconoce el estado de Quijotanía  como la décimo quinta provincia, “ya no era desierto la Patagonia”.

Finalmente la excursión de dos jóvenes revela la verdad, Quijotanía no existe, Don Quijote y su secretario son apresados.

Hay muchas formas de abordar este notable capítulo de esta  notable novela: por ejemplo la afirmación que hace Elida Lois (2013) desde la crítica genética, sosteniendo que  Alberdi cambia su plan escritural  originalmente dirigido a parodiar las políticas dominantes de su tiempo. Sus  propias contradicciones lo obligan a plantear que ni los liberales reformadores ni los caudillos conservadores construyen  progresismo.

Otra forma sería  volver a la novela cervantina, cuando  Sancho  recibe una ínsula para gobernar. Sólo recordaremos que el escudero dice que preferiría “una tantica parte del cielo” (Cervantes,1965, 525).El Duque le responde que eso es atributo de dios.

Quizá desde ese lugar podemos recordar que el Quijote patagónico decide incorporar a su dominio el archipiélago de las Pléyades, a las que llama “nuestras Malvinas celestiales” y pedirle al papa lo declare  su administrador.

También observar que Sancho no formula crítica a su realidad  y el Quijote patagónico formula una dura crítica al colonialismo político y económico, que no vacila en programar grandes hipotecas concedidas por la banca internacional y negociaciones políticas inclusive con el gobernador de Malvinas [6], si la Confederación no acepta la autonomía del nuevo estado.

Lo sutil quizá reside en las referencias a Inglaterra: sin cuestionar la presencia británica, asume que  las Malvinas nos fueron quitadas. Aceptando que Inglaterra  es la patria de la libertad, también reconoce que es la patria de los carneros a los que constituye en representantes de la libertad y la paz, por mansos y desarmados. El humor alberdiano reconoce que esos  carneros que tiene origen sajón, hablan inglés, su “mée” en realidad es “yes” (Alberdi ,117).

Si bien lo más importante de la novela es el despliegue del pensamiento alberdiano, no podemos dejar de registrar que  él  construye  esta utopía farsesca  “más cerca de la colonia inglesa de Falkland que de Buenos Aires”.

Preguntarse porqué elige este sitio es abrir un abanico de interrogantes que  se potencializan  leyendo la narrativa  contemporánea de Malvinas. Sólo algunas ideas para pensar:   la configuración misma del lugar como un desierto,  la construcción de un estado ideal, la vinculación con lo animal, la irónica visión del imperialismo inglés y las relaciones internacionales. Básicamente, el personaje del Quijote en degradada versión argentina.

Explorar el origen de mitos y utopías que retornan en  las novelas inspiradas en la guerra  del 82 puede ser un camino, otro más, de  reflexionar sobre cómo las formas de pensar las Islas  continúan, cambian o resemantizan capítulos significativos de nuestra tradición literaria.

 

 

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[1] Sarlo, Beatriz, 1994, González, Horacio ,2102.

[2] Mantiñan (2015):“A vos te falta Malvinas. Señales de identidad en el relato testimonial de la guerra de Malvinas 1982-2005”, Cap.IV. “El relato testimonial y la narrativa expedicionaria del desierto. Cuando la pampa se hace Islas”

[3] Publicada en 2008, pero escrita entre 1977/78, corregida en 1982

[4] La ceguera  ya era una obsesión sabatiana desde El túnel (1948).

[5] Dice Lojo: “No es ocioso recordar que otro gliptodonte personifica al “Espíritu de la Tierra” en Adán BuenosAyres, de Leopoldo Marechal, y que sus revelaciones barren con la defensa esencialista de la pureza étnica, al recordar que la nación se construyó con elementos de los cuatro puntos cardinales, traídos por el viento de la historia”.

 

[6] Sugiere apoyarse en “la aspiración rival menos interesada, que es la de Inglaterra. Hagamos una alianza ofensiva y defensiva  con el gobernador de las Islas Malvinas en previsión de eso”.

Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill. El mito de la creación.La creación del mito.

Rodolfo Fogwill (1941-2010) fue una figura central en la literatura creada en la Argentina a partir de la recuperación de la democracia en 1983. Su obra narrativa y poética así como sus colaboraciones periodísticas, ejercieron una notable influencia en los jóvenes escritores de la época.

Sociólogo, profesor universitario y publicitario especialista en marketing, su novela  Los pichiciegos (1983), inspirada en la guerra de Malvinas librada un año antes, narra la historia de un grupo de soldados desertores que durante la contienda se refugian  en una cueva, que concluyen llamando “la pichicera”.

La crítica literaria leyó la obra  como “una visión farsesca de la guerra” (1) y tiempo después como el relato de la fundación de un lenguaje, una interpretación tal vez  promovida por el  mismo Fogwill que distanciaba la creación de su novela , escrita durante la guerra, del hecho mismo de la contienda (2).

En Los pichiciegos, los jóvenes conscriptos desertores inspiran y nutren  el “mito pichi”, que la obra articula narrativamente con epifanías casi joyceanas y apariciones (3) quizá inspiradas en el realismo mágico. Ese mito, que las autoridades militares argentinas adjudican a la superstición, se difunde rápidamente entre los desesperados combatientes.

La creación de mitos es un tema frecuente en la literatura latinoamericana y durante el siglo XX, múltiples intelectuales argentinos  reflexionaron  extensamente sobre nuestros mitos nacionales (4).

Pensamos que en el caso de Los pichiciegos, tan importante en  la lectura cultural de la guerra de Malvinas, la relevancia del mito supera lo habitualmente reconocido, ya que cruza  transversalmente  esta  novela  que ha sido  largamente estudiada  en el país y en el exterior.

¿Cuál es nuestro punto de partida?: un trabajo  en curso sobre la configuración narrativa de las Islas, una tradición literaria argentina  que  tal vez  comienza quizá en 1833 cuando los británicos  toman posesión de las  Malvinas, se amplía notablemente con la guerra de 1982 y se prolonga hasta la actualidad.

Por eso  creemos que estudiar el mito de la creación de la novela y la creación del mito pichi en Los pichiciegos alumbra  ciertos aspectos importantes de un  discurso  que pensó las Islas en el capítulo más dramático de su historia, cuando un crimen- otro más- de la dictadura militar argentina las transformó en un escenario bélico.

¿Qué antecedente orienta nuestra búsqueda?: durante una investigación anterior sobre el relato testimonial  de la guerra de Malvinas (5), nos interesó el tema de las radios  que escuchaban los  soldados en las Islas.

Quizá disparó nuestra atención una radio inglesa que escuchaban los desertores de la novela fogwilliana, que trasmitía  folklore y tango argentinos  y rocks de Elvis Presley. Entre sus locutores,  había una voz  reconociblemente chilena.

Muchas lecturas ameritó esta radio: nosotros preferimos pensar que la pichicera conformaba una especie de comunidad imaginada (6) donde las emisoras, argentina y británica, marcaban el “mientras tanto”. A pesar de su mala audición, los mensajes contradictorios advertían a los desertores que el final estaba próximo. Las características de las radios sumaban a la farsa narrativa, acentuando la tensión entre el creer-no creer que laceraba el mundo pichi.

Hasta que descubrimos que durante la guerra había funcionado una radio inglesa, Atlántico Sur, que tenía notables puntos en común con la que aparecía en la novela.

Creada por los británicos (7) para desmoralizar a los argentinos, esta radio prolongaba una forma de propaganda bélica que se desarrolló ampliamente durante la segunda guerra mundial. Todavía  hoy  se recuerdan  tanto los mensajes de la BBC a la resistencia francesa como los de la locutora  japonesa Rosa de Tokio (Iva Toguri D´Aquino) en “The Zero Hour”, acicateando a los norteamericanos en el Pacífico.

En 2013, un artículo de Lucrecia Bullrich en La Nación sobre documentos de la guerra recientemente desclasificados por el gobierno inglés y un programa de Radio Provincia que se llamaba  justamente “La Rosa de Tokio”, nos permitieron conocer esta emisora que según algunos  se irradiaba desde la Isla de Ascensión y según otros desde Londres.

Atlántico Sur funcionaba separadamente de la BBC, cuya política comunicacional le impedía este tipo de práctica de propaganda. Es cierto: al comenzar la guerra la BBC modificó su staff, por ejemplo desplazando a Fernando Del Paso, un cronista mexicano que el tiempo haría famoso (8). Pero también se sabe que durante la contienda, su independencia informativa le generó algunos conflictos con el alto mando inglés.

Quienes la escucharon coinciden en que entre otras características, eran frecuentes los errores idiomáticos de los locutores, algo que sería impensable en la experimentada BBC.

Así conocimos además Radio Liberty, la contrapartida argentina que dirigió Enrique Mancini, años después el periodista minusvaloró la funcionalidad de ambas emisoras señalando que para ser escuchadas,  exigían la posesión de emisoras de onda corta.

Nuestras lecturas de testimonios de excombatientes nos decían que era algo casi imposible para ellos, que en el mejor de los casos escuchaban en radios a pila  la emisora  creada por el gobernador Menéndez en las Islas o las uruguayas Colonia y Carve. Pero también muy difícil para los británicos, ya que las naves inglesas que bloqueaban las Islas inutilizaban  la “argie” con su arsenal tecnológico.

El interrogante de la radio era demasiado significativo y nos conducía  inevitablemente a la BBC y en especial  a las emisoras de onda corta.

Se hizo muy importante entonces un concepto que Orecchia Havas crea leyendo las ficciones de Ricardo Piglia, ella habla del “autor empírico”  señalando la presencia de la autobiografía y la biografía intelectual en sus obras. Para Piglia, el registro de la voz y la experiencia del autor eran una característica de la literatura contemporánea (Premat, 2016:277-278).

Con esa orientación releímos “Muchacha punk”, el relato de Fogwill fechado en 1979, cuyo narrador conoce Londres y evidencia familiaridad con la BBC, “el frío que anunciaba la BBC” (Fogwill, 2009:129). Quizá esa familiaridad le venía de lejos, en “Retrato” (1998), el autor recuerda que su familia de origen inglés, escuchaba esa emisora durante la segunda guerra mundial, lo que inició su interés por los temas bélicos (F., 2010:21-22) (9).

Fogwill practicó el deporte de la navegación, quizá parte de esa experiencia se hizo presente en “El japonés” (1981) que narra un viaje accidentado  donde el protagonista  usa un transmisor de onda corta y sintoniza las radios  Provincia y Sodre. Por segunda vez, ya lo había hecho en “Muchacha punk”, el  narrador menciona las Islas Malvinas en el relato (F., 2010:63-85).

El protagonista de la novela En otro orden de cosas  que transcurre antes de la guerra del 82, también usa emisoras de onda corta y alude reiteradamente a las baterías, esas “batteries” que en Los pichiciegos, los desertores reclamaban a los ingleses. “Él tuvo tiempo de escuchar emisiones de radio de onda corta. Después las baterías se descargaron, dejó la radio sobre un estante del placard y nunca la volvió a encender” (F., 2008:32).

La literatura fogwilliana alumbró  un indicio claro  para el tema de las radios de onda corta, pero además reveló un dato de la época. Nos referimos al uso de  estas emisoras  por parte de gente que no creía ese “¡Vamos ganando!”, enfatizado por  el gobierno y el falaz discurso periodístico, que reaparecerá en la narrativa inspirada en la guerra como expresión de una mentira tan absurda como generalizada (10).

Comprendimos entonces que estudiar el mito de la creación de Los pichiciegos superaba el acotado terreno de las fuentes de información del escritor.

Estudiando la obra de Adolfo Couve, Andrea Garrido  dice que  autor, narrador y personaje constituyen una tríada (Premat, 2016:264). Este  concepto nos pareció valioso para abordar cómo  Fogwill narra la creación de la novela y explorar esa tríada en sus obras literarias y  colaboraciones periodísticas (artículos y entrevistas) previas y posteriores a Los pichiciegos.

El escritor relató la creación de la novela muchas veces, en general sin variantes. Por ejemplo en 2006  en un artículo periodístico, evoca una reunión laboral celebrada el primer martes de mayo de 1982 con militares, entre ellos el general Saa, en la agencia publicitaria D´Annunzio que era propiedad de un hijo del general Viola (11). Allí hablan de la guerra y los militares auguran un seguro triunfo argentino (Kohan, Clarín).

Luego se dirige a la casa de su madre que  muy enferma, miraba noticias televisivas. Ella lo recibe alborozada diciéndole “¡Hundimos un barco!”. Según Fogwill, a partir de ese momento,  en tres días y con algunos gramos de cocaína, escribió Los pichiciegos.

Previsiblemente la madre del escritor se refería al navío británico Sheffield, hundido por la aviación argentina el 4 de mayo de 1982.

El escritor siempre enfatizó su distancia de los sucesos que conmovían al país, en la entrevista ya citada declara que en ese momento “la realidad no existía para mí”. Pero también evocó sus esfuerzos para publicarla, quizá y entre otras razones, para fortalecer la condición anticipatoria de la obra. Según él anunciaba el  neoliberalismo que impondría el   gobierno de Carlos Menem en 1989.

En 2010, evocando sus diálogos de la época de la guerra, recuerda, entre otros interlocutores, a “la mesa de los servicios navales” de la confitería Florida Garden que él frecuentaba (Aguirre, La Capital).

Hasta aquí la creación del “personaje de autor” como diría Julio Premat  que construye el mito de la novela (2016:313). A partir de una experiencia literalmente alucinada, un escritor indiferente a lo que acontecía en al país, concreta una novela que narra, entre otros temas, el maltrato sufrido por los conscriptos, lo que ellos hacían para sobrevivir, su penosa forma de vivir en un paisaje y clima hostiles, inclusive episodios bélicos que nadie conocía (12). Y anticipa la derrota argentina.

Ciertos datos del contexto nos ayudarán a examinar el discurso de Fogwill, sin entrar en otros recuerdos del escritor. Por ejemplo la discusión que tuvo con el diario Clarín cuando le ofreció el original de la novela para su publicación.

En 1994, en una entrevista periodística fija el tiempo de la escritura: fue mucho antes de la llegada del Papa al país y la difusión de los primeros testimonios de lo sucedido con los conscriptos en el frente. Cita personajes del mundo intelectual (Enrique Medina, Jorge Lafforgue, Beatriz Guido) que podrían confirmar la existencia del libro ya a comienzos de junio de 1982. “Soñaba que la novela debía publicarse, porque la guerra pronto terminaría” (F., 2010:150)

Es cierto, él habla de “versiones” de su novela que no son conocidas, pero un hecho evidente es que su obra concluye con la fecha 11-17 de junio de 1982, dos días después de la rendición en Puerto Argentino.

Un dato que el prestigioso profesor y crítico literario  Carlos Gamerro tampoco puede explicar en el  artículo que dedicó a reconocer la importancia de la novela fogwilliana (13). Cabe señalar que Gamerro es el autor de  Las Islas (1998), una novela que junto con  Los pichiciegos, constituyen verdaderos  clásicos  de la narrativa inspirada en la guerra.

Lo cronológico también aporta a la construcción de  un contexto: durante la guerra de Malvinas, el país vivió una censura mediática que ya ha sido largamente estudiada, al promediar la guerra se prohibió el acceso a los diarios extranjeros. Juan Pablo II llegó al país el 11 de junio de 1982.

La primera rendición argentina se concretó el 29 de mayo en Pradera de Ganso,  Bahía San Carlos, donde desembarcó la armada británica que llevaba en sus buques a periodistas, entre ellos el famoso Robert Fox. Ellos ofrecieron una amplia cobertura de los ataques marítimos, aéreos y terrestres a través de la BBC y otros medios a todo el mundo, un hecho que aparece registrado tanto en el temprano  La batalla por las Malvinas de Hastings y Jenkins (1984)  como en el  relato testimonial británico  (14).

Los ingleses no sólo habían preparado a un oficial de origen costarricense para solicitar la rendición al jefe de Pradera de Ganso, sino que con altavoces exigían en castellano esa rendición a la tropa (Teves, 2010:194). En la novela,  los británicos incitaban a rendirse tirando desde los Harriers una suerte de “contrato de rendición” que  el narrador  describe en la mano de los que caen antes de entregarse, como la  “entrada intransferible para el gran teatro de los muertos” (F.2006:149)

Por último, probablemente el general Saa, referido por Fogwill, sea Juan Saa, integrante del estado mayor conjunto durante la guerra de Malvinas. El general Martín Balza, que fue artillero durante la guerra y luego jefe del ejército argentino, criticó duramente  que la conducción militar de la guerra permaneciera mayoritariamente  en Buenos Aires (2003).

Un dato ineludible del mito de creación de la novela se enlaza con el personaje de autor: Fogwill deposita en su lucidez la capacidad de haber forjado la historia de los pichis, pero también en su condición de intelectual aggiornado. En la ya citada entrevista que le hace Kohan  en 2006, dice: “leía la prensa inglesa, la prensa brasileña y leía el Times…eso me llevó a entender lo de Malvinas cuando apenas empezaba. En esa época, vos, con ese background, entendías todo”.

Sin embargo, los relatos de Fogwill, previos y posteriores a Los pichiciegos, nos revelan que determinados temas nunca le fueron ajenos.  En síntesis, tenemos la posibilidad de estudiar los discursos de un  narrador que no sabe que creará un mito y  de otro, el mismo,  que carga con el peso de haberlo hecho.

Este artículo ya se refirió a la forma en que la literatura fogwilliana registra su antigua familiaridad con la BBC y que le significó una temprana relación con el tema bélico. También aludió a su conocimiento del uso de radios de onda corta, previo y posterior a Malvinas y al hecho de que el escritor manifestaba haber permanecido muy distante de la guerra.

“Sobre el arte de la novela”, un cuento fechado en 1982, que podemos intuir posterior a la novela, tiene un protagonista que sigue con mucho interés la cobertura periodística y televisiva de la guerra ofreciendo un dato aún hoy poco conocido. El jingle Argentinos a vencer que emitieron todos los medios,  habría sido grabado en el estudio del publicista  Nolo Pugliese y sus compases iniciales repetirían los del himno falangista Cara al sol (Fogwill, 2009:357-392).

Escrito en 1983 (15), “Help a él”, una magnífica parodia de “El Aleph” de Borges, la guerra de Malvinas funciona  como un indicador del tiempo de la acción. Su protagonista tiene fácil y reiterado acceso al télex, un medio de comunicación que como las emisoras de onda corta, no era masivo y que la dictadura  tampoco pudo prohibir. (F. 2009: 235-284)

Muchos años después, cuando el mito de la creación de la novela ya circulaba por la república de las letras, Fogwill volvió al tema de los servicios de inteligencia en Vivir afuera (1998), una novela que presumiblemente marca el retorno de Quiquito, el protagonista sobreviviente de Los pichiciegos, que  sigue llamándose Pichi pero ahora es un personaje lumpen del conurbano.

Allí el narrador plantea que un informante  de los servicios de inteligencia establecería vínculos entre el protagonista Wolf, claro alter ego del escritor y el Pichi “miembro del Grupo Puerto Argentino, un ex Malvinas de extrema derecha ahora evolucionado hacia posiciones trotskistas. Se atribuye la relación de ambos a una data del ochenta y dos y motivada por las investigaciones que el objetivo realizaba a fines de un libro sobre la guerra” (285).

Ahora “el objetivo” insinúa otra versión del mito de la creación de Los Pichiciegos.

En nuestra investigación sobre el mito de la creación de la novela, resultó valioso un concepto que Dardo Scavino, recordando a Giorgio Agamben, llama “la fidelidad a un límite musaico” (Premat, 2016:29).

Fogwill perteneció a una generación que presenció  muchas contiendas, desde la segunda guerra mundial hasta la guerra fría, pasando por las guerras de liberación de lo que se llamó “el tercer mundo”. Sabemos que no fue ajeno a las polémicas generadas por el marxismo en los ámbitos intelectuales en los años 60, cuando el mundo se polarizaba entre EE.UU. y la U.R.S.S.

Si bien recién en el cuento ya citado “El arte de la novela”, el narrador manifiesta su interés sobre el tema de cómo narrar una guerra, lo cierto es que distintos tipos de guerra  aparecen en relatos previos a Los pichiciegos, por ejemplo “Dos hilitos de sangre” (1998) y “Los pasajeros del tren de la noche” (1981), quizá el más anticipatorio de Los pichiciegos (F.2009: 15-31, 225-234)

Sería restrictivo considerar que el tema del mito de la creación de la novela sólo atañe a Fogwill como personaje de autor o que  constituye  un dato de su biografía intelectual. La importancia de Los pichiciegos nos inclina a considerarlo como parte de las tensiones que cruzaron y cruzan la literatura argentina cuando piensa  las Islas Malvinas.

 Si bien creemos que el tema del mito cruza transversalmente la novela, nos detendremos específicamente en el mito que la obra crea, el decir el mito pichi. Y trataremos de estudiarlo desde la tensión que podría establecerse entre  la biografía y la bibliografía del autor.

Julio Schvartzman  fue el primero en señalar y estudiar la configuración del mito pichi en la novela, aún hoy sus observaciones, incluyendo los “Recuentos” que señala en Los pichiciegos  refiriéndose especialmente a Manuel Puig, son incuestionables(1996:144).

Su trabajo fue inspirador para nuestra investigación e inclusive posibilitó que ampliáramos el abordaje del tema, eligiendo otro sendero narrativo- los cuentos de Horacio Quiroga- para estudiar la simbiotización de los conscriptos con los animalitos santiagueños.

Pero para el objetivo de este artículo, la pregunta inicial es: ¿qué origen tuvieron esos pichiciegos que nutren el mito de los soldados desertores en las Islas en guerra, otorgándoles una señal de identidad a quienes lo han perdido todo?

En 2010, en una entrevista que le realiza Augusto Munaro para el periódico Los Andes, Fogwill evoca   cómo conoció a los pichiciegos.

Narra que una noche de 1980 esperando en silencio su traslado junto a otros presos  en la Cámara Federal porteña, “dos hermanos [catamarqueños] se contaban cuentos de su infancia, eran mitos de pueblos narrados con el acento inolvidable de esa provincia .Uno contaba y el otro agregaba detalles de que decía recordar”.

Relata que como los otros presos, él los escuchaba con admiración y que al final, el hermano mayor le preguntó al menor: “¿Sabés con qué ganas me comería un pichiciego?”. Idéntica frase usará el desertor en Los pichiciegos (F. 2006:26).

Desde la biografía personal, Fogwill enriquece su figura de autor  y dota de cierto origen carcelario al nombre de los soldados desertores.

Así evocada la anécdota inspiradora remite a los cuentos de fogón, típicos de la literatura  argentina del siglo XIX, donde no faltaban relatos que convocaban a lo extraordinario. Pero  también a una línea más amplia de la literatura universal constituida por relatos de personas que inmovilizadas por distintas razones, crean narraciones para paliar su encierro, desde el Decamerón de Boccaccio (siglo XIV) hasta Huis clos de Sartre (siglo XX).

¿Por qué no leer el peso inspirador de un episodio biográfico desplegándose sobre la gravitación de  una tradición literaria?

Quizá María Rosa Lojo aliente esta posición: en el artículo que escribe en 2012 en “ADN Cultura”, ella vincula Los pichiciegos con los gauchos reclutados y maltratados por las levas del siglo XIX, que concluyen desertando como el protagonista de nuestro poema nacional Martín Fierro de José Hernández (1872 y 1879).

La crítica recuerda que en los fortines de esa época, los famélicos soldados sólo podían comer carne de “piche” o de “pichi”, el tatú que menciona el preso catamarqueño evocado por Fogwill y el soldado santiagueño  de su novela.

 “Luz mala”, un cuento fechado un año después del episodio carcelario y un año  antes de Los Pichiciegos, un narrador adolescente se refiere a las creencias de la gente de la región donde se hallaba su  estancia familiar. Así aparecen mitos como la luz mala, la viuda, el hombre tigre “…que dice que baja de Catamarca a robar chicos y matar a todo lo que se le cruza en el camino (F., 2009:181).

Tema complejo, el mito siempre es  difícil de abordar inclusive en Los pichiciegos, pero lo ya expuesto nos permite por lo menos reflexionar sobre  la funcionalidad del mito Pichi en la obra  y vislumbrar qué materiales aluvionales de la biografía intelectual de Fogwill quizá alumbraron su creación.

Una interpretación  posible es que el mito Pichi  opera dentro del mito fundacional, la lectura  que Fogwill y la crítica literaria posterior impulsaron cuando la novela ya estaba consagrada.

En este caso resultaría sencillo crear una hipótesis vinculada con su biografía intelectual.

El sociólogo Fogwill fue testigo de las discusiones que a partir de los años cincuenta, se dieron contra y a favor, del ensayo nacional que a partir de 1930 había profundizado el tema de los mitos argentinos.

Un sendero donde resulta  significativa  la figura de Ezequiel Martínez Estrada, no sólo por su Radiografía de la Pampa (1940), sino por La cabeza de Goliat (1933) que introdujo el ensayo urbano, un tema al que los intelectuales sesentistas volverán de muy distinta manera.

Quizá además resulte clave recordar que el tema del mito tuvo gran difusión en la década del 60.Ya en 1971, un trabajo de Eduardo Romano y Aníbal Ford publicado en una colección de difusión popular, recoge aportes fundamentales incluyendo  autores relativamente recientes como  Lévi-Strauss, Greimas y Barthés.

Pensamos que en la época, la  vigencia del tema del mito incluía y superaba a los estudiosos de las ciencias sociales, recordemos que Fogwill era sociólogo. No en vano el trabajo de Romano y Ford incluye  la cita de un artículo sobre el mito publicado por  Julio Cortázar en 1964(16).

De las muchas proyecciones de esta temática que podríamos explorar  en la novela, preferimos citar-casi como una curiosidad – otras lecturas posibles del nombre “pichi”. Schvartzman le adjudicó una referencia fálica (1996, 143), Mantiñan  se inclinó por el lunfardo porteño que llama “pichi” a la gente sin importancia (2015,

Quizá no haya contradicción entre ellos ni con la cita de Lojo (ver p.12), posiblemente las tres lecturas reconozcan la pregnancia de una palabra que en determinado momento dio  nombre a un mito.

 Con respecto a la configuración narrativa del mito Pichi creemos que hallaríamos un indicio en las  lecturas de Fogwill, específicamente en los relatos de Horacio Quiroga, cuyo cuento “Los barcos suicidantes”, incluido en Cuentos de amor, locura y muerte (1917) reescribirá en la novela.

La relación del escritor con la obra de Quiroga era más profunda y compleja de lo que testimonian sus distraídas referencias (17), como lo demuestra “Otra muerte del arte” un relato al que el autor dotó de un largo período de creación (1997-2007) (F., 2009:33-46).

En este cuento, el narrador  recuerda que había escrito un relato que “plagiaba” el almohadón de plumas del cuento quiroguiano (F.2009:33)

Muy brevemente diremos que bastaría con pensar en los animales metaforizando a los seres humanos, la canónica tradición de la fábula que recogen los relatos de Quiroga, por ejemplo en Cuentos de amor, de locura y de muerte o Los desterrados (1926).

Fogwill invertiría el signo, los seres humanos se metaforizan en animales o por lo menos, las características de los pichiciegos construyen una  identidad  de los pobrecitos conscriptos.

Quien conozca la obra de Quiroga nos preguntará con justicia qué une  la cálida selva misionera con el gélido paisaje malvinense. Quizá le responderíamos que determinados motivos como determinismo del paisaje y la condición de desterrado ya formaban parte de la tradición literaria argentina cuando Fogwill crea Los pichiciegos.

El mito de la creación de la novela  y el mito Pichi fueron significativos en la obra posterior del escritor, pero  quizá Runa (2011), escrita casi al concluir su vida, señale su destino narrativo final.  Porque Runa relata a  la construcción de un mito fundacional  en una  isla  previsiblemente  lejana y ajena.

La configuración narrativa de las islas Malvinas que realiza la obra de Fogwill, uno entre sus múltiples y valiosos aportes literarios, constituye  un capítulo notable que asocia lo personal e intransferible con lo epocal y el peso de una tradición narrativa nacional.

 En ese sentido, estudiar el mito de la creación de la novela  y la creación del mito pichi  en Los pichiciegos  nos permite seguir pensando las Islas que representan  un conflicto abierto de la cultura nacional argentina.

Notas

(1) Una definición muy reiterada, la leímos por primera vez en Kohan, Martín, “El fin de una épica”, Punto de vista, nro.64, 1999: 6-11.

(2) El autor declaró: “pretendía ser un trabajo sobre el habla argentina. Pero no sé si lo logró” (Fogwill, 2010:332).En otro entrevista  dijo que la obra trabajaba sobre el genoma histórico  argentino “con el microscopio de la imaginación ficcional” (Kohan, Clarín, 2006). Entre los críticos que aceptaron su visión de la obra, véase Sarlo, Beatriz ,1994 y González, Horacio, 2012.

(3) Entre las visiones, está la aparición de dos figuras femeninas que claramente remiten a las monjas francesas Léoni Duquet y Alice Domon desaparecidas en 1977 durante la dictadura militar. Entre los ejemplos que ilustrarían el concepto de epifanía joyceana, elegimos  lo que dice un soldado cuando se le aparecen  esas mujeres: “Cientos de corderos  hacían crecer entre las piedras” (F., 2008:76).

(4)Si bien la lista sería muy extensa, preferimos citar  Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato (1961),  cuyo capítulo III “Informe para ciegos” pensamos  es relevante  para el tema aquí desarrollado. No creemos que sea azar: en su  primera edición  Los pichiciegos  tenía como subtítulo  Visiones de una  batalla subterránea.  Fogwill  reconoció que  inicialmente la obra lo había  impresionado Debió ser así porque su Un guión para Artkino (2008), escrita antes pero publicada después de Los pichiciegos, está directamente vinculada con la obra y la biografía de Sábato.

(5)Mantiñan, Graciela: ´A vos te falta Malvinas´. Señales de identidad en el relato testimonial  de la guerra de Malvinas.1982-2005. (Tesis de maestría).

(6)No aludimos en forma literal a la comunidad imaginada que plantea  Benedict Anderson,  sólo extendemos a una comunidad que duró setenta y cuatro días en Malvinas, su idea de que  los periódicos al comienzo de la modernidad  fueron  constructores de ese “mientras tanto” que inaugura la simultaneidad de la percepción temporal ( Anderson,1993:26-30).

(7)El gobierno inglés comunicó su creación el 19 de mayo de 1982 (Terragno, 2002:355-356).

(8) Adolfo Del Paso, que en 2015 recibió el Premio Cervantes,  testimonió  su experiencia en El van y ven de las Malvinas (2012).

9) Advertencia válida para todas las citas de los relatos de Fogwill: pertenecen a la edición de  sus Cuentos completos (2009) donde él  fijó la fecha de creación de  los mismos.

(10) Al cumplirse el trigésimo aniversario de la guerra, Perfil publicó el testimonio del político Martín Sabatella, que era un niño en 1982, cuyos padres escuchaban emisoras de onda corta (“Una radio para conectarse con la verdad”). Y “Los cobardes no sirven para la guerra”  un relato autobiográfico de Omar Genovese   donde  el protagonista, un adolescente que teme ser convocado a la guerra, también escucha esas emisoras  (1 de abril de 2012:13). Ficciones y testimonios  volvieron muchas veces a ese “Vamos ganando” de amarga memoria para los argentinos. Cito sólo a título de ejemplo el relato “Soberanía nacional”, el relato  de Rodrigo Fresán incluido en Historia Argentina (1991:12) y un testimonio incluido en  Los peones de Malvinas de Roberto García Lerena (2009:23). En 2005, la frase dio título a un cortometraje guionado y dirigido por Ramiro Longo

 (11) Durante la dictadura militar, el general Roberto Viola sucedió al general  Rafael Videla en la presidencia  desde el 29 de marzo al 11 de diciembre de 1981.Fue reemplazado por el general Leopoldo Galtieri, bajo cuyo gobierno se desencadenó la guerra de Malvinas.

(12)En una entrevista realizada en 1995, Danilo Alberó le marca a Fogwill que la novela relata, con mucha pericia técnica, la eyección de un piloto inglés durante la guerra.  El escritor le responde que fue “un pseudo conocimiento” (F. 2010:284).Los bombardeos aéreos británicos  comenzaron el 1ro.de mayo de 1982 y el único prisionero inglés que tuvieron los argentinos, fue  Jeff Glover, un piloto de la Royal Air Force que se eyectó el 21 de mayo de 1982.

(13) Ver Facundo o Martín Fierro, Gamerro, 2015: 441-448.

(14) Ver Tinker, 1983; Thompson, 1987; Woodward, 1992.

(15) Para tener en cuenta: en Cuentos completos, el relato está fechado en 1983. En una entrevista periodística en 2009, Fogwill dice que lo escribió en  1982(F.2010:345).

(16)Julio Cortázar. “Para una poética”. La Torre .II (7) 121-138, jul-set.1964.

 (17) En la entrevista que le realiza Danilo Alberó, Fogwill dice que debió enfatizar que “Los barcos suicidantes” era de Quiroga porque temía que no le creyeran (F. 2010:290).Quizá vale la pena aclarar que los relatos de Quiroga se difundieron en innumerables antologías y ediciones muy populares, sobre todo porque parte de esos cuentos fue  material de lectura  para  niños y adolescentes.

 

Obras citadas

Aguirre, Osvaldo. “Un escritor siempre en guerra. La Capital .6 de junio de 2010. 20 de enero de 214<www.lacapital.com.aredsenales (2010/6) edicion_84html>

Alberó Vergara, Danilo. “Nuestro espacio literario varía con accidentes como el viento”. Maniático textual, 1995 .Fogwill, 2010:284-292

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Malvinas: el triunfo de la memoria

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Publicado 14 de junio de 2016 en http://www.Momarandu.com

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(Por Graciela Mantiñan )

“Siempre me sorprende las emociones que las Malvinas pueden producir en el pecho de los argentinos”. Lo dice el Almirante Sandy Woodward, jefe supremo de la flota británica durante la guerra de Malvinas, en el libro de memorias que escribió mucho después de la victoria inglesa
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No discute la contienda ni su participación en ella, sin embargo él intuye un fenómeno que todos los argentinos, o casi todos, conocemos bien. Woodward habla de emociones, nosotros creemos que es amor.

Porque ¿cuál es el vínculo primero que nos une a las Islas? ¿Qué define aquello que nos homologa desde hace tanto tiempo, sorteando las amplias diferencias que nos separan?

Como todo lo perteneciente al orden afectivo, el amor es casi irreductible al orden del discurso. Resulta difícil explicar por qué amamos las Islas, parece más sencillo pensar qué hicimos con ese amor y por ese amor.

Lejos de fatigar el sentimentalismo declamatorio, bastaría con revisar las construcciones que realizó la cultura nacional en torno a las Islas ausentes. Quizá recorrer algunas, un viaje necesariamente breve y errático, nos brinde un punto de partida para pensar el tema.

En ese sentido, este artículo está muy cerca del interés por las ideas en cuestión, pero muy distante de cualquier afán polémico.

Quizá deberíamos comenzar por el mismo origen de la historia. En 1829 el primer gobernador de Malvinas don Luis Vernet lleva a su familia a las Islas, fundando-de hecho-el primer hogar argentino. Debió haber mucho amor para que su esposa aceptara vivir en una tierra tan difícil y allí dar a luz.

Después hombres muy distintos nutrieron la defensa de la soberanía nacional sobre las Malvinas, la mayoría sin conocerlas. Eran intelectuales notables, algunos además batalladores políticos. Nadie puede discutir la lucidez de sus ideas o la valía de sus obras.

¿Qué leyeron en las Islas? ¿Qué los impulsó a incluirlas en reivindicaciones que según ellos, hacían a nuestra identidad nacional?

Es bien sabido que Malvinas convocó la pluma del federal José Hernández, el liberal Paul Groussac, el socialista Alfredo Palacios, el radical forjista primero y peronista después Raúl Scalabrini Ortiz y también la de Jorge Abelardo Ramos que postuló una izquierda nacional.

No hablaremos de las iniciativas de los presidentes Juan Domingo Perón y Arturo Illía, hombres cuyo pensamiento y actuación ya juzgó la historia.

Sí nos referiremos a otras formas en que la cultura argentina registró las Islas, volviendo a preguntarnos qué escucharon hombres de todas las épocas para detenerse en ellas.

Pocos conocen que Juan Bautista Alberdi, un imprescindible-como diría Bertold Brecht – del siglo XIX, advirtió que había estancias que estaban más cerca de las Islas que de la pampa. Fue en “Quijotanía”, título significativo, un capítulo de su libro Peregrinación de luz de día, 1871.

Quizá también se ignore que Roberto Payró, que entre otras aportes creó la imagen literaria del pago chico bonaerense, viajó al sur como cronista. En La Australia Argentina, 1898, registró el tránsito frecuente, e ilícito, de los indios de la Patagonia a las Islas. Payró recuerda que un lugareño, el comandante Godoy, decía que “allí estaban peor que acá”.

¿Lo sorprendente?: en el prólogo de la obra, Bartolomé Mitre desde La Nación saluda la obra de su periodista sobre la Patagonia, sosteniendo que “importará la toma de posesión, en nombre de la literatura, de un territorio casi ignorado, que forma parte de la soberanía argentina”

¿Qué peculiar visión les hacía integrar la Patagonia y la colonia inglesa, así la reconocen Alberdi y Payró, como parte de un mismo mapa? En definitiva no tan lejos de nuestro actual mapa.

El relato de Malvinas, la forma que las Islas se corporizan en nuestra cultura, no dejó de crecer, aun cuando el mundo y la Argentina cambiaran bajo el imperio de sucesos que modificaban los escenarios políticos y culturales radicalmente.

En 1966, dos hombres muy diferentes focalizaron la atención de los argentinos sobre Malvinas. Uno ocupó las pantallas de los televisores. Otro, la primera plana de los periódicos.

Raymundo Glazer, el creador del grupo Cine de la Base, hizo el famoso reportaje a las Islas para Telenoche, un noticiero de canal 13. Dardo Cabo, vinculado al gremialismo peronista y futuro montonero, comandó el Operativo Cóndor.

Es cierto: razones distintas movilizaban sus iniciativas, sin embargo en un futuro ambos compartirían el triste destino de ser detenidos desaparecidos del proceso militar.

Nunca aceptamos que el crimen de la guerra del 82 se perpetrara por amor a las Islas, pero aprendimos a defender ese sentimiento de las manipulaciones políticas. El mejor ejemplo lo dieron sus más directas víctimas, los conscriptos que combatieron en Malvinas. Ellos forjaron en sus testimonios la tradición de “la vuelta”, el retorno a las Islas para cerrar un capítulo dramático de sus vidas.

Algunos aceptando como Roberto Herrscher, autor de Los viajes del Penélope, 2007, que una parte suya seguía ahí. Quizá por eso cuando ya era un notable periodista, él logró que la goleta Penélope, donde había prestado servicio durante la guerra, retornara desde Alemania a su puerto originario, las Islas Malvinas.

¿Acaso esta tradición de la vuelta no puede leerse como un indicio de amor por las Islas, ese lugar donde estuvieron poco más de setenta terribles días y que continuaron pensando todos los años que siguieron ?

Bastaría bucear en el cine documental, ese que pasa tan rápido por las pantallas del Gaumont de Buenos Aires, para encontrar un ejemplo que su humildad hace relevante.

Volver a Malvinas (2015) narra la historia del retorno a las Islas de un grupo de excombatientes empleados desde 1982 en un sindicato que ahora les facilitaba el viaje.

En la película, sencillo testimonio de una experiencia, todos recuerdan lo difícil que era para un excombatiente conseguir trabajo después de Malvinas, todos agradecen esa “vuelta” que confiesan, habían soñado largamente.

Uno de ellos llega al lugar donde había estado durante la guerra, se saca los guantes y comienza a excavar en la gélida turba. Llorando dice que allí dejará una carta y un rosario que le dieron su anciana madre y su hija adolescente y su vieja cédula de identidad, porque, insiste, su identidad está ahí, quedó ahí.

Mudos testigos de este itinerario, hecho a vuelo de pájaro, está todo lo que prolonga el relato de Malvinas desde 1833 La amplia biblioteca que ya forman las ficciones, los testimonios, las crónicas periodísticas, la poesía, la dramaturgia e inclusive la historieta inspiradas en las Islas. La discoteca de música de distintos géneros que cantó a Malvinas. Las artes plásticas que buscaron formas para representarlas. Y el cine, básicamente documental, que sigue construyendo imágenes de las Islas.

Es cierto, crecieron notablemente después de la guerra del 82. Seguramente las potenció la visibilidad que el reclamo argentino adquirió en escenarios nacionales e internacionales desde 2003 a 2015. Pero también la notoria multiplicación de profesionales muy jóvenes dedicados a estudiar los más diversos aspectos de las Islas

No le preguntemos a los funcionarios, los diplomáticos o los académicos: simplemente interroguemos a gente con haceres y experiencias distintas, ¿por qué las Islas siguen inspirando a la cultura nacional? ¿Qué voces escuchan? ¿Qué sentimientos comparten? ¿Qué ideas los motivan?

Quizá entonces se pueda comprender qué funda esa prioridad absoluta que constituye para los argentinos la defensa de nuestros derechos soberanos sobre las Islas. Sin alterar los intercambios comerciales que podamos tener, que por otro lado nunca se interrumpieron, con el reino de Gran Bretaña.

Más que evocar la rendición militar de Puerto Argentino el 14 de junio de 1982, creo que hoy debemos celebrar el triunfo de la memoria nacional que, aun en los más terribles momentos, siguió construyendo el amor por las Malvinas.

Toda una amplia y valiosa cultura así lo testimonia. Su misma existencia dice que a los que no lo comprendieron, la historia les deparó un piadoso olvido.